Capítulo 18
Un caballo puede cambiar tu vida, pero uno
realmente especial es el que la define.
–Anónimo
A l día siguiente, Aitor empezó a dejar sus libros en las estanterías y yo anoté varios títulos que llamaron mi atención.
Almu me llamó por la mañana, antes de ir a Finca Deva, y nos pusimos un poco al día. Me gustaba la relación que estábamos forjando juntas. Yo le hablé de Aitor y de mi embarazo y ella me habló de su nuevo trabajo como secretaria en una gestoría de Santander.
—¿Por qué no quieres hablar de Marcos?
—Por lo mismo por lo que tú no hablas de Alexis.
Eso dolió.
—Lo vuestro es diferente.
—Es… algo tan íntimo con Marcos que… no sé si debe ser él quien hable contigo primero. O tal vez no. No sé. Pero te prometo que cuando esté preparada, hablaré contigo. Quiero hacerlo.
No pudimos hablar mucho más, pues Almu debía entrar a trabajar y quedamos en que nos organizaríamos para vernos.
Me costó mucho convencerla de hacerlo, pues ella creía que al ser yo la amiga de Marcos, estaba mal que nos viéramos, pero la hice ver que eso no era así. Yo la consideraba mi amiga también.
Tras colgar, me fui con Cristian a la finca.
Se nos fue el santo al cielo y a las cinco de la tarde, seguíamos con los caballos.
Se notaba que aquel día no tenía ningún malestar debido al embarazo.
Aunque ya empezaba a estar cansada. Mi móvil comenzó a vibrar cuando Cristian y yo estábamos en el coche, listos para irnos.
Miré el móvil: era Ángel. ¿Habría pasado algo? Me apuré en descolgar.
—¿Estás en Finca Deva? —preguntó Ángel con voz urgente, sin siquiera saludarme. Al instante me puse en alerta.
—Estoy. ¿Ha pasado algo? ¿Está todo bien? —Me alteré. ¿Qué había podido pasar para que Ángel estuviera así de agitado?
—Voy con Jonás de camino. Llevamos un caballo.
Su respuesta y su tono de voz no me tranquilizaron en absoluto.
—¿Otro jubilado?
—No exactamente. Este… ha pasado unos años muy duros, Ádriel… Es capaz de hacerse daño a sí mismo para huir del ser humano. —Su voz sonó afectada.
Noté las lágrimas agolparse en mis ojos.
¿Quién era capaz de hacer semejante salvajada?
Nunca había contemplado un caballo como el que describía Ángel y tuve miedo de verlo y ser consciente, en primera persona, de la crueldad del ser humano.
Carraspeé para encontrar mi voz y alejar las lágrimas.
Le pregunté cómo habían dado con aquel equino y Ángel me contó que fue a través de un amigo de Jonás, que trabajaba en la hípica de donde venía aquel caballo, en La Rioja.
Llevaban varias semanas de negociaciones y aquel día por fin habían conseguido que se lo cedieran.
Me sentí ofendida al instante cuando me di cuenta de que me habían mantenido al margen y se lo hice saber.
—Sé cómo te afectan estas atrocidades. Solo quería protegerte hasta que fuera real el que nos lo lleváramos —se excusó Ángel. Entendí algo su punto y el pequeño enfado que había empezado a burbujear en mi interior se apaciguó un poco—. Está a tu nombre, como Troya.
Asentí aunque no me viera. Me sentí halagada porque pensaran en mí para poder cuidar de él. Pero a la vez, una presión enorme se instauró en mi pecho. ¿Sería capaz de enseñarle bien a aquel caballo?
Ángel me informó de que llegarían en escasos quince minutos y colgó. Yo me derrumbé, echándome a llorar. Cristian, a mi lado, me abrazó con torpeza y esperó a que me calmara para preguntarme qué pasaba.
—Ha dejado de ser caballo. Le han quitado tanto, que ni siquiera tiene miedo de hacerse daño a sí mismo con tal de huir del trabajo al que le somete el ser humano —expliqué y añadí en un susurro—: Que un caballo pierda eso, es malo. Muy malo. Ha sufrido mucho. Más de lo nunca podrás imaginar.
—¿Eso puede suceder?
—Ni te imaginas la de caballos que sufren las consecuencias de un manejo nefasto por parte del ser humano.
Demasiadas exigencias, no darse cuenta de que son animales y no herramientas de trabajo…
—Suspiré hondo—. Tengo miedo de lo que nos vamos a encontrar.
Puedes irte si quieres. Esto no va a ser bonito.
Puedo llamar a Gelo y que venga a por ti.
—Me quedo —dijo Cristian con determinación y asentí.
Salí del coche con los nervios a flor de piel y el corazón encogido.
Cristian mandó un mensaje a Aitor, quien quedó en ir a Finca Deva al salir de trabajar en la buhardilla.
Me obligué a respirar bocanada tras bocanada de aire y a contener las lágrimas cuando llegaron Ángel y Jonás. Este último vino hacia mí y me abrazó.
—Ari… Es… —Su voz se quebró y no pudo terminar la frase. Lo que vio al recoger a aquel caballo le debió marcar.
—Vamos, Jonás. —Llamó su atención Ángel tras colocar el van en la puerta de la pista—. Luego nos podemos sentar los cuatro a llorar todo lo que le han robado.
Jonás asintió, me besó en la mejilla y se separó de mí.
Caminó decaído hacia la puerta del van. De allí salió un saco de huesos de color blanco.
Dejé que las lágrimas resbalaran por mis mejillas y que la rabia por lo que veía, me inundara.
El caballo bajó nervioso, se puso de manos e intentó arremeter con la poca energía que tenía contra Jonás, que consiguió soltar el ramal del equino de forma magistral.
—Hostia, chicos —gimoteé mientras me acercaba a la valla para ver más de cerca al caballo que estaba ya en la pista.
El equino arremetió contra mí y chocó contra el cercado. Me alejé sobresaltada. ¿Cómo podía el ser humano romper tanto a un animal para que se comportara de manera tan antinatural?
Cristian vino a mí.
—Se parece a la yegua de mi madre. También era torda en fase blanca —murmuró—. Pero ella era un amor. Pedía mimos constantemente. Y estaba muy gordita, mi madre la consentía mucho. —Sonrió ante el recuerdo.
Al escuchar a Cristian, el caballo llevó sus orejas hacia el sonido de su voz mientras Ángel y Jonás se acercaban a nosotros. El primero llevaba los papeles del caballo en la mano.
—Es una yegua —comentó Ángel—. ¿Pero sabéis qué? Tiene nombre de caballo.
—Como la yegua de mi madre —susurró Cristian.
Me giré pálida hacia mi amigo mientras algunas piezas comenzaban a encajar en mi cabeza.
—¿No creerás…? —pregunté con un hilillo de voz.
—Pegaso está muerta —dijo Cristian con firmeza—. Me lo dijo Aitor.
Su voz sonó tan grave, tan seria, tan llena de sentimiento que solo pude asentir.
—¿Pegaso? —preguntó preocupado Ángel mientras miraba los papeles y aquel gesto no me gustó ni un pelo.
—¿Qué pasa? —demandé inquieta.
Quise que me quitara la idea que se estaba formando en mi cabeza. Porque no podía ser. Era imposible.
—Así se llama esta yegua.
Pero su frase lo único que hizo fue reafirmármelo. ¿Cómo podía ser posible? No, por favor. No podía ser.
—No —susurró Cristian y cayó de rodillas al suelo—. No, no, no. Pegaso murió. Ella no puede ser Pegaso —gimoteó entre lágrimas.
Me arrodillé a su lado y le abracé con mi cuerpo tembloroso.
—¿Cuáles son las posibilidades, morena? Es imposible… ¿Mi hermano la vendió? Es imposible.
Eso mismo pensaba yo. El Aitor que estaba conociendo jamás haría algo así. Pero ¿y si sí que lo hizo? Porque todo apuntaba a ello.
—Tranquilo, rubio. —Me hice la fuerte a pesar de no sentirme para nada así. Besé su frente mientras las lágrimas resbalaban por mi rostro—. Lo siento. —Mi voz se quebró—. Estoy casi segura de que es tu Pegaso porque al oírte, te ha escuchado. Entre todo su estrés, te ha prestado atención.
Lo había hecho. Aitor vendió a Pegaso. Vendió el nexo de unión de los hermanos con su madre. La vendió a saber a quién y ahí estaba ahora, frente a nosotros. Rota. La rabia burbujeó dentro de mí y mi rencoroso corazón me echó en cara que ya me lo había advertido.
—No sé si puedo soportar saber que mi hermano vendió a la yegua de mi madre y en lo que se ha convertido —admitió Cristian con rabia en cada palabra—. La han roto, morena.
—Lo han hecho. Han sido unos hijos de puta. Pero con nosotros dos, Pegaso va a reconstruirse —dije con una determinación que no sentía mientras me secaba las lágrimas con el dorso de mi mano.
—Promételo.
—Te prometo que con nosotros volverá a ser caballo. Pero nos va a costar, rubio.
—Joder, no lo entiendo. ¿Cómo pudo hacerlo Aitor? ¿Cómo pudo ser tan cabrón? —La rabia se enredó en cada pregunta y le entendí a la perfección.
¿En qué estaba pensando Aitor para venderla?
Creía que él era diferente. Pero fue capaz de vender un animal indefenso que debería haber cuidado durante el resto de su vida.
Privó a su hermano pequeño de sanar por la pérdida de sus padres junto a la yegua de su madre.
La rabia se comió todo en mi interior, pero me obligué a no dejarla estallar y apoyar a Cristian.
—A veces tomamos decisiones sin saber cómo nos van a afectar. Tal vez solo quiso protegerte —excusé a Aitor con la boca pequeña porque yo nunca me desharía de ninguno de mis animales.
—¿De qué? —escupió con rabia.
Resoplé incómoda. Si es que yo pensaba lo mismo que Cristian, pero no podía dejar que la ira nos engullera a ambos. Debía mantener la mía dentro. Aún. Hasta que encontrara a algo o a alguien contra la que dejarla estallar.
—De que tuvieras que ver con la decisión de ceder a Pegaso.
—Es que yo jamás, JAMÁS —remarcó con rabia—, lo habría hecho. Era la yegua de mi madre. ¡Era parte de mi familia! —exclamó Cristian con el rostro lleno de dolor —. Y no entiendo como él, precisamente él, pudo hacerlo…
Le entendí. Le entendí a la perfección. Quise preguntar para entender mejor su última frase, pero escuché un coche entrar en Finca Deva y tanto el cuerpo de Cristian como el mío, se tensaron. Había llegado Aitor.
—¿Cristian? —preguntó Aitor precipitándose a toda prisa fuera del coche al vernos a ambos de rodillas en el suelo. Pegaso desvió sus orejas en dirección a la voz de Aitor, pero en aquel momento su gesto no importó.