Capítulo 24
Si no lo haces por miedo, no va a pasar eso que tanto quieres, nunca. O sí va a pasar, pero de ti y no contigo. ¿Tienes miedo o el miedo te tiene a ti?
–Brillo por tu ausencia, Lae Sánchez
E l sábado, mi Cola Cao y mi flor esperaban en la mesa, como los últimos días. Aunque Aitor no tuviera que pedirme más perdón, aunque ya no tuviera que pasar por allí a dejar sus libros, siguió dejándome aquel detalle. Me gustó.
La mesa, que tan solo un año atrás era enorme para los tres que vivíamos en aquella casa, se empezó a quedar pequeña y tuvimos que poner una de las maderas para agrandarla.
El mantel se quedó un poco escaso, pero no nos importó.
Aitor se sentó frente a mí y Cristian a mi lado.
Miré al primero de manera furtiva y dejé que mi corazón se acelerara sin sentirme culpable.
Tras la comida, Aitor y yo terminamos fuera junto a los dos perros.
Nos sentamos en el suelo y apoyamos nuestra espalda en la fachada de la casa con nuestros hombros y brazos tocándose.
A pesar de querer evitar estar tan cerca de él, no me separé ni un milímetro porque su cercanía me proporcionaba seguridad y calidez. Me gustaba.
—Antes este silencio me agobiaba —comenté mientras observaba a los perros jugar—. Yo hablo mucho y estoy acostumbrada a que hablen tanto como yo. Ya has visto esta casa…
—¿Y ahora? —Aitor me observó.
Me giré y dejé que mi mirada se bebiera al chico frente a mí. Que se emborrachara de su rostro y sus ojos de colores.
—Ahora no está tan mal —musité. Y me callé el: si es contigo al lado.
Aitor deslizó su mano hasta mi mejilla y la acunó. Respiré hondo y dejé que el momento lo inundara todo. Disfruté de nuestra conexión. Era bonita.
—Me gustas —susurró mientras acercaba su rostro un poquito más a mí—. Tanto como para querer besarte. Llevo semanas pensando en hacerlo. —La boca se me secó. «Yo también quiero», pensé—. Pero no lo he hecho porque no sé si es eso lo que quieres, lo que necesitas…
—Yo… —Aitor colocó su dedo índice en mis labios, trazándolos, y callé de manera abrupta.
Intenté alejarme de él, tanto física como emocionalmente. Pero él me retuvo cerca y con tan poco espacio entre nosotros y sus dedos en mi piel, era imposible separarme de él.
Acaricié mi barriga de manera instintiva y él llevó su mano libre sobre la mía, en mi abdomen. Me sobresalté. Aquel era mi bebé. Mío y de nadie más. Observé nuestras manos unidas. Me agobié.
—Me tengo que ir. —Me levanté de manera abrupta y corrí dentro de casa, huyendo de aquellos sentimientos que empezaban a despertar dentro de mí con más intensidad. De su toque que me tenía tan maravillada que me hacía olvidar el daño. De… todo él, que me abrumaba.