Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Llamé la atención de Gelo, Cristian y Angelito y les dije que iba a hablar con Aitor, lo que hizo que su hermano pequeño pusiera una gran mueca en su rostro. Le obvié y me despedí de los tres.

Salí de casa con los nervios a flor de piel y al abrir la puerta del jardín me topé con los ojos de Aitor bajo una capucha gris que escondía a la perfección las facciones de su rostro. No fui capaz de aguantarle la mirada y la bajé, arrepentida. Nos saludamos con un «hola» seco.

—Siento haber sido tan intransigente. Me toca la moral ver las atrocidades que el ser humano hace a los caballos. Y tú, aunque no querías, has formado parte de una de esas atrocidades y es… complicado para mí no saltar y llegar a mis propias conclusiones precipitadamente. —Pedí perdón a mi manera.

—No, si tienes razón. Mi madre me odiaría, joder… —musitó, cerró sus manos en puños y pude ver sus ojos llenos de turbación, enfado y llameantes de culpa—. Yo… no podía… Ádriel… —Aitor bajó la mirada al suelo, arrepentido.

Su voz se quebró y se detuvo a coger varias bocanadas de aire antes de seguir hablando:

—La veía y… Aquella pareja me parecieron buenas personas.

Le darían todo lo que yo no podía. Pero solo pasó con ellos cuatro meses.

Eso dicen los papeles… Dios… —Se pasó sus manos temblorosas por el rostro repleto de culpa y arrepentimiento, mi corazón se quebró un poquito—. No sé cómo pude venderla… Yo…

Bajó la mirada de nuevo. Presentí que había algo más por lo que decidió vender a Pegaso, pero le noté con tanta mierda encima, que no quise preguntar.

—Hiciste lo que necesitabas en aquel momento.

—Me costó decirlo pero supe que era lo que debía decirle—.

Pero estaba escrito en algún lado que Pegaso debía estar en vuestras vidas.

Y ahora ya no se va a ir a ningún lado. Deja de echarte la culpa y vamos a cambiar su destino.

Vamos a reescribir su presente y futuro.

Aitor no había sido muy explícito en cuanto a su decisión, pero la culpa y los remordimientos se le notaban a la legua. Y aquello me bastó para empatizar.

El chico elevó su rostro y buscó mis ojos. Nuestras miradas se quedaron enganchadas y pude ver dentro de él todo lo que tenía dentro. La culpa, el miedo, el dolor.

—Oye, igual que voy a cuidar del rubio mientras esté en mi casa, llámame si me necesitas.

No tienes que sufrir solo. Puedes hacerlo en silencio pero acompañado para que duela menos.

Y perdóname otra vez por no darte la oportunidad de explicarte.

Sé que estás arrepentido. Y para mí es lo que más importa.

—Gracias, Ádriel.

Su mirada triste y llena de remordimientos me invitó a querer cambiarla, aunque fuera solo durante un segundo, a una menos triste.

Rompí el espacio que nos separaba y le abracé unos segundos.

Le quité la capucha para dejar a la vista su cresta rubia y sus llamativos ojos, me puse de puntillas y besé su mejilla.

—Todo estará bien —le susurré.

—Tienes una bondad dentro que nadie más tiene.

Eres mágica y especial —dijo Aitor antes de besarme la mejilla de vuelta—.

Gracias por escucharme y ser capaz de dejar a un lado todo lo malo que hice y tenderme tu mano.

—Me dedicó una ínfima sonrisa que murió enseguida y no llegó a sus ojos—.

Me tengo que ir a comer algo. Luego vendré a dejar la pintura para la habitación de Ainhoa.

Asentí mientras se alejaba de mí y levanté una mano a modo de despedida, que después llevé al lugar donde segundos antes los labios de Aitor habían rozado mi piel y repetí sus palabras bonitas sobre mí en bucle mientras una tímida sonrisa se abría paso a través de mis labios.

Me quedé mirando como una boba cómo se alejaba.

Al entrar en casa, no había ni rastro de Cristian en el salón, según Gelo se había ido a mi habitación a hacer sus deberes, aunque sospeché que se había escondido porque le había sentado mal que escuchara la versión de su hermano.

Le conté a Gelo lo que Aitor me había relatado y le dije que iba a ir a hablar con Cristian.

—Ari. —Gelo llamó mi atención—. Antes de que te vayas, quiero hablar contigo.

Su voz se tornó seria y aquello me puso los pelos de punta.

—¿Qué pasa? —pregunté inquieta.

—Me han ofrecido un ascenso.

—¡Ey, eso es genial! —Le envolví en un apretado abrazo, contenta y orgullosa de él.

Pero Gelo se mostró rígido frente a mi gesto y no entendí nada. Le pregunté qué le pasaba, si tendría que trabajar más horas o algo parecido, pero no, serían exactamente las mismas.

—¿Entonces? ¿Es que es mucha responsabilidad? —Busqué el porqué de mostrarse tan reacio a ser ascendido.

Me dijo que era bastante, pero que creía poder con ello. No entendí por qué dudaba. Y entonces me lo dijo. Era necesario hacer un curso de ocho meses, que le pagaba la empresa. Aquello le echaba para atrás.

—¿Tienes que irte a estudiar a otra provincia? —pregunté con el miedo anudado a la garganta. Tal vez por eso se había mostrado reacio.

—Nooo, que va. Nada de eso. —Gelo negó varias veces—. Es online. Solo tendría que ir a hacer los exámenes a Santander.

Suspiré aliviada y el nudo en mi garganta comenzó a disiparse.

—Entonces acéptalo. Nos apañaremos.

—Me encantaría hacerlo. —Suspiró con pesar—. Pero tú estás embarazada. —La culpa se hizo patente dentro de mí. No podía renunciar a un ascenso por mí—. Y también quiero pasar tiempo con Angelito y contigo. Y si me meto ahora a estudiar, perdería eso.

Tragué el malestar que sentí en aquel momento y le dije:

—Gelo, estaré bien. Por mí no digas que no. Y lo perderías solo durante unos meses. Luego lo recuperarías otra vez.

—¿Tú lo harías?

—¿A ti te gusta la empresa donde trabajas? —Gelo asintió—. ¿Te gusta lo que haces? —Volvió a asentir—. ¿Te gusta el puesto que te han ofrecido? —Otro asentimiento—. Entonces yo lo tendría claro. Aceptaría.

Gelo se mostró reacio. Temía no ser capaz de seguir el ritmo de estudiar y trabajar. Le propuse que mirara el temario del curso para que se hiciera una idea de cómo sería.

—Oye, ¿fue esa llamada el día que salimos a montar? —pregunté al hacer la conexión. Gelo asintió—. ¿Cuánto tiempo tienes para decidirte?

—Una semana.

Le propuse que lo hablara con sus padres o con Ainhoa para tener otro punto de vista. Tenía que aceptar el ascenso. Debía hacerlo. No podía parar su vida por mi embarazo.

Por la noche, justo antes de quedarme dormida, me llegó un mensaje.

30 de noviembre. Doce menos tres de la noche.

Aitor

Gracias por escucharme y por invertir un poco de tu tiempo en consolarme. Lo necesitaba.

Leí su mensaje varias veces, muchas y dejé que mi pulso se acelerara sin ponerle freno. El corazón me quiso decir algo pero lo ignoré, no quería escucharle más. No sabía qué contestar a Aitor y terminé escribiendo un escueto:

Ádriel

Nada.

Pero me arrepentí y añadí:

Ádriel

Cristian ya está dormido.

Intenta descansar tú también.

Aitor

Gracias por cuidar de él.

Ádriel

Es mi amigo.

Es lo menos que puedo hacer.

Aitor

¿Y yo?

Hui. Apagué la pantalla de mi móvil y lo aparté de mí como si quemara.

A pesar de ello, reproduje la conversación infinitas veces mientras miraba el techo de mi habitación.

El mensaje de Aitor al decir «¿y yo?» me puso nerviosa.

Busqué nuestra conversación y leí el final.

¿Y yo? Mi corazón comenzó a latir desbocado. ¿Y él? ¿Qué era él en realidad?