Capítulo 21
La vida no se mide por las veces que respiras, sino por los momentos que te dejan sin aliento.
–La verdad sobre el caso Harry Quebert, Joël Dicker
S e me hizo raro que Ainhoa dejara de dormir conmigo cuando las paredes de su nueva habitación se secaron, pero no hacerlo apretada cual sándwich entre ella y Cristian fue agradable.
Aitor siguió dejándome un Cola Cao con flores cada mañana. A veces con un pósit y alguna frase o simplemente una carita. Me gustaba que tuviera aquel detalle y sentirme especial a sus ojos.
Insté a Aitor a volver a dejar sus libros en la biblioteca y aceptó. Tenía curiosidad por perderme entre los títulos de sus libros y tal vez conocerle algo más a través de ellos.
Al día siguiente, empezó a dejar sus libros otra vez, antes de irse a trabajar.
Dos días después, mi estómago se despertó revuelto y a pesar de lo despejado que era el día y de ver la biblioteca más llena de libros, sentí algo de bajón.
Con mi decaimiento, mis pensamientos fueron a Alexis sin que pudiera evitarlo.
¿Qué habría hecho él si estuviera conmigo?
, ¿me habría consolado?, ¿me habría tocado la tripa para calmar mi malestar y subirme el ánimo?
No debería importarme. Él fue quien decidió irse y no merecía mi sufrimiento.
Volvió a su antigua vida como si yo no hubiera significado nada; sin darme ninguna explicación que me hiciera entender el daño que me causó.
Pero aquel día, me importó y me sentí miserable.
Cristian escrutó mi semblante nada más verme y supo que no estaba bien. Por ello, me propuso ir por la tarde a un lugar donde Aitor —pronunció su nombre a regañadientes— le llevaba cuando tenía un mal día.
—Me encantaría conocer vuestro lugar.
—Mientras, lo mismo esto te sube el ánimo. —Me sonrió Cristian—. He creado un Instagram de Pegaso. Tengo un vídeo de cada día desde que vino.
—¿Quieres poner la evolución de Pegaso?
—Quiero que la gente entienda lo que pasa cuando se maltrata un caballo y cuál es el camino para que vuelva a serlo. Así, tal vez dejen de deshacerse de ellos, o de tratarlos tan mal. Con que ayude a unos pocos caballos, me conformaría.
—Sería genial conseguir eso. —Sonreí con tristeza. Qué inocente era Cristian—. ¿Cómo se llama la cuenta?
—A través de tus orejas.
Sonreí. Era el nombre perfecto. Cristian me contó que la cuenta era de ambos y que podríamos subir también vídeos de Troya. En cuanto aparqué el coche en Finca Deva, me enseñó la foto de perfil (una de Troya y Pegaso juntos) y la descripción.
—Me encanta, rubio. Es una iniciativa preciosa.
Ádriel una de indianos con un precioso torreón en tonos granates.
El jardín estaba lleno de maleza y la casa parecía abandonada, como la mayoría en aquel pueblo.
Aun así, era espectacular, única. Tuve la tentación de escalar el muro de piedra, sobrepasarlo y ver bien de cerca aquella casa; pero mis planes se vieron truncados cuando mi móvil vibró con un mensaje.
Lo miré curiosa por saber quién me escribía.
5 de diciembre. Cinco de la tarde.
Aitor
¿Estáis con los caballos?
He salido pronto de trabajar.
Ádriel
Estamos en Alevia.
Aitor
¡¿Qué le pasa a Cristian?!
Pude notar el agobio a través de su mensaje y me precipité a teclear una respuesta para calmarle.
Ádriel
Tranquilo. Él está bien.
Aitor
¿Quién entonces?
Ádriel
¿Quieres venir?
Aitor
Llego allí en diez minutos.
Desvié mi mirada del móvil hacia Cristian y me mordí el labio.
¿Tal vez había metido la pata al invitar a Aitor?
Que mis ojos estuvieran llenitos de ganitas de verle no fue lo que me impulsó a decirle que viniera.
No, que va. Me lo repetí varias veces para creérmelo antes de contar a los demás que Aitor estaba de camino.
Como era de esperar, Cristian se enfurruñó e intenté que su malhumor no me alcanzara.
—Deberías hablar con él —dije al adolescente.
—Yo no tengo nada que hablar con él —contestó con desdén antes de separarse del grupo mientras refunfuñaba.
—Malditos adolescentes —gruñó por lo bajo Marcos—. A veces no hay quien los comprenda. Yo fui lo peor en mi adolescencia. Y este… —Señaló a Cristian—. Por el camino va.
Apenas apareció Aitor, Cristian ya estaba de vuelta. Observé al hermano pequeño, que llevaba el ceño fruncido, la mandíbula apretada y los brazos cruzados. Aitor había cambiado su gorra por la sudadera gris, cazadora negra y la capucha ceniza puesta. Como siempre.
—Hola —saludó Aitor con voz suave y mi corazón automáticamente se alteró. Su mirada buscó a su hermano—. ¿Cristian, hablamos? ¿Vamos a nuestro sitio?
Cristian negó y noté cómo le dolía aquella negativa a su hermano mayor.
—No estamos aquí por mí. Es por ella. —Me señaló—. Vamos todos.
El ambiente se enrareció y la magia de Alevia dejó de estar tan presente entre nosotros. Durante el camino, Aitor intentó varios acercamientos hacia su hermano menor, pero este rechazó todos. Y ver cómo Aitor encajaba golpe tras golpe, no fue plato de buen gusto.
No fue hasta que caminamos hacia una especie de ermita, que el ambiente se aligeró. Tras ella, no había nada, solo vacío y unas vistas que auguré que serían impresionantes. Se me erizó la piel al llegar allí y contuve el aliento mientras mis ojos captaban cada matiz del lugar a mi alrededor.
—Es un sitio alucinante —susurré anonadada por lo que se veía desde nuestra posición, lejos aún de la ermita.
—Cuando te asomes al muro, verás. Es como un balcón al paraíso —murmuró Aitor en mi oído, tras de mí. Mi corazón se volvió loco y mis fosas nasales se llenaron de su olor.
El paisaje a mi alrededor había nublado mis sentidos pues no recordaba cuándo se había colocado detrás.
Su aliento me hizo cosquillas y dejé que un escalofrío recorriera la piel que su aliento había rozado.
Paré de caminar. Aún no sé si por la cercanía de Aitor o por la intensidad del momento.
Me sobrepasó, cogió mi mano y tiró de mí con suavidad.
Observé nuestras manos juntas y me gustó.
Me gustó demasiado el calor que infundía en la mía, la seguridad que me daba su agarre y sonreí.
Atravesamos la parcela de la ermita y llegamos hasta la edificación.
Detrás de ella había una gran terraza llena de hierba, con musgo que cubría gran parte de las piedras que formaban un muro en forma de semiluna.
El bello de mi nuca se erizó con anticipación y supe que lo que vería sería único.
Caminamos hasta la tapia, donde Aitor me soltó.
Contuve el aliento y miré fascinada al frente.
Aitor se inclinó hacia delante y apoyó ambas manos en el muro para observar el horizonte y el hermoso paisaje a nuestro alrededor.
—Un balcón —me susurró.
Le copié y apoyé mis manos en el muro de piedra y musgo.
Togo apoyó su morro en mi mano y sonreí.
Aitor tenía razón, asomarse allí era como estar en un balcón que daba al paraíso.
Era una preciosidad. Todo lleno de diferentes tonos verdosos y castaños frente a nosotros.
Unas montañas irregulares a lo lejos, un montón de pequeños pueblos bajo nosotros.
Se respiraba paz y solo se escuchaban los sonidos de la propia naturaleza.
Tuve que contener el aliento unos segundos ante la majestuosidad frente a mí.
¿Cómo no lo había visitado antes? Aquel paisaje asturiano era digno de recordar para siempre.
Me senté en el muro con las piernas cruzadas y Togo y Balto se tumbaron cerca de mí.
Aitor se sentó a mi lado y su brazo rozó el mío cuando se quitó la capucha.
Dejó caer sus piernas al otro lado del muro y por un segundo tuve miedo de que pudiera caerse al vacío, hacia la vida asturiana, pero lo deseché enseguida.
—Ese pueblo de ahí es Panes. —Aitor levantó su brazo, que rozó el mío y un escalofrío me recorrió de pies a cabeza. Señaló el pueblo más cercano a nosotros, casi a nuestros pies.
—¿Cómo lo sabes? —pregunté queriendo que no notara lo que su toque me provocaba: unos latidos incontrolados y nerviosismo puro.
—Me gustan muchas zonas de Asturias. El desfiladero de la Hermida, las vistas desde aquí y algunos pueblos que no parecen ni Asturias, ni Cantabria.
Como le pasa al nuestro. Están en la frontera y parece que son diferentes a las demás zonas.
Como si fueran una tierra diferente formada por cosas bonitas de Asturias y cosas preciosas de Cantabria.
Sonreí. Yo también lo pensaba. La frontera entre Asturias y Cantabria debería ser otra comunidad.
Tenía una luz y un brillo especial y se respiraba algo único.
Aitor me señaló los pueblos que él conocía desde allí arriba; incluso a lo lejos, también nuestro pueblo, aunque creo que ese, se lo inventó.
—Gracias —susurré—. Estaba siendo un día de mierda. Pero esto lo ha cambiado.
Y con esto no solo me referí al lugar, sino a su compañía.
—¿Ya no es un día de mierda? —preguntó y pude notar la sonrisa en su voz.
—No tanto.
Su mirada dejó el horizonte para centrarse en mí. Le imité, nuestros ojos conectaron y me perdí en ellos un instante.
—¿Por qué era un mal día? —Escrutó mi rostro con sus llamativos ojos de colores diferentes.
No contesté. ¿Por dónde empezar? Aitor localizó una de mis manos, la asió y apretó con suavidad, se me escaparon pequeñas lágrimas.
—Eres preciosa —susurró demasiado cerca de mí. Recorrió con su mano mi mejilla para intentar reconfortarme y me derretí ante su tacto—. No me gusta verte tan seria y menos aún tan llena de tristeza.
Y aquello hizo que me abriera a él.
—Mi problema es que a pesar de toda la rabia que guardo a Alexis dentro, a veces aparece en mí la estúpida idea de que le estoy traicionando y en momentos como hoy, lo creo —admití molesta conmigo misma—. Porque llamas mucho mi atención. Y no debería.
—No le traicionas porque él se fue. No está aquí. —Aitor buscó mis ojos y tuve que poner todo de mí para controlar los latidos de mi desbocado corazón—. Y a mí me pasa lo mismo contigo. A pesar de todo contra lo que lucho, contra ti no puedo.
Las lágrimas se agolparan en mis ojos. Aitor rompió el poco espacio que nos separaba y su aroma lo inundó todo.
Posó sus labios en mi frente, dándome un suave beso que me reconfortó al instante.
La piel se me erizó allí donde me rozó. Cerré los ojos y disfruté de su cercanía y del calor que inundó mi corazón.
Aquel gesto me gustó más de lo que iba a admitir.
—Tienes algo especial, Ádriel. Y me encanta.
Un escalofrío me recorrió. ¿Qué era exactamente lo que veía en mí? En aquel momento no lo entendí y cambié el rumbo de la conversación, buscando sentirme más cómoda.
—Siempre llevas la misma sudadera. Y la misma cazadora.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Aitor extrañado—. A trabajar no voy con ellas.
—Es posible que antes de conocerte, te viera alguna vez por la ventana y me preguntara quién eras y qué libro leías.
La expresión de Aitor cambió y sonrió de medio lado.
—Me espiabas.
Me sonroje y negué.
—¡No!, ¡no!
Aitor volvió a sonreír. Creo que no me creyó.
—La cazadora era de mi padre. Se la regaló mi abuelo en su último cumpleaños antes de que muriera por un aneurisma cerebral. —Su voz sonó afligida—. Mi padre le tenía mucho cariño a la cazadora, pero cuando se la pedía, él siempre me la prestaba.
—¿Y la sudadera? —me animé a preguntar al verle tan receptivo a contestar.
Aitor se revolvió incómodo.
—Me la regalaron mis padres y Cris por mi cumpleaños para salir a montar.
Abrí la boca para seguir preguntando, pero su cuerpo tenso me lo impidió. No volvimos a hablar en todo el tiempo que estuvimos allí.
Al final del día, cuando eché la vista atrás, me di cuenta de que Alevia y compartir un momento tan lleno de naturaleza y sentimiento con Aitor había estado bien.
Estaba dispuesta a averiguar lo que percibía Aitor sobre mí a través de sus ojos y a verme tan fuerte como él lo hacía. Por mí y por mi bebé.