Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

Tal vez curar no consista en borrar la cicatriz, o ni siquiera en provocar la cicatriz. Curar es apreciar la cicatriz.

–La bailarina de Auschwitz, Edith Eger

A itor terminó de llevar sus libros aquella mañana, lo decía la nota junto al Cola Cao y la flor silvestre. Durante un instante, me entristecí al pensar que tal vez ese fuera el último Cola Cao que me preparara.

Al llegar a Finca Deva junto a Balto y Togo, me encontré el candado quitado.

Mi corazón dio un respingo y comenzó a latir nervioso.

¿Se me había olvidado echarlo el día anterior o habían entrado a robar?

¿Estarían bien los caballos? Por unos segundos, me quedé congelada en el sitio, con miedo a moverme.

Cogí mi móvil y llamé a Ángel histérica, quien me tranquilizó diciendo que se había acercado él bien temprano con Aitor.

—¿Cómo? Pero… No entiendo…

—Pregúntale a él —dijo Ángel con voz jocosa antes de colgar.

Entré en Finca Deva en shock y vi el coche de Aitor y a este a lo lejos, construyendo una pista al lado de la que ya había.

Me quedé mirándole unos minutos y observé cómo encajaba tablón tras tablón.

Mis ojos se deslizaron por su cuerpo a su antojo, observando sus tonificados brazos, su camiseta llena de sudor por el esfuerzo, admirando cada cachito de piel tatuado o no al descubierto entre su camiseta y su pantalón.

Me acerqué a él, quería ver sus ojos cada uno de un color, que esa mañana no escondía.

¿Alguna vez me acostumbraría a aquellos colores?

Cuando estuve lo suficientemente cerca, escuché algún tipo de música rock salir de su móvil.

—Hola —saludé—. ¿Qué haces aquí?

Aitor dio un respingo al escucharme. Debía estar demasiado concentrado.

—¿Qué hora es? —Miró su reloj preocupado y se echó hacia atrás un mechón de pelo que se había soltado de su trenza—. Mierda, se me ha hecho tarde —dijo mientras guardaba las herramientas con prisa y apagaba la música.

—¿Qué haces aquí? —repetí.

—Ayer dijo Cristian lo de la pista y…

—¿A qué hora has venido?

—A las cinco.

—Apenas has dormido —murmuré—. No hace falta que lo hagas. La pista la pueden hacer Gelo y sus hermanos, como quedamos ayer.

—Lo que sea por Cristian.

Le miré con compasión.

—Pero cuídate. —Me sentí en la necesidad de añadir.

Aitor asintió, pero sinceramente, no le creí. Volvió a mirar su reloj.

—Me voy corriendo, princesa. Tengo que darme una ducha antes de entrar en la carnicería.

Se acercó a mí y su cuerpo, su olor y su calor, me inundaron. Me abrazó unos segundos, me besó la coronilla y a mí ni siquiera me dio tiempo a procesar su acción para cuando se separó de mí. Me dedicó una leve sonrisa y se alejó.

—¡Ádriel! —Aitor elevó la voz desde su coche. En la zona del vallado, las orejas de Pegaso se dirigieron hacia el chico y juraría que escuché un suave relincho—. No toques nada. Mañana vuelvo.

Estaba loco. Pero aquel gesto hacia su hermano pequeño me pareció entrañable. Cuando se fue, me sentí en la obligación de mandar un mensaje a Cristian para avisarle de lo que su hermano había hecho por él.

11 de diciembre. Diez de la mañana.

Ádriel

Tu hermano estaba en Finca Deva cuando he llegado. Haciendo una pista PARA TI.

Cristian

¿Por qué?

Ádriel

Porque dijiste que estaría bien tener otra.

Ádriel

Tu hermano lo ha hecho POR TI.

Cristian

No debería haberlo hecho.

Ádriel

Deja de hacer el gilipollas, Cris.

Él haría cualquier cosa por ti e

intenta redimirse.

Cristian

Lo sé.

Ainhoa no comió con nosotros, como en los días anteriores, tuvo que ir a la oficina a trabajar, algo raro. ¿De verdad tenía que ir a la oficina en vez de teletrabajar? ¿O era una excusa y había algo más que no contaba?

Mientras recogíamos la mesa tras la comida, Gelo me dijo de repetir la salida al campo con los caballos y los hermanos. Recordé aquel galope que nos volvió niños otra vez y sonreí.

—Está bien no ser solo tú y yo —añadió Gelo—, y compartir esa galopada con personas que respetan a los caballos como lo hacemos tú y yo.

Hice una mueca. Aquellas galopadas habían sido nuestras durante eones de años. «Las cosas cambian» me dije y añadí: «y no es malo», me repetí hasta empezar a creerlo.

—Supongo que podría estar bien.

Tras terminar de recoger, Gelo se encerró por primera vez en su habitación para estudiar. Esperé, jugando con Angelito, a que llegara Marcos y salimos al parque con Angelito. La tarde pasó deprisa.

A la mañana siguiente, Aitor volvía a estar en la finca. Y al siguiente, y al siguiente… Construyó la pista en cuatro cortos días. Aquel último día, le llevé un café y un cruasán.

—Gracias por cuidarme.

Dio el primer sorbo al café, yo me encogí de hombros.

—No lo haces tú, pues lo hago yo.

El chico rio mientras negaba. Se comió el cruasán mojado en el café, que se bebió en cuestión de segundos y se despidió de mí para irse a trabajar. Pegaso alzó la vista y sus orejas apuntaron en dirección a Aitor. Me pregunté por qué no hacía nada por acercarse a ella. ¿Tal vez era la culpa?

Al poco de marcharse, mi móvil sonó con un mensaje.

Era Gelo, que había creado un grupo donde estábamos todos los de La casa, Cristian y Aitor.

En él, mi mejor amigo nos informaba de que el sábado a las dos y media debíamos estar todos para comer.

Me puse nerviosa al pensar en Aitor comiendo con mi familia.

También al pensar en los dos hermanos en la misma habitación. ¿Sería todo tenso?

Diciembre. 16 semanas y media.

A veces parece que no estoy embarazada. Cuando no me noto rara, cuando no tengo náuseas. Sigo montando a diario. A veces para evadirme de la realidad, otras porque me apetece. Y cuido de que al bebé no le pase nada. Es un asco cómo el corazón para el tiempo para quedarse a vivir en el pasado.

No sé por qué te escribo todo esto.

Tengo ganas de que llegue la siguiente ecografía y volver a ver a nuestro bebé. Ojalá esté todo bien.

No estaba segura de poder criarlo sin ti, pero cada día que pasa, tengo más claro que podré hacerlo con tu ausencia.