Capítulo 17 #2
Aitor soltó su agarre de mi muñeca y sentí frío allí donde su mano instantes antes me tocaba; y un inmenso vacío. Y todo porque separó sus dedos de mi muñeca. ¿Cómo podía ser aquello?
—Hacía mucho que no venía aquí —comenté—. Y me encanta esta zona.
—Descubrí este sitio una tarde que salí a leer.
—¿No lees en casa?
—En casa siempre hay cosas que hacer. Cocinar, ayudar a la abuela, estar pendiente de Cristian… Si necesito un tiempo para mí, tengo que irme de allí.
Continuamos el camino sin pronunciar palabra alguna, tan solo escuchando los pájaros, nuestras deportivas contra la mezcla de arena, palos y hojas secas, y el jadeo de Togo delante de nosotros. Observé todo a mi alrededor y volví a recordar cada árbol, cada trocito de musgo y liquen.
Aitor me llevó hasta un claro donde había una mesa de granito con cuatro bancos, todos ellos llenos de musgo que daban ganas de tocar para comprobar si eran tan mullidos como parecían.
Se sentó sobre la mesa y me instó a hacer lo mismo.
Dejé a Balto en el suelo y le imité. Su colonia invadió mis fosas nasales.
Menta, vainilla y lavanda. Me gustaba su aroma.
Llevé mis rodillas al pecho. Aitor se cruzó de piernas y con aquel gesto, su rodilla rozó mi muslo.
Su contacto hizo que mi corazón latiese acelerado y que fuera muy consciente de en qué punto nuestros cuerpos se tocaban.
Miré a Aitor de reojo y le noté relajado.
Intenté hacer lo mismo, sin éxito; me ponía nerviosa tenerle tan cerca.
El chico señaló a un punto delante de nosotros, entre los árboles.
Un río. Estrecho, llenito de agua y con bastante corriente.
Togo fue directo a él y yo me quedé embelesada admirando aquel sitio.
Los haces de sol filtrándose entre los árboles, los troncos grisáceos y lisos o parduscos y agrietados de robles cubriendo el horizonte, el sonido del río, el olor a bosque…
Era un lugar para pensar y perderte en tus pensamientos.
—Es un lugar precioso. Lo que no sé es cómo te concentras para leer aquí.
—Aitor enarcó una ceja y me expliqué—: El sonido del río y de las hojas cuando se mecen por el viento, los rayos de sol que traspasan los huecos sin hojas de los árboles hasta llegar al suelo, los líquenes que son una pasada, el sonido de los pájaros…
No sé. Yo no podría leer aquí. Creo. Me quedaría como tonta admirando lo que tenemos alrededor.
Aitor dejó salir una carcajada que hizo que algunos mechones de su trenza escaparan libres bajo su gorra y quise quitársela para verle los ojos y su llamativo peinado.
—Eso me pasaba a mí al principio. Pero ahora es el único sitio donde me puedo centrar. O cuando salgo por las noches a pasear.
Lo sé, quise decir. Te he visto en la calle por la noche.
Pero no lo dije, me quedé callada. Aitor se recolocó la gorra cuando nuestros ojos conectaron y esta vez no pude reprimir las ganas de quitársela.
Mis dedos hormiguearon y la sensación no desapareció hasta que toqué la visera.
Contuve el aliento y no me moví. La mirada de Aitor se oscureció y se tensó.
Pero no habló. No se movió. Solo esperó.
Me obligué a respirar y tiré de su gorra para alejarla de él.
Me encantó poder ver sus llamativos ojos y su pelo trenzado.
—Me gustas más así —musité ante la pregunta en la mirada de Aitor.
Apoyé la gorra en mi regazo.
—¿Mejor que con la gorra? —preguntó y le noté incómodo. Desvió su mirada a mi regazo, a su gorra.
—Mil veces.
—Es raro estar sin ella. —Se revolvió incómodo.
—A mí me gusta verte así. Siendo solo tú —dije y acto seguido le tendí su gorra de vuelta, esperando que se la colocara.
Pero no se la puso. Le dio vueltas entre las manos, tal vez decidiendo si se la ponía otra vez o me dejaba verle un poco más.
—¿Hace cuánto que te pones gorras?
—No lo recuerdo. Es algo que parece que hago desde siempre.
—¿Qué pasó? —Mi corazón se encogió.
Aitor se tensó ante mi pregunta.
—Cosas de niños —contestó escueto y se colocó la gorra para esconder sus ojos de mí.
Alcé una ceja y apunto estuve de decirle que esas cosas de niños no creaban cicatrices como la suya. Y eso que no sabía exactamente qué fue. Pero lo dejé estar y asentí.
—Yo también tengo una pregunta —añadió Aitor. Elevé una ceja y le insté a preguntar—. Gelo… ¿es el padre del bebé? —Miró mi vientre al terminar de hablar.
Me tensé. ¿A qué venía ese interés?
—Es solo una curiosidad. —Se apresuró a explicar—. Os veo todos los días en la buhardilla y… —dejó la frase sin terminar.
—El padre de este bebé… —Cubrí mi vientre con mis manos—. Se largó y nunca sabrá que existe —dije a medias entre el quebranto y la rabia.
La sorpresa cruzó el rostro de Aitor y segundos después fue sustituida por algo que no fui capaz de distinguir.
—Está todo bien —mentí—. No necesito a un tío que prefirió a su corrupta familia antes que a mí —solté con rabia.
—Siento que se largara. Pero con tus amigos a tu lado, por lo que he visto estos días, irá bien.
Aitor deslizó su mano hasta encontrar la mía. La asió con suavidad y aunque al principio quise huir de su tacto, no lo hice porque su cálido toque me reconfortó.
No volvimos a hablar en el ratito que estuvimos allí.
Se respiraba naturaleza, pero de una manera diferente a lo que había en Finca Deva.
La humedad fría era más intensa debida al río, el olor a bosque era palpable y el silencio, solo ocupado por sonidos que pertenecían al bosque, era una pasada.
Poco a poco la rabia que el recuerdo de Alexis suscitó en mí, desapareció y se amplificó con el tacto de nuestras manos juntas, el calor del lugar donde nuestras pieles se encontraban. Me gustó.
Cuando empezó a oscurecer, Aitor tiró de mí para volver a casa y no soltó mi mano mientras caminábamos.
Yo tampoco quise hacerlo, el burbujeo en mi estómago y mi piel erizada me lo impidieron.
Nos quedamos plantados frente al portal de Aitor, ambos reticentes a soltarnos aún.
Miré nuestras manos unidas y busqué sus ojos bajo su gorra, que tenían un brillo genuino.
Sonreí tímida y Aitor me devolvió el gesto para después acercarse a mí e invadir mi espacio personal.
Aspiré su aroma a colonia de hombre cuando sus labios rozaron mi mejilla en un suave beso y antes de separarse de mí, susurró:
—Gracias por compartir tus estanterías conmigo.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo y mi sonrisa se ensanchó.
Luché para no llevar mi mano libre a su mejilla y dejarle pegado a mí un instante más.
En su lugar pedí que el mundo se parara un segundo, o dos, o tres para poder disfrutar de las sensaciones que me hizo sentir con aquel gesto. Y tal vez besarle…
—Podrías empezar a traer tus libros mañana —pronuncié en su oído y cuando asintió, su mejilla rozó la mía, me erizó la piel y desbocó el corazón—. Y gracias por compartir tu lugar conmigo —susurré mientras él se alejaba de mí y me dejaba con frío colmando cada resquicio de mi cuerpo.
Nos volvimos a quedar enganchados en la mirada del otro y un aura muy bonita nos embargó.
Una que nunca había sentido antes. Me entraron ganas de besarle e instintivamente me acerqué un poco a él.
Aitor levantó su mano hasta casi rozar mi rostro y aunque mi cuerpo me pedía que no me moviera, mi corazón sí.
Solté su agarré y me alejé con mis latidos locos llegando hasta mis oídos.
—Buenas noches, princesa. —Le escuché susurrar antes de abrir la puerta de su casa y desaparecer dentro.
Aquella noche me acosté con una sonrisa en los labios. Aquel chico que se escondía bajo una capucha del exterior, me gustaba. Porque mi corazón se desbocaba aunque no quisiera, porque su toque revolvía mi estómago y erizaba mi piel. Me gustaba aunque mi corazón no estuviera de acuerdo.
Los silencios de aquella tarde no fueron incómodos como esperaba y aunque los perros lo pasaron bien, no me hicieron falta. No tuvieron que ser mi escudo.