Capítulo 17
«Ojalá la vida fuera un libro», pensé. [...] Un libro se podía abrir por la última página; podías consultar cómo terminaba. Podías averiguar si todo se hacía añicos o si, finalmente, se arreglaba.
–La biblioteca de los sueños imposibles, Lin Rina
¿
C ómo vamos a colocarlos esta vez? —me preguntó Gelo con una sonrisa cómplice cuando él y Ainhoa volvieron con todos mis libros.
—¿Hay otra forma que no sea por autor? —añadió Aitor desde su posición al otro lado de la estancia.
—Claro —contestó Gelo como si lo supiera de toda la vida.
Me reí por lo bajini y negué.
—Por colores, por autor, por favoritos, por editorial… —enunció Ainhoa.
—¿Soy el raro? —preguntó Aitor alucinado mirándonos de uno en uno.
—No. Lo es la niña. —Gelo me señaló—. Es lo que nos ha enseñado.
—Por una vez no lo soy —murmuró Aitor.
Me crucé de brazos y entrecerré los ojos para aparentar una molestia que no sentía.
—Lo que pasa es que no sois unos frikis; si no, me entenderíais.
Decidí que colocaríamos mis libros por colores.
Hacía poco había visto unas librerías ordenadas así en Instagram y me encantaron.
Dejé en uno de los laterales, junto a los libros morados, el pequeño cuaderno donde apuntaba las frases de libros que me habían impactado y al libro al que pertenecían.
Cuando tenía un mal día o me apetecía rememorar cierta historia, leía mis frases favoritas.
Con el tiempo, según iba madurando, algunas que me habían marcado, dejaron de ser tan bonitas y tan imposibles de olvidar.
Por eso solía leer la última página, donde estaban las más recientes.
Cristian quiso colocar los suyos por favoritos dentro de sus predilectos, ya que eran los únicos que conservaba. Gelo y Ainhoa también subieron sus libros y nos pusimos manos a la obra. Fue un gustazo cuando vi las librerías llenas de nuestros libros.
Cuando Aitor dio por finalizada su jornada, caminó directo hacia mí.
—¿Vienes conmigo? —preguntó. Asentí con una sonrisa de medio lado y noté cómo sus hombros se relajaban—. ¿En diez minutos en la puerta de tu casa? Necesito una ducha rápida y cambiarme.
Asentí y le estudié a conciencia. Me di cuenta de sus manos llenas de cemento, de su pelo desordenado, de su rostro sudoroso y con motas de cemento en él. Aun así, con todo, no me habría importado salir con él así. Me seguía pareciendo atractivo y sus ojos seguían igual de llamativos que siempre.
En cuanto se alejó de mí, me entraron los nervios. ¿Debía irme con él? ¿O debía inventarme alguna excusa?
Gelo se percató de mi malestar y se acercó a mí. Le conté todo lo que bailaba en mi mente, sin dejarme nada. Me sonrió de oreja a oreja.
—¿Qué cuchicheáis? —Marcos entró de lleno en nuestra conversación.
—La niña, que va a salir con Aitor —soltó Gelo así, a lo loco. Sin pararse a pensar si yo quería que todos lo supieran.
Enseguida las miradas de Ainhoa y Marcos recayeron en mí y la irritación comenzó a burbujear en mi interior.
—¡Tío!, ¡que te lo cuente a ti no quiere decir que se lo puedas decir al resto!
—Tienes razón. Soy un bocazas. —Gelo me miró arrepentido—. ¿Me voy de casa? —Subió el tono de la conversación.
—¡No! Solo cállate la boca.
Gelo gruñó, pero aquella vez fui lista y en vez de entrar al trapo, le dije que le quería y terminamos una posible futura pelea con un abrazo.
—Disfruta, Ari —dijo Ainhoa antes de besarme la mejilla.
—¿Te llevas a los perros? —preguntó Marcos cuando cogí en brazos a Balto.
Asentí. Me daba un poco de palo salir a solas con Aitor. No era muy hablador y… me agobiaban los silencios.
—¿Vas a usar a tus perros como escudo? —preguntó Marcos con tonito de burla.
¿Pero por qué todos sabían leerme la mente? Malditos amigos que me conocen como nadie. Me encogí de hombros y aparenté indiferencia para que no notara que me había pillado, lo que causó que Marcos riera mientras negaba.
—Parece un buen tío. Y definitivamente sabe hacer paredes —comentó Gelo—. Eso es un muy buen punto a su favor.
—Ah, bueno, si sabe hacer paredes, tiro la casa por la ventana —me burlé y Gelo se ofendió. Marcos y Ainhoa se rieron.
Insté a Togo a seguirme y salí de la buhardilla.
Aitor me esperaba en la puerta de la calle.
Se quitó la gorra y pude ver a la perfección sus llamativos ojos y la bonita trenza recién hecha que adornaba su cresta.
Estaba guapo. Muy guapo. No podía dejar de mirarle.
Le sonreí tímida y le insté a irnos. Aitor asintió, se volvió a colocar la gorra y dirigió una mirada hacia el edificio de enfrente.
Ahí estaba Cristian con medio cuerpo fuera de la ventana.
Unas carcajadas que intenté aguantar, brotaron de mi garganta.
—Venga, vámonos —me apremió él y sentí su misma urgencia en irme de allí cuando escuché a mis amigos que bajaban las escaleras de la buhardilla y nos decían algo.
Cerré la puerta del jardín dejando a mis amigos al otro lado con la palabra en la boca y le hice la peineta a Cristian cuando se carcajeó desde la ventana.
Aitor y yo nos miramos y mi corazón empezó a latir más deprisa.
Me gustó aquella sensación. Estaba intrigada por saber a dónde íbamos.
La duda cruzó el rostro de Aitor unos segundos antes de lanzar su mano hacia mi muñeca, abrazarla con sus dedos y tirar de mí.
Su tacto me produjo calidez y fui muy consciente de la zona donde nuestras pieles se mezclaban. Aquel gesto también me gustó.
—¿A… a dónde vamos? —pregunté desconcertada por su toque aún en mi piel.
—Está cerca. Voy a leer allí cuando tengo algún rato libre. Aunque no son muchos.
—¿Se te hace raro tener abuela? —pregunté mientras caminábamos.
Aitor frunció el ceño y no contestó enseguida.
—No sé. —Se encogió de hombros—. Al principio no me fiaba de ella.
Es… complicado. Crio a mi madre, ¿sabes?
A mi madre biológica. Y a veces se me pasaba por la cabeza que no lo hizo tan bien si ella desapareció de un día para otro.
Si la hubiera criado de otra forma… tal vez…
no sé, yo no habría pasado por varias casas de acogida hasta encontrar a mis padres —dijo y su rostro pareció arrepentido al instante—.
Ya sé que suena egoísta, pero se me pasó por la cabeza varias veces.
»Me gustaba mi vida de antes. Disfrutar de mi familia al completo, de todo lo que hacíamos.
Ahora, parece que los días pasan sin parar y que yo solo puedo sobrevivir.
De mí dependen mi abuela y mi hermano. Ya no puedo ser simplemente un chico.
Tengo responsabilidades que yo no he pedido.
A veces… es como si esta vida que tengo ahora fuera lo que he tenido siempre.
Otras… parece que fue ayer cuando llegamos a este pueblo.
—Lo sé. A veces parece que se fueron hace eones y otras parece que su pérdida es tan reciente que quema —susurré mientras acariciaba a Balto, como si aquel gesto pudiera calmar el recuerdo que llegó a mí de mis abuelos—.
¿Alguna vez has olvidado sus cumpleaños?
A mí me pasó hace poco con el de mi abuelo.
Me di cuenta una semana después. Ha sido la primera vez.
Y… —suspiré—. Me da congoja dejar de acordarme de ellos. Y olvidarlos.
Aitor tiró de mí y me paró en seco. Deslizó su mirada hasta la mía y me contempló unos segundos antes de hablar.
—Eso no pasará. Estarán contigo siempre.
En pequeños detalles, en recuerdos, en momentos que vivas —dijo con la voz llena de sentimiento mientras su pulgar trazaba círculos en el dorso de mi mano—.
Estarán aunque no llores su pérdida, aunque olvides sus cumpleaños, aunque cada día los eches menos de menos porque te hayas acostumbrado a su pérdida.
Siempre estarán formando parte de tus recuerdos, de tus vivencias y de tu vida. Estarán aquí…
Señaló con el dedo índice mi corazón y añadió:
—Es normal que olvides y eso no te hace mala persona. Es humano olvidar, seguir adelante y no quedarse estancado en la pérdida. Pero eso no quita que ellos nunca van a dejar de ser especiales.
—¿Alguna vez te ha pasado con tus padres?
—Sí. Casi desde el principio —admitió—. Estaba tan atento a todo lo que tenía encima que olvidaba en qué día vivía.
No fue hasta que mi abuela habló conmigo que dejé de sentir culpa por olvidar fechas importantes o detalles que yo quería tener presentes día a día.
A veces me venía un recuerdo y no sabía cómo terminaba o qué llevaban puesto mis padres ese día, o dónde estábamos.
Eran solo retazos. Y me carcomía la culpa.
Me quedaba pensando y pensando sin hallar nada.
¿Y lo peor? Cuando quería imaginar sus rostros y en mi mente aparecían difuminados por el tiempo.
¿Qué clase de hijo olvida los rostros de sus padres?
Tenía que observar una foto bien nítida de ellos porque temía olvidarles del todo. Pero la abuela…
Aitor suspiró profundamente antes de seguir:
—Ella me enseñó que es normal. Los recuerdos al fin y al cabo están en tu mente y a veces pueden mezclarse, perderse, olvidarse un poco o mantenerse nítidos.
Es normal olvidar los matices de sus voces o cuántas arrugas tenían en el rostro.
Pero su esencia no se olvida. El cariño con que nos trataban, todas las cosas que hacían por nosotros, el amor que profesaban. Eso no se olvida.
—Gracias por enseñarme otra perspectiva. Yo… escribía lo que no contaba a nadie, ¿sabes? Porque parece que una vez ha pasado un tiempo, la sociedad te enseña que ya no se puede estar mal por una pérdida, que ya se ha tenido que superar.
—¿Escribes?
Me tensé.
—Ya no —contesté seca.
Aitor asintió y no añadió nada más, lo cual agradecí.
Tiró de mí y seguimos caminando en silencio.
Desvié mi mirada a nuestro alrededor, estábamos en el bosque tras mi casa.
El sendero estaba lleno de zarzas y grandes robles conformaban la arboleda, que solo dejaban pasar tenues rayos de sol entre sus hojas.