Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Cristian se levantó del suelo como un resorte y fulminó a su hermano mayor con la mirada, quien le miró sin entender la dureza de sus gestos.

—¡La vendiste! ¡Vendiste a Pegaso! —Le señaló con rabia.

Aitor paró en seco a escasos metros de nosotros, con su rostro desencajado—.

¡Me dijiste que murió de pena! ¡Eres un cabrón!

—gritó Cristian acercándose a su hermano con paso decidido y las manos hechas puños—.

¡¿Ves esa yegua?! —Señaló con brusquedad al equino—.

¡Es Pegaso! —exclamó con voz rota mientras terminaba de acortar el espacio con su hermano mayor, que palideció ante la revelación y se llevó de manera distraída la mano a su codo para masajearlo—.

Se lesiona a sí misma, Aitor. ¿Eres consciente de lo que hiciste? ¡Está enferma!

Los ojos de Aitor se llenaron de lágrimas, mientras Cristian seguía gritándole desconsolado. Alzó su puño sin previo aviso y lo lanzó contra su hermano mayor, que lo interceptó al vuelo.

—¡Eres un cabrón y te merecías ese puñetazo! —exclamó loco de dolor mientras alzaba su otro puño, que su hermano cogió rápido con su mano libre.

Aitor ahogó sus lágrimas y con la mirada y el rostro serios, abrazó a Cristian sin pronunciar una sola palabra, forcejeando contra él hasta que a su hermano pequeño la rabia le quedó bajo la impotencia y la pena que se apoderó de él.

Se deshizo en los brazos de su hermano mayor, llorando histérico.

Los caballos no podían hablar por ellos mismos, debíamos ser nosotros los que alzáramos la voz ante las injusticias.

Observé a Aitor, que lloraba en silencio, con el dolor y la culpa reflejados en su rostro mientras presionaba a su hermano pequeño en un apretado abrazo.

Y aquella estampa me produjo un revoltijo de sentimientos encontrados, pues no empaticé ni un poquito con Aitor, pero la escena me pareció preciosa.

Cuando Cristian se calmó, se separó de un empujón de Aitor y a una distancia prudencial de él, habló con odio impregnado en sus ojos y en cada palabra que pronunció:

—No quiero tenerte cerca. Nos has traicionado.

Eres… eres… —Su voz se quebró—. Nunca pensé que podrías hacerle algo así a Pegaso.

Tú no eres mi hermano —dijo esto último de manera despectiva y pude ver cuánto le dolió a Aitor que su hermano pequeño le dijera aquello.

En otras circunstancias, me habría dolido a mí también que Cristian le hablara así.

Pero en aquel momento mi incomprensión y la ira cegaban cualquier otro sentimiento que pudiera albergar por Aitor.

Cristian se dio la vuelta y fue hasta la valla de la pista donde estaba Pegaso.

Mi mirada fue de un hermano a otro. Aitor parecía roto, roto de verdad, con la mirada clavada en Pegaso, el semblante tenso y serio, y labios temblorosos mientras intentaba contener el llanto y parecer fuerte.

La traición que sentí, y por qué no admitirlo, la rabia de no entender cómo pudo vender a la yegua de su madre, hicieron que cuando Ángel se acercó a nosotros y enseñó a Aitor los papeles de la yegua, apenas se me encogiera el corazón al dejarle con esa mirada y ese aura de culpa inundando su cuerpo entero.

Me acerqué al hermano pequeño y me coloqué a su lado. Me necesitaba.

—Aitor eligió el nombre, ¿sabes? Y a mí me pareció genial porque Hércules es mi película animada favorita —dijo Cristian con tono lastimero—.

Por más que mi madre nos dijo que Pegaso era nombre de caballo, nos empeñamos en llamarla así.

—Sonrió un segundo ante el recuerdo—. Era una potra torda de cuatro años, llena de manchas marrones y crines oscuras.

Era preciosa y noble. Buscaba cariño y se llevaba muy bien con el resto de los caballos que vivían con ella en el paddock .

Pero mírala ahora. Está hecha una mierda.

—Sí. Pero ha vuelto y esta vez es para vivir el resto de su vida junto a ti. Ya nada ni nadie os va a separar. No lo voy a permitir —dije con determinación.

—¿Cómo? —Se giró para mirarme de lleno.

Su mirada era fuego, era tristeza, era tantas cosas a la vez que me acongojé.

—Está a mi nombre. Y yo jamás os separaré. Pase lo que pase. Aunque me hagas una putada y dejemos de hablarnos, Pegaso y tú seguiréis juntos —afirmé seria y dejé que mis palabras calaran en Cristian. Era una promesa que pensaba cumplir a pies juntillas.

—Eres muy buena.

Negué.

—No. Es que a la familia no se la separa.

—Eres todo lo que no es Aitor. No quiero volver con él.

No quiero subirme en su coche ni estar bajo el mismo techo que él.

Le odio —sentenció las dos últimas palabras con un tono de voz tan firme que me dio miedo que nunca pudieran solucionarlo—.

Me mintió en algo tan sagrado como Pegaso.

—Cristian se pasó las manos por el pelo—.

No sabes el daño que me ha hecho saber que la vendió.

¿Pero ver a Pegaso así? Eso me ha matado.

¡Mírala! Está en los huesos, tiene la mirada perdida, sin brillo, calvas en el pelo, heridas de chocarse contra cosas, su cuerpo tenso en todo momento…

—Sé que estás dolido…

—No. No estoy dolido. Estoy roto. —Se le quebró la voz—.

Porque la familia que me queda, me ha traicionado.

Porque no hay forma de que algún día entienda cómo pudo tomar la decisión de deshacerse de ella.

Pegaso era importante para mi madre y para mí.

—Le abracé para intentar aplacar su enfado—.

¿Pero sabes qué más? —preguntó en mi oído—.

Que se suponía que también lo era para él —murmuró hecho polvo y su tristeza se filtró dentro de mí.

Cristian y yo nos separamos y sopesé mis siguientes palabras. No quería estar en medio de un fuego cruzado, pero sinceramente, si debía elegir, protegería al hermano menor.

—Hablaré con Aitor. Puedes quedarte en casa unos días hasta que seas capaz de hablar con él para intentar resolverlo.

Cristian me abrazó sin apenas fuerza, derrotado por el torrente de emociones que danzaban por su sistema.

—Gracias, morena.

—De nada, rubio. ¿Estarás bien solo hasta que vuelva?

Cristian asintió.

—Yo me quedo con él —dijo Jonás entrando en escena.

Asentí y me separé de Cristian. Me acerqué a Aitor conteniendo mis emociones y me coloqué a su lado.

Mi cuerpo quiso romper la distancia que nos separaba y coger su mano para hacerle sentir mejor, pero mi corazón consiguió retenerle.

Aitor observaba sin pestañear a la yegua y a su hermano.

No hablé, esperé a que lo hiciera él, que me diera una maldita explicación convincente.

Busqué su rostro, aún serio y lo vi lleno de humedad, sus ojos rojos y el dolor impregnado en cada músculo de su semblante pero en vez de empatizar con él, la rabia lo inundó todo dentro de mí y sin Cristian cerca, no hubo excusas para que no estallara.

Porque me sentí traicionada y no estaba dispuesta a que me hicieran daño otra vez.

Mi corazón me escupió en la cara el famoso «te lo dije» mientras bombeaba rabioso contra mis costillas.

—La has cagado pero bien… —Rompí el silencio.

—Lo sé —murmuró Aitor con su voz llena de culpa. Se giró y sus ojos conectaron con los míos. Pude ver cómo quería mi apoyo y mi comprensión y el corazón se me resquebrajó un poquito, pero no podía—. Yo…

—No quiero tus excusas —le interrumpí cortante.

—Ádriel… —Me llamó dolido en un murmullo, sorprendido por mi forma de actuar.

Seguramente esperaba cariño, que entendiera su punto, que le apoyara. Pero eso jamás pasaría. Con toda la rabia y la traición que sentía era imposible. Jamás entendería su punto de vista. Nunca. Era imposible. Yo nunca abandonaría a ninguno de mis animales. Él lo hizo, fin de la historia.

—Estoy harta de la gente como tú —hablé con rabia—. Que dice querer a su caballo, pero a la mínima de cambio, se deshace de él. Me da absolutamente igual la excusa de mierda que vayas a decirme porque no te la compro.

—Ádriel…, por favor… Escucha —rogó con un deje de tristeza que bloqueé al instante con más rabia burbujeando dentro de mí.

—¡No! Yo jamás habría hecho lo que hiciste tú. No podría vivir con ello.

—¡No sabes de lo que hablas! No tienes ni puta idea de lo que fue todo. ¡Pero ni puta idea! —exclamó Aitor perdiendo los nervios.

—¡Ni me interesa saberlo! —Entré al trapo enrabietada.

Aitor me había fallado en algo tan básico para mí como cuidar a un caballo. No podía confiar en él. Tenía que alejarme de él.

—¡Me juzgas sin saber nada! ¡Sin siquiera preguntarme!

Pude ver la rabia acumulada tras su mirada. La locura que desaté en su interior al no empatizar ni lo más mínimo con él. Me dio igual. Yo no estaba allí para hacer que se sintiera mejor. Yo solo me había acercado a darle un recado. Nada más.

—¿Preguntarte? —estallé mientras cerraba mis manos en puños—. ¿Qué tengo que preguntarte? ¿Por qué la vendiste? No me interesa la respuesta. ¡Lo único que me importa es que tuviste la sangre fría de venderla!

—¡Otra vez me estás juzgando sin tener ni puta idea! Pensaba que eras diferente, pero eres igual que el resto.

Aquella última frase me tocó, pero la irritación no dejó que llegara al corazón. Nos miramos fijamente, con la rabia de ambos quemándonos, haciéndose más fuerte, pero sin pronunciar palabra alguna. Hasta que logré controlar mis emociones y verbalizar a lo que había ido.

—Yo solo venía a decirte que Cristian necesita desconectar unos días y le he ofrecido nuestra casa. —Me puse en guardia, lista para atacar si Aitor ponía algún impedimento.

Él tensó la mandíbula, apretó sus manos en puños y escrutó mi rostro serio durante lo que me pareció una eternidad. Intenté vislumbrar qué pasaba por su cabeza, pero tenía puesta una careta que yo era incapaz de traspasar.

—Si dejo que se vaya a tu casa —Aitor contuvo su enfado mientras hablaba—, ¿cuidarás de él? —Asentí—. ¿Me mantendrás al tanto de todo? —Volví a asentir a regañadientes—. Gracias —murmuró tan bajito que es posible que lo imaginara.