Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

Lágrimas invisibles para no dañar.

–La realidad de mi mente, Darío Rodríguez Escribano

A la mañana siguiente, me desperté con una sensación agridulce en mi cuerpo.

Ainhoa ya no estaba en la cama. Apagué el despertador, pegué un manotazo a Cristian para que se despertara, subí a Balto a la cama para saludarle y Togo se subió por los pies de la cama.

Abracé a ambos y llené mis fosas nasales de pelos de perro.

Miré la pantalla de mi móvil, tenía un mensaje de Aitor y la sensación de arrepentimiento volvió a mí, pero la eché hacia un lado.

Aitor

¿Cómo está Cris?

26 de noviembre. Ocho y media de la mañana.

Ádriel

Todo bien.

Antes de desayunar, me acerqué a la buhardilla para coger algún libro de Cristian que leer.

Mi sorpresa fue encontrarme la estantería donde Aitor había empezado a colocar sus libros, vacía.

Mi corazón se saltó un latido. ¿Dónde estaban?

¿Se los había llevado? La rabia me invadió por un segundo, pero me obligué a que me diera igual.

Me di la vuelta sin escoger ningún libro y bajé a la cocina a preparar el desayuno a pesar de que saber que Aitor había recogido sus libros, me había cerrado el estómago.

—Buenos días —murmuró Cristian al entrar en la cocina.

Al llegar a la mesa del salón con tostadas para Cristian y para mí, me encontré un Cola Cao con un pósit y unas lilas. Aitor. Mi estómago se encogió un poco ante la culpa por todo lo que le dije el día anterior, pero volví a desechar aquel sentimiento.

—¿Quién te deja preparado el Cola Cao? —curioseó Cristian.

—Tu hermano —contesté escueta mientras mi mirada iba hacia el pósit y él profería un sonoro bufido.

Gracias por cuidar de Cristian.Cuando quieras, espero que escuches mi versión de la historia.

Miré al detalle su letra redonda, que difería mucho de la de Gelo, que era enana y apenas se entendía.

No quería escuchar su versión de la historia.

No quería excusas. La realidad fue que se deshizo de Pegaso.

No quería alguien así a mi lado. «Te lo dije», me repitió por millonésima vez el corazón y tuve que darle la razón.

—Desayuna —insté a Cristian sentándome en mi sitio—. ¿Vas a clase hoy?

—Pues no —contestó airado sin levantar la vista de su plato donde aún había media tostada.

Suspiré armándome de paciencia. Un adolescente enfadado no entraba en mis planes.

—¿Y cuándo? —demandé.

—No lo sé. ¿Nunca? —contestó irritado.

Volví a suspirar, frustrada. Mi tarea no era discutir con un adolescente, ni hacerle entrar en razón, ni negociar con él… Eso era cosa de Aitor. No sabía cómo gestionar el que Cristian no quisiera ir a clase.

—Sé que estás cabreado, pero ten respeto por mí y por todos los que vivimos en esta casa.

Aprende a guardar tu mal humor lejos de los que te intentamos ayudar —dije concisa.

O me ponía seria o sería un desastre—. Te doy diez días.

Después volverás tanto a tu casa como al instituto.

Y todo el temario que se dé, tienes que empollarlo.

Hazlo como quieras para conseguir los apuntes y los ejercicios.

Cristian levantó la mirada y nuestros ojos se encontraron. Vi una turbación extrema, un daño que me hizo querer decirle que no tenía por qué volver a clase o a convivir con su hermano. Que aquí estaría seguro y le protegería. Pero tragué saliva y me mantuve firme.

—Quiero estar con Pegaso.

—Lo sé. Y para eso tienes estos diez días. Después organízate para terminar pronto y poder venir a Finca Deva por la tarde.

—Pero…

—Mira, Cristian. Me voy a mantener inflexible. Estamos hablando de tu futuro. Si no está tu hermano, me tendrás que hacer caso a mí.

Cristian bufó por millonésima vez.

—¿Y si no?

—No es algo que puedas elegir. Es lo que hay.

—¿Y si no? —reiteró Cristian.

Resoplé molesta. No me molaba un pelo su tono, su ira mezclada de insolencia de adolescente.

—Mi casa, mis reglas.

—Ya… —dijo Cristian con voz aburrida.

Gruñí ante su actitud.

—Y Pegaso es mía. No quiero tener que recurrir a ello, pero si es necesario, no te dejaré pisar Finca Deva —le amenacé con voz dura.

No debería haberlo hecho. Las amenazas no son de buen grado. Pero no supe cómo gestionarlo de otra forma. El semblante de Cristian cambió en milésimas de segundo del pasotismo a la sorpresa.

—No serás capaz.

—Rétame pasándote por el arco del triunfo mis reglas y verás. Pegaso está bien atendida y en las mejores manos. Tú, sin embargo, tienes que labrarte un futuro y para ello necesitas estudiar.

Cristian resopló, me mantuvo su mirada de fuego unos segundos y terminó por claudicar con otro resoplido.

—Diez días —gruñó. Asentí—. ¿Cuándo nos vamos?

—Cuando desayunes.

Cristian resopló y pasó por el aro. Tras desayunar, le insté a ir a su casa a por algo de ropa para los días que estuviera en casa y explicar a su abuela lo que había pasado. Me hizo caso a regañadientes y yo me fui a cambiar de ropa.

Esperé a Cristian en la puerta de casa. Miré el reloj varias veces, ya iba tarde.

El chico apareció poco después con una maleta, la dejó en la puerta de casa y nos subimos con Togo y Balto al coche.

Cristian se mostró nervioso todo el camino y en cuanto llegamos, salió disparado hacia Pegaso.

Yo me quedé dentro del coche, con mis manos aferrando el volante.

Cogí varias bocanadas de aire y las solté con tranquilidad, preparándome mentalmente para lo que me esperaba ahí fuera: un adolescente enfadado, una yegua que había pasado por demasiado, un poquito de rencor hacia quien había sido el detonante de que Pegaso estuviera así y mis propios sentimientos hacia algo que no debería existir: el maltrato.

Me murmuré palabras de ánimo, cogí a Balto en brazos para bajarle del coche y abrí a Togo.

Me acerqué a Cristian y Pegaso. Ella nos miraba con desconfianza.

Su mandíbula estaba tensa, cuello tieso, orejas pegadas al cuello, ollares abiertos y respiración fuerte, tanto que la oía a varios metros de distancia.

Aun así, me atreví a acercarme a ella, desobedeciendo todo lo que había aprendido a lo largo de los años.

Pegaso desvió su mirada hacia mí y cuando me encontraba a escasos dos metros, solo separadas por la valla, arremetió contra mí, lanzándome un mordisco.

En el proceso, golpeó su pecho contra la valla, que produjo un sonido sordo que me encogió el alma, pero que a ella pareció no importarle.

Sus ojos estaban idos, como si estuviera loca.

Me alejé dando un traspiés y me froté el hombro, donde sus dientes me habían rozado.

Fue un error de novata. Un error por no seguir los pasos predeterminados en casos así.

Me dejé llevar y lo pagué caro, pues la yegua se volvió mucho más recelosa.

¿Cómo existían personas capaces de hacer tanto mal?

¿Cómo había permitido Aitor que Pegaso terminara así?

Aquella mañana Cristian y yo nos quedamos cerca de la valla de la pista y observamos a Pegaso.

Eso ya era suficiente. Pegaso nos miró nerviosa mientras comía a lo loco su ración de pienso, que era la mínima expresión.

No podíamos darle de golpe toda la ración que necesitaba para engordar; los caballos tienen el estómago muy sensible y los cambios de alimentación hay que hacerlos poco a poco para que su flora bacteriana se adapte.

Aunque su ración de pienso fuera irrisoria, dejamos forraje a su disposición.

Supe con echarle un vistazo a Cristian que ansiaba poder tocar a la yegua y sentir la conexión que ella y su madre tenían. Y tal vez así sentir a su madre más cerca. También noté la frustración de no poder hacerlo en aquel instante y la rabia de que estuviera en esas condiciones.

—Al principio va a ser todo muy lento —expliqué—. Pero luego verás qué cambio va a dar.

—No sé… No estamos haciendo nada.

—Crees que no, pero sí que lo estamos haciendo. Estamos delante de ella, observándola, incordiándola. Esto es lento, rubio. No vas a poder tocarla hoy o mañana. Habrá que esperar bastante más.

—Vale…

—Ahora hay que inundarla de buenas experiencias. En unos días intentaremos llevarla con el resto de la manada. No hay nada mejor que sentirse seguro y tener un refugio en otros caballos. Creo que los demás la aceptarán rápido.

—Pero entonces será más complicado cogerla.

—Seguramente, pero lo importante es su bienestar. Estar con la manada le va a hacer bien. Sobre todo a nivel psicológico. Dejará el estrés a un lado y podremos ver cómo es ella y cómo recuperarla.

—¿Y si no la aceptan?

—Siempre lo hacen.

Mi ira hacia Aitor al ver a Pegaso se fue transformando con el paso de los días y aunque mi corazón no estuvo de acuerdo, empezó a crecer en mí la semilla de que tal vez hubiera una muy buena razón para no mantener a la yegua en su vida y la de su hermano.

Un rayito de esperanza para que él no fuera como pensaba.

Aquello hizo que cuatro días después llegara el momento en que me sentí arrepentida por cómo le hablé, por lo que le dije y por cómo le juzgué.

Y entonces estuve preparada para escuchar su versión de la historia.

30 de noviembre. Tres y cinco de la tarde.

Ádriel

¿Podemos hablar?

Aitor

¿Qué pasa?

¿Sonaba borde? ¿O simplemente quería saber por qué quería hablar con él? Qué fácil era tergiversar todo con un mensaje. No dejé que mi determinación mermara y le contesté:

Ádriel

Estoy lista para escuchar tu versión.

Esperé unos minutos su respuesta. Me mordí el labio y sopesé si debía añadir algo más o dejarlo ahí. Esperé un poco más y casi había perdido la esperanza de leer una respuesta por su parte cuando me llegó:

Aitor

En cinco minutos en tu puerta.

Otra vez me volvió a sonar seco y borde y empecé a ponerme nerviosa. ¿Y si él ya no estaba dispuesto a darme una explicación? ¿Y si la conversación no iba bien? ¿Y si no era capaz de empatizar con él?