Capítulo 22 #2
Aitor sonrió y un brillo genuino inundó sus ojos, haciéndolos más especiales aún. Quise que ese brillo no desapareciera nunca, que cada vez que le mirara, estuviera allí. Por primera vez, deseché la idea que me escupió mi corazón tras mi pensamiento: que él debía estar aún de luto.
—Pues yo sí que ligaba contigo. —Aitor me guiñó un ojo.
Mi cuerpo se convirtió en gelatina ante su afirmación.
Mi corazón galopaba a mil por hora y de mis mejillas tal vez saliera fuego de un momento a otro.
Tenía que salir de allí. Cuando noté nervioso a Troya por el repiqueteo loco de mi corazón, tuve la excusa perfecta.
Apreté mis gemelos, envolviendo a Troya y este comenzó a caminar.
Nos dirigimos hacia Gelo y Danko, mientras Aitor reía por lo bajo.
Me quedé pululando a su alrededor hasta que los tres estuvieron listos para salir al campo.
Lideré el camino fuera de Finca Deva con Togo al lado de Troya y tras unos minutos al paso, me vine arriba con la adrenalina deseando bombear líquida por mis venas.
—¿Galopamos? —pregunté deseosa de sentir el subidón recorrer mi cuerpo.
—Tu cara se ha iluminado y todo al decirlo —se mofó Aitor.
—Si te ríes de eso, es que no sientes de verdad el galope, idiota.
—Estás embarazada, Ari… No sé si… —comenzó Gelo.
—Sabes que Troya y yo somos un binomio espectacular. —Le interrumpí—. Y no va a pasar nada. Además si no recuerdo mal, después de esta curva viene una recta larga. Y por aquí no viene nunca nadie… —Tenía preparadas mil excusas para galopar.
Gelo resopló.
—No sé cómo lo haces, niña, pero siempre me terminas convenciendo.
—Porque galopar es adictivo. Y necesitamos nuestra dosis, Geli.
—Pero a la mínima que no te sientas segura, para —dijo Gelo muy serio. Asentí—. Prométemelo.
—Te lo prometo.
—Y no vas a ir la primera, por si Troya se asusta. Iré yo. Aitor a tu lado y Cristian cerrando.
—Puedo ir sola, Gelo. Además dudo que Aitor me pueda echar una mano.
—No lo decía por ti. Lo decía por él. —Gelo puso los ojos en blanco, como si fuera una obviedad.
—¡Eh! Sé montar —se quejó el aludido y yo reí a carcajadas ante su mosqueo.
—Ya lo sé. Pero aquí montamos diferente a como seguramente sepas tú. Y es posible que Neo se resienta —explicó Gelo.
—Antes me lo explicaba Cristian cuando llegaba a casa.
Noté tristeza en la voz de Aitor, aunque intentó enmascararlo con algo parecido a una sonrisa. Me hice la loca, como si no viera la melancolía reflejada en sus ojos y le dije:
—Sigue el movimiento del caballo, acompáñale. No luches contra él o iréis ambos más incómodos.
—Lo sé.
Asentí y nos preparamos. Terminamos de hacer la curva al paso y mi cuerpo se llenó de adrenalina solo de pensar en galopar.
Nos colocamos cada uno en su lugar y noté a Gelo imprimir presión en el cuerpo de Danko a la vez que decía: galop.
No hizo falta más, Danko arrancó al galope con Togo siguiendo sus pasos.
Sentí la bofetada de aire que Danko nos mandó y mi cuerpo entero tembló con anticipación.
Susurré a Troya galop mientras mis piernas se aferraban a su cuerpo y comencé a volar.
Ni siquiera me paré a pensar si Aitor estaba a mi lado, si necesitaba mi ayuda o si por el contrario, disfrutaba.
Yo solo me dejé llevar. Reí de manera incontrolada y dejé que el aire se colara a lo loco en mis pulmones impulsado por el galope.
Aquella galopada fue volar, libertad, cero problemas, felicidad.
Entre carcajada y carcajada se me escapó un wiiii mientras Troya se acercaba más y más a Danko.
—¡Te pillo, Gelo! —grité emocionada cuando el culo de Danko estaba a escaso metro y medio de Troya.
—¡De eso nada! ¡Vamos, Danko!
Ambos olvidamos que debíamos ir con cuidado, que no estábamos solos.
En aquel momento solo existíamos Gelo, los caballos y yo.
Como antaño. Sentir la adrenalina, el cuerpo de Troya moviéndose a mi son, fue pura magia, lo más bonito.
Disfruté de aquella galopada, del trote de después, del paso y de la naturaleza.
Disfruté como una enana de aquella tarde.
Cuando la adrenalina se disipó un poquillo, me percaté de que no íbamos Gelo y yo solos en aquella excursión. Mierda, Aitor. Giré mi cuerpo hacia atrás y divisé a Aitor, sano y salvo. Suspiré aliviada y pedí a Troya ralentizar el paso hasta colocarme a su lado.
—Perdona por haberme ido a lo loco —Me disculpé.
—He estado bien. —Le quitó importancia Aitor—. Es la primera vez que te veo tan… tan… —No dejó de observarme, buscando la palabra adecuada—. Feliz. Libre.
—No es la mejor etapa de mi vida. Troya me hace sentir bien.
—Entonces deberías vivir encima de él hasta que seas capaz de ser feliz tocando el suelo. —Aitor me sonrió.
Tal vez tuviera razón.
Mientras volvíamos a la finca, Cristian comentó que estaría bien hacer otra pista.
Así yo podría seguir ejercitando a mis jubilados en una mientras él aprendía a montar o a ejercitarlos bien en la otra.
No se me pasó que solo se dirigió a Gelo y a mí y obvió a su hermano.
A Gelo le pareció una idea genial y comentó que hablaría con sus hermanos para que le ayudaran a construirla.
Había algunas tablas sobrantes de la primera pista en una esquina de la nave y tal vez con eso diera para construir otra.
De vuelta a casa, nadie habló hasta que nos bajamos del coche. Aitor se despidió de nosotros y se fue hacia su portal, pero su hermano pequeño se mantuvo a mi lado.
—¿Estás segura de que no me puedo quedar unos días más con vosotros? No soporto estar en la misma habitación que él —murmuró.
Resoplé harta de que la situación no mejorara.
—Es tu hermano. Tienes que arreglarlo.
—Su excusa de mierda no me vale.
—Yo me sentí como tú al principio. Pero fui capaz de empatizar con él cuando dejé a un lado la rabia y me di cuenta de lo mal que estaba.
—¡¿Y lo mal que estoy yo, eh?! —Cristian perdió los nervios.
—Relájate, Cristian.
—No me vale que Pegaso esté con nosotros ahora. No me vale porque me jode ver a Pegaso así. Me jode saber que lo que quería mi madre fue vendido sin ningún pudor. ¡Es un caballo! ¡No mercancía que puedes vender cuando no quieres!
—¡Deja de querer ser el ombligo del mundo y supera lo que hizo tu hermano!
—Perdí los estribos. Aitor, a lo lejos, nos miró fijamente.
Recobré la compostura tras varias bocanadas de aire y seguí—: Abre tu mente e intenta entender al Aitor de hace unos años que vio que ya no tenía padres, que tenía que mantener a su hermano menor, que dejó de estudiar porque le sobrepasó tener que trabajar y estudiar a la vez.
Que vio que… no le podíais proporcionar a Pegaso lo que necesitaba y buscó una familia mejor.
¿Se equivocó? Sí, pero él pensaba que elegía la mejor familia para ella.
Que resultaran ser idiotas no es culpa suya.
Cristian estaba listo para rebatirme, pero en el último momento, cerró la boca, resopló resignado y se alejó, sin siquiera despedirse, dejándome con un regusto amargo.
¿Sería capaz algún día de perdonar a Aitor?
¿Estaría yo también en su lista negra? Suspiré hondo.
Los hermanos se necesitaban. Tenían que hacer las paces y volver a ser una piña. Pegaso no podía ser quien los separase.