Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 16
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Capítulo 16

Si lo ves en tu mente, lo tendrás en tu mano.

–El secreto, Rhonda Byrne

A la mañana siguiente, me encontré en la mesa un Cola Cao y un pequeño y delicado ramo de flores silvestres. Una enorme sonrisa apareció en mis labios a pesar de no saber de quién era aquel detalle. Ainhoa se acercó a mí y me propinó un codazo.

—¿Y esto? ¿Gelo te está haciendo la pelota para que no compres tantas librerías?

No pude evitar soltar una pequeña carcajada. Podría ser perfectamente una estrategia de Gelo. Me encogí de hombros y admiré las flores en tonos violetas frente a mí. Desvié mi mirada a los pósit pegados al Cola Cao y leí la primera nota.

Lo siento otra vez por referirme a ti como a ese tipo de princesas. No pretendía ser un gilipollas.

Aitor. Era de Aitor.

Sonreí como una idiota. Ainhoa se colocó a mi lado y leyó la nota de manera descarada.

La segunda nota era de Gelo:

Me he encontrado esto en la puerta de entrada. Creo que es de Aitor. Disfrútalo, niñita ;)

Toqué las flores con mimo, las llevé hasta mi nariz y dejé que su olor dulce e intenso inundara mis fosas nasales.

—Qué mono Aitor —dijo Ainhoa y me sonrojé como un tomate—. Me cae bien. A pesar de su cagada.

—Y a mí.

—Te gusta.

—No quiero sentir lo que siento —admití culpable—. Aún no.

—¿Por qué? ¿Es por Alexis? —bufó mi mejor amiga.

Negué. Mentí y no me creyó—. Alexis no está.

No va a volver. —Fue directa. Me clavó un puñal en el corazón y lo dejó sangrando.

Sin mimo. Sin cuidado. Señaló mi cruda realidad—.

Aitor está aquí. Y te ha traído un Cola Cao y unas flores.

No veo por qué no puedes sentir lo que te dé la gana por él.

Cristian me acompañó por la mañana a Finca Deva. Aprendía rápido y se notaba a la legua que amaba a los caballos tanto como yo. Era genial cómo ambos nos entendíamos.

—Aitor antes era también así, ¿sabes? Un completo loco por los caballos, como tú y yo. Nuestra madre nos enseñó a ser así —recordó con nostalgia latente en cada palabra—. Echo de menos eso de él. Ha cambiado mucho —murmuró.

Aunque tenía sed de saber más sobre Aitor, la mirada compungida de Cristian me frenó y, en su lugar, le propuse volver a montar.

Tras la comida, Cristian, Angelito, Gelo y yo fuimos a por las librerías y el marco de fotos para la ecografía.

Al volver, Ainhoa y Marcos nos esperaban en casa.

Aitor llevaba al menos una hora trabajando en la buhardilla.

Nos costó un par de horas montarlas y media hora más moverlas por la estancia hasta decidir su sitio final.

—¿Así entonces, niñita? —me preguntó Gelo. Asentí—. Pues vamos Ainhoa y yo a por las de tu habitación y de paso ponemos la eco en la habitación de Angelito.

Asentí e invité a mis amigos a dejar sus libros en la biblioteca, si querían. Cuando se fueron, busqué a Cristian por la buhardilla para decirle que fuera a su casa y trajera también los suyos.

—¿Lo dices en serio, morena? ¿Mis libros junto a los tuyos? —Su voz sonó emocionada.

Una sonrisa tiró de las comisuras de mis labios.

—Ya te lo dije. Incluso los repetidos. —Sonreí y le guiñé un ojo.

Cristian sonrió enseñando los dientes.

—¡Voy a por ellos, morena! —exclamó mientras iba hacia la puerta. Marcos fue tras él, alegando que no era capaz de quedarse sin hacer nada por más tiempo.

Escuché a Aitor resoplar entre el silencio que albergaba la buhardilla. Nos habíamos quedado solos. Me giré hacia él y me encontré con su cuerpo cansado, pasándose una mano por la frente.

—Estás agotado.

Aitor buscó mis ojos y clavó su mirada en los míos. Algo dentro de mi estómago se revolvió y cobró vida a pesar de que no quería que sucediera.

—Me queda poco.

—¿Por qué no descansas?

—No quiero que mi jefe piense que soy un vago. Necesito el trabajo.

—No lo piensa. No dejas de trabajar ni un segundo. Descansa —le intenté convencer. Aitor suspiró y me hizo caso—. ¿Cuándo crees que terminarás?

—Ya queda poco.

—Oh…

—¿Te disgusta? —preguntó y su tono de voz, imposible de descifrar, me erizó la piel.

Dio en el clavo. No quería que dejara de venir, cruzar cuatro palabras y observarle trabajar. Pero no iba a admitirlo.

—Para nada —mentí.

Se creó entre nosotros un silencio que se me antojó complicado de romper. Como si ya no hubiera más que hablar entre nosotros. Pero entonces una idea cruzó mi mente y le intenté dar voz:

—Oye… —Aitor volvió su mirada hacia mí—. Sé que… —Mi voz murió. Tal vez no era buena idea. Mi corazón me lo repetía una y otra vez. ¿Y si tenía razón?

—¿Qué? —Aitor se cruzó de brazos, a la defensiva y frunció el ceño.

—Nada malo. —Elevé mis manos al aire con las palmas en su dirección. ¿Qué mosca le había picado?—. Es… Sé que tienes tus libros en el trastero. —Aitor asintió—. No es un buen sitio para guardarlos y… podrías traerlos aquí.

—¿Quieres? —preguntó entre confundido y sorprendido.

—Sí. Los libros pertenecen a las librerías. Deberías traerlos. Déjanos a los demás poder disfrutar de tus libros y disfruta tú de los nuestros.

Aitor aceptó sin pensárselo mucho, pero pidió colocarlos él mismo. Asentí y me perdí en sus ojos un pequeño instante. Los libros eran algo importante para él. Tal vez su refugio.

—Gracias por pensar en Cristian. —Nuestras miradas se quedaron enganchadas y añadió:—. Y en mí. No es agradable tener todos mis libros guardados en cajas.

—No es nada. Esto —dije dando una vuelta sobre la estancia—, es un sitio mágico donde puedes elegir a qué mundo viajar. Todos nuestros libros merecen estar aquí.

Aitor sonrió ampliamente. La primera vez que le vi sonreír así de bonito. Y después me evaluó unos segundos, antes de hablar:

—Me gustaría enseñarte algo. —Le miré extrañada y mi corazón dio un vuelco—. ¿Vienes conmigo cuando termine de trabajar?

Le miré recelosa un instante. Quise decir que no, pero la realidad fue que tenía ganas de estar más tiempo con él.