Capítulo 22
Había un lujo que no me podía permitir, un vicio imposible de conservar: dejar que alguien se me metiese en las venas.
–La noche que paramos el mundo, Alexandra Roma
B ebí el Cola Cao que Aitor dejó para mí aquella mañana y le escribí.
Ádriel
Me gusta cómo están quedando las librerías llenas de tus libros.
Aitor
Entra mucha paz cuando te cuelas en la biblioteca y el olor a libro te secuestra.
Ádriel
Es de mis olores favoritos
Ádriel
Tengo algo planeado para el domingo. ¿Te apuntas?
Aitor
Vale.
El domingo soy todo tuyo.
No pude evitar que mi corazón se saltara un latido ante su último mensaje. Lo leí varias veces, hasta que mi corazón se calmó y me aprendí la frase de memoria.
Desvié mi mirada del móvil hacia Cristian, que desayunaba a mi lado y le dije que el domingo quería salir a montar con él, con Gelo y con su hermano mayor.
Después de que me dijera lo de su sudadera, tenía ganas de ver cómo montaba Aitor.
El chico dejó de masticar su tostada, se cruzó de brazos, bufó y me taladró con la mirada.
Me estaba cansando de su manera de actuar.
—Si te vas a poner así, no vengas.
—Iré.
—Pues ya lo estás arreglando con tu hermano —ordené con un tono de voz algo más grave de lo habitual—.
Te quedan tres días aquí y estaría bien que tu abuela no respirara ese ambiente tenso que hay cuando estáis a menos de diez metros el uno del otro.
—Le reproché—. Y paso de que la salida del domingo sea incómoda.
Cristian gruñó, taciturno.
—¿Acaso te deja montar el obstetra? —preguntó con burla, con ganas de hacerme daño. Pero no dejé que su veneno llegara, mi muro lo paró antes de que llegara a mi corazón.
—Mientras tenga cuidado, puedo. Y yo SIEMPRE lo tengo —dije tan seria que Cristian no se atrevió a rebatírmelo—. ¡Y ya me estoy empezando a cansar de tu tonito y tu yo adolescente lanzando dagas!
Mis cambios de humor y su enfado eran la combinación perfecta para que estalláramos sin venir a cuento. La convivencia de casi veinticuatro siete que teníamos, tampoco ayudaba. Cristian me pidió perdón en un murmullo, asentí y seguimos con el desayuno sin volver a dirigirnos la palabra.
Al llegar a Finca Deva junto a los perros, el ambiente entre Cristian y yo se relajó. Para nuestro regocijo, descubrimos que Pegaso estaba mucho más tranquila que días anteriores. Casi relajada.
—¿Puedo intentar tocarla? —preguntó Cristian ansioso.
—Aún no, rubio. Si te acercas demasiado e invades su espacio podemos perder todo lo que hemos conseguido.
—Yo no veo que hayamos conseguido nada —murmuró frustrado el chico.
—Le estamos dando una manada. Seguridad. Le estamos enseñando que nosotros también formamos parte de esta manada y que no nos tiene que tener miedo. No se lo podemos explicar con palabras, se lo tenemos que demostrar.
—Entiendo lo que quieres decir pero… Tengo tantas ganas de tocarla, morena…
—Lo sé. Pero con ella no nos podemos permitir dar un paso en falso.
Aquello me llevó a recordar el miedo y la desconfianza con la que vino Troya y cómo conseguimos con esfuerzo y paciencia cambiar la percepción que tenía del ser humano.
Con Pegaso sería igual, aunque costaría más.
Seguro que Cristian no me lo iba a poner fácil porque había demasiada conexión y recuerdos entre él y la yegua.
Por la tarde, el móvil de Gelo sonó. ¿Sería su jefe para preguntar qué había decidido sobre su ascenso?
Ojalá aceptara. Desde que me lo dijo, no habíamos vuelto a hablar del tema.
Y no porque yo no sacara el tema, sino porque en cuanto yo lo hacía, él desviaba la conversación hacia otro sitio.
No entendí por qué no quería contarme lo que pasaba por su cabeza.
Gelo desvió su atención a la pantalla del móvil y al ver de quién se trataba se tensó y se marchó del salón hacia el piso de arriba sin decirnos nada. Una sensación extraña me recorrió el cuerpo entero. ¿Qué les iba a decir? ¿Aceptaría? ¿O por mi culpa no lo haría?
Me acerqué a Angelito, que pasaba las páginas de un cuento. Me senté a su lado y le abracé y besé.
—Te quiero, enano —susurré.
—Y yo a ti, mamá.
Me quedé contemplándole, pegadito a mí, hasta que Gelo volvió. Busqué su rostro. Ya no había la tensión de antes en su cuerpo. Ahora la tensa, era yo.
—¿Era del trabajo? —Gelo asintió y se sentó frente a nosotros—. ¿Y? —demandé inquieta.
—Tenía tantas dudas… Hasta que me han llamado y lo he tenido claro.
—¿Y? ¡Venga, dime!
—He aceptado.
—Estoy orgullosa de ti, Geli. —Sonreí sincera y, por qué no admitirlo, me quité el peso de la culpa de encima.
Gelo me devolvió la sonrisa y cuando Angelito preguntó el motivo de mi orgullo, se lo explicamos juntos.
El sábado por la mañana, Cristian y Aitor hablaron. O algo parecido. No supe cómo fue, pero Cristian volvió a nuestra casa con el ceño fruncido, cara de pocos amigos y me dijo que quería aprovechar hasta el último día en nuestra casa.
El domingo, Cristian se marchó a su casa con evidente desgana.
Se nos hizo raro que no comiera con nosotros, tanto que Gelo sugirió invitar a los hermanos algún fin de semana.
Habló con Aitor, que aclaró que solo podría ser el sábado: los domingos eran el único día que él tenía libre y lo dedicaba por completo a su abuela y a su hermano pequeño.
Estaba flipando. Por las mañanas trabajaba en la carnicería, por las tardes en la construcción, las noches del viernes y el sábado en un bar de copas hasta las tantas. ¿Cuándo desconectaba y descansaba?
Antes de salir a montar con Aitor y Cristian, mientras Gelo dejaba a Angelito con sus padres, salí con Ainhoa al jardín. Necesitaba hablar con ella.
—¿Qué pasa, Ari?
—Pensaba que Alexis era el amor de mi vida. —Tragué saliva con fuerza—. Pero en unos meses soy capaz de sentir algo por otra persona. ¿En qué me convierte eso?
—Se llama supervivencia —contestó Ainhoa—. Tal vez Aitor sea una tirita, o tal vez la persona que se quede siempre a tu lado. No lo sabes. Pero si le dejas quedarse, descubrirás si es para siempre, o para un rato. Si no le dejas, nunca lo sabrás.
—Una parte de mí se siente culpable y la otra está deseando dar un paso y otro y otro en dirección a Aitor.
—Entonces deja de luchar. Deja de sentirte culpable.
Me crucé de brazos.
—Es muy fácil decirlo —mascullé.
—¡Ni siquiera lo has intentado!
Abrí la boca para rebatírselo, pero Ainhoa me calló con una mirada de reproche. Tenía razón y aquello me hizo sentir incómoda.
Minutos después llegaron Cristian y Aitor y lo agradecí. Quería poner espacio entre Ainhoa, nuestra conversación y yo.
Mi mirada se quedó pillada en Aitor unos segundos y después estudié a los hermanos con detenimiento, ¿estaba todo bien entre ellos? Sus cuerpos tensos parecían decir que no.
—¿Listos? —preguntó Gelo obviando mi malestar y el poco buen rollo que parecían tener los hermanos.
Esperaba que eso cambiara cuando estuvieran sobre un caballo. Desde que fuimos a Alevia, sentía mucha curiosidad por saber cómo sería ver a Aitor sobre un caballo, o cómo montaría. Y si los hermanos no dejaban atrás sus diferencias, no iba a ser un paseo tan agradable.
Al llegar a la finca salí escopetada seguida por Togo, no sé si por huir de la tensión del coche o por las ganas locas que tenía de montar.
Llegué a los caballos y busqué a Pegaso, que observaba todos mis movimientos.
Ya no nos lanzaba mordiscos, pero manteníamos las distancias, pues apostamos por esperar a que ella confiara en nosotros.
Pegaso se acercó un poquito a mí, siguiendo a Cuervo, que vino a saludarme.
—¡¿Has visto, Ádriel?! —Alucinó Cristian, elevando su voz para que le escuchara—. ¡Está a menos de tres metros de ti!
Asentí feliz y le insté a acercarse como él sabía. Sin tensión, con paso fluido, sin mirarla a los ojos. Cristian se acercó entusiasmado y me abrazó con fuerza.
—¡Gracias!
—Lo estamos haciendo juntos. —Le sonreí con complicidad—. ¿Quieres quedarte un poco más? —pregunté aunque sabía la respuesta. Cristian necesitaba tiempo junto a Pegaso.
El chico asintió y se quedó hasta que Pegaso se alejó para irse con Capri y pastar.
Cogimos a Troya, Cuervo, Danko y Neo y los llevamos a la pista donde los dejé a su libre albedrío.
Los caballos permanecieron quietos mientras cada uno se ocupaba de vestir al suyo y me sentí orgullosa de los cuatro caballos.
En muchas hípicas es típico atar al caballo para vestirle, pues así no puede irse a ningún lado, no puede huir si no se siente a gusto.
Tenerlos sueltos y que ellos decidan quedarse quietos a tu lado en vez de huir de la silla o la cabezada de cuero, es una gozada.
Fui la primera en subirme. Desde lo alto de Troya, viendo el mundo a través de sus orejas, busqué a Aitor.
—¿Recuerdas cómo mirar los estribos? —pregunté acercándome a Neo y a él.
Asintió sin desviar la mirada de la cincha de la silla, la cual ajustaba—.
Neo te leerá la mente, ya lo verás. No seas brusco ni de pies ni de manos.
Con un simple roce o apretón con tu pierna, Neo entiende lo que quieres hacer.
Aitor desvió su mirada de la cincha hacia mí y juraría que se quedó pasmado al verme sobre Troya. ¿Me vio tan bonita cómo yo me imaginaba? Porque estar sobre un caballo te hace bonita, especial, o al menos es lo que siento cuando veo a alguien de mi entorno sobre un caballo.
—Estás preciosa ahí arriba, princesa. No sabes cuánto —susurró Aitor para que solo yo le oyera.
Me sonrojé como un tomate y noté a mi corazón golpear contra mis costillas, loco por el halago.
—También lo estarás tú cuando consigas subirte a Neo —solté con una pequeña sonrisa.
—¿Estás ligando conmigo, princesa?
Mis mejillas volvieron a incendiarse y estuve tentada de pedirle a Troya ir a otro sitio, pero me controlé y me quedé allí, observando sus ojos.
—No. Para nada. Solo decía una obviedad.