Capítulo 20
Siempre creemos que tenemos tiempo de sobra, pero
cuando de verdad cuenta, se nos hace muy corto.
–Bajo la puerta de los susurros, T.J. Klune
A l día siguiente, tras la comida, Gelo, Angelito, Cristian y yo nos preparamos para ir a Finca Deva y llevar a Pegaso junto al resto de la manada.
—¿Vienes, Ainhoa? —pregunté.
Ella negó.
—No puedo, tengo trabajo aún. Otro día.
Se me hizo raro que trabajara tras la comida, pues nunca lo solía hacer, pero no quise indagar más. Sería verdad. ¿Por qué no iba a serlo? ¿Desde cuándo yo era una desconfiada? Y menos con ella.
Salí de casa encabezando la marcha justo cuando Aitor, con su gorra naranja fosforita, entraba para pintar la habitación de Ainhoa, la última que quedaba.
Fue un momento raro y tenso a pesar de que Cristian no le vio porque aún estaba dentro de casa.
Nos cruzamos a medio camino en el jardín y Aitor buscó a su hermano entre nosotros.
—Aún está dentro —le dije.
Aitor asintió y escruté su semblante. Estaba tenso, como siempre desde que Pegaso irrumpió como un huracán en nuestras vidas.
Se interesó por saber a dónde íbamos y Angelito le contó que íbamos a llevar a Pegaso junto al resto de la manada.
Aquello hizo que Aitor posara su mirada preocupada en mí y tuve que reprimir la sonrisa boba que amenazó con escaparse de mis labios.
—Todo saldrá bien —añadí al pensar que su preocupación era por Pegaso.
Aitor rompió los pocos metros que nos separaban sin apartar su mirada.
—Ten cuidado. Sobre todo por él —susurró para que solo yo le escuchara mientras dirigía su mirada a mi vientre, a mi bebé, y una de sus manos rozaba con disimulo y mimo el lateral de mi vientre escasos segundos.
Una bonita calidez me embargó y esa vez sonreí como una lela.
—Estaremos bien.
Aitor asintió pero la inquietud en sus ojos no desapareció.
—Me voy antes de que salga Cris. —Se despidió mientras llevaba su mirada a la puerta de casa.
—Aitor. —Le llamé mientras se alejaba a paso ligero—. No te escondas de él. —Tragué fuerte, lista para decirle una frase que creía a pies juntillas, ahora sí—. No has hecho nada malo.
—Yo siento que sí. He fallado a todos —zanjó apesadumbrado antes de empezar a subir las escaleras de la buhardilla.
Sus palabras me quitaron las ganas de salir de casa.
Ojalá poder quedarme con Aitor, hacerle compañía y, tal vez, ayudarle a ver las cosas de otra manera.
Exhalé un suspiro afligido; noté que Gelo negaba con la cabeza.
Cristian salió de casa justo cuando Aitor abría la puerta de la buhardilla.
El cuerpo de este último se tensó, precipitándose al instante hacia dentro.
Aquello me dio rabia. La situación en que se encontraban los hermanos y que Aitor pensara que lo mejor era que su hermano no le viera.
Ojalá lo pudieran arreglar pronto, pero con la actitud de Cristian, intuía que iba a ser un hueso duro de roer.
—Vámonos —instó un Cristian motivado acercándose a nosotros. Si notó nuestro malestar, no lo mostró.
Como no podíamos acercarnos a Pegaso, construimos un pasillo con pastor eléctrico desde la puerta de la pista a la puerta que daba a la zona donde vivía la manada y con paciencia logramos que Pegaso se uniera a ella.
La bienvenida no fue muy cálida, ella era una extraña.
Pero tras tres horas, la manada pareció calmarse.
Pegaso se juntó a Troya y a este pareció agradarle.
Hice una foto que mandé a Aitor y a la cual me contestó con un «Gracias, princesa » .
Sonreí. Las presentaciones habían salido bien. Era una más en la manada.
Diciembre. 14 semanas.
Estoy cogiendo la costumbre de mirarme al espejo nada más levantarme para ver si mi vientre ha crecido un poco más. Y siempre se me escapa una sonrisa.
Quiero mucho a este bebé.