Capítulo 15
Hay sueños sanos con los que sumamos, somos mejores o encontramos la paz.
Nunca debemos renunciar a ellos. Otros que deseamos con toda nuestra alma y que, cuando los conseguimos, nos intoxican o envenenan y tenemos que despedirnos de ellos por nuestra propia salud.
Y los que nos defraudan como las personas y debemos valorar si los perdonamos.
C asi cada noche empecé a abrir el cajón para observar los fragmentos del boceto; y en algún momento, comencé a buscar los bordes como si fuera un puzle. Tenía la sensación de que cuando lo terminara, me sentiría mejor. Pero era complicado enfrentarme a aquellos trozos de papel.
La reforma de la buhardilla avanzaba a pasos agigantados, ya casi no quedaba nada que recordara a como era antes.
Era solo un mero recuerdo. Creí que así todo sería más fácil.
Me pasaba las tardes observando lo que sería la biblioteca, imaginándome cómo sería de bonita cuando todo estuviera terminado.
Subí a la buhardilla para unirme a Aitor y Cristian y escaneé la habitación.
A pesar de no estar de acuerdo y de que mi corazón estuviera magullado y lleno de tiritas, mi mirada buscó primero a Aitor.
Me reprendí porque no quería volver a sentir, a pensar en el amor.
Porque duele, traiciona. Porque te dicen que es eterno y es mentira.
Porque el amor te hace vulnerable hacia la persona por la que sientes tanto.
Porque el amor te ciega y no estaba dispuesta a vivirlo más veces. Con una era más que suficiente.
El amor es precioso, inolvidable y maravilloso. El amor quema, mata, revive y te hace sentir vivo. El amor puede ser lo peor o lo mejor que experimentes en toda tu vida.
El amor puede ser puro o con aristas, liso o lleno de huecos.
El amor puede construir y destruir todo. Tiene ese poder tan maravilloso y aterrador a la vez.
¿Cómo es posible que algo tan bonito a veces se convierta en algo tan oscuro?
¿Cómo podía fijarme en otro si hacía unos meses estaba enamorada de Alexis? Todo había sucedido tan rápido... La marcha de Alexis, el cambio en mi rutina, mi embarazo y que en nuestra casa fuéramos cada vez más.
Sacudí mi cabeza para salir de mis pensamientos y me acerqué a los hermanos.
Les pregunté en qué podía ayudar. Cristian se fue a hacer mortero y me tocó pasarle ladrillos a Aitor.
Me coloqué a su lado y le saludé. Su aroma a colonia llegó a mis fosas nasales e inspiré con fuerza.
Me gustó. Él me echó un vistazo fugaz, asintió a modo de saludo y siguió con lo suyo sin decirme ni una sola palabra.
En algún momento se quitó la gorra para poder echarse los mechones dorados que habían escapado de su llamativa trenza hacia atrás y colocarse la gorra para esconder sus fascinantes ojos.
Observé un mechón que había escapado de su trenza y su gorra y salía de manera distraída de ella.
Me dieron ganas de atraparlo entre mis dedos, levantar la gorra y colocarlo de nuevo en su trenza.
Sin romper el silencio instaurado tras mi saludo, alzó su mano para que depositara allí un ladrillo. Para mí aquel silencio era abrumador y tuve la imperiosa necesidad de llenarlo, aunque fuera solo con mi voz componiendo un monólogo.
—¿Cuántos años llevas viviendo aquí?
Aitor dejó de trabajar y desvió su atención hacia mí. Sus ojos quemaron en los míos y es posible que mi corazón comenzara a martillear con insistencia contra mis costillas, cada vez más rápido.
—¿Lo que quieres saber es hace cuánto fallecieron mis padres? —preguntó con tono mordaz.
Fruncí el ceño y entrecerré los ojos.
—¿Es lo primero que te preguntan? Lo que pretendía era llenar el silencio.
—¿No te gusta?
—Uno como el que había, no —admití. Y después me volví loca y añadí—: Mis abuelos fallecieron hace unos años. Me criaron y los echo muchísimo de menos. Siempre lo haré.
Desvié mi mirada hacia los ladrillos y le pasé otro sin hacer contacto visual.
Él escrutó mi semblante tenso y percibí un leve suspiro antes de que abriera varias veces la boca para hablar.
Pero luego parecía recapacitar y la volvía a cerrar.
Desvié mi mirada hasta que nuestros ojos se encontraron y atisbé algo en su mirada, tristeza tal vez.
—Hace casi tres años. Dejé de estudiar y busqué trabajo.
—¿Estudiabas?
—Acababa de empezar tercero de carrera. No fui capaz de aguantar ni siquiera un mes trabajando y estudiando a la vez.
No pude compaginarlo. —Negó y yo me dediqué a observar sus rasgos mientras hablaba, familiarizándome con ellos—.
Dos trabajos, un adolescente enfadado, mis propios demonios a los que enfrentarme y horas extras que no me pagaban.
Me rendí —susurró sus últimas palabras con pesar.
—No te rendiste. Estableciste prioridades. ¿Te gustaría volver a estudiar?
Aitor asintió.
—Desde muy pequeño tuve claro que quería ser enfermero.
—Guau, enfermero. No te pega.
—¿Qué pasa que la cresta y los tatuajes no le pegan a un enfermero? —Aitor se cruzó de brazos y elevó una de sus cejas con gesto serio.
Bajé la mirada, sintiéndome avergonzada.
—Lo siento. Soy la primera que se queja de los estereotipos…
—Estoy acostumbrado. —Se encogió de hombros. ¿Cuántas veces le habrían juzgado antes?—. Algún día volveré a estudiar —dijo con determinación y pensé que ojalá lo consiguiera.
Cristian volvió de hacer el mortero y además de interrumpir nuestra conversación, me sustituyó.
Les dejé trabajar y me senté en una esquina para no molestar.
Pegué la espalda a la pared y la conversación con Aitor sobre sus estudios, me llevaron a pensar que había faltado más de lo debido a mi trabajo con el veterinario de la yeguada.
Mi excusa fue el cansancio. También que andaba algo desanimada.
Y que, aunque me gustaba estar entre caballos y cuidar de ellos, verlos sufrir a diario no era plato de buen gusto.
Menos cuando algunos dueños no ponían remedio a eso que causaba el malestar en su caballo.
Aquella tarde, entre mis pensamientos, una pregunta asomó con miedo: ¿Y si esta no era la profesión a la que quería dedicar mi vida?
Tras esa duda, vinieron otras que me ahogaron: ¿Me equivoqué al prometerle a Ángel que aprendería de su veterinario?
¿Podría realmente responsabilizarme algún día de todos los caballos de la yeguada…
incluso de los ajenos? ¿Aquello era tan solo una crisis que pasaría o era hora de cambiar de rumbo?
No estaba segura de que me gustara lo que hacía.
Y si al final lo odiaba… ¿qué? ¿Volver a estudiar?
, ¿qué carrera? ¿Quedarme solo con los jubilados y ya?
No quería solo aquello. Claro que disfrutaba con ellos, pero aspiraba a mucho más.
El problema era que no sabía ni cómo nombrarlo.
Gelo pasó una mano por delante de mi rostro mientras se dejaba caer a mi lado. Resoplé y me revolví incómoda.
—¿En qué piensas? —Ainhoa se sentó a mi otro lado.
Me encogí de hombros. No recordaba cuándo habían llegado. Me había abstraído demasiado.
—¿En serio estáis ahí parloteando mientras Aitor y Cristian trabajan? —Marcos nos miró mal al entrar en la buhardilla y encontrarnos a los tres sentados.
—Solo Ari. Nosotros nos hemos sentado un ratito para ver cómo estaba —se justificó Gelo.
—Os estabais escaqueando…
No nos dio tiempo a defendernos de Marcos porque Aitor habló.
—Es una princesa —susurró por lo bajini sin levantar la vista. Pero todos le oímos.
Me crispé y cerré mis manos en puños. No sabía con qué intenciones lo dijo, pero a mí me sonó a reproche. Abrí la boca para replicar que no me volviera a llamar princesa en ese tonito, pero Ainhoa, tiesa como una vara, se me adelantó.
—Es fuerte —dijo con voz mordaz, con su cuerpo aún en tensión. Lista para ponerse en pie y atacar si era necesario.
Aitor levantó la vista y elevó una ceja. No la creyó. O tal vez pensó que dónde se había metido por dar voz a sus pensamientos.
—No es de esa clase de princesas —le reprochó Gelo mientras le fulminaba con la mirada—. Está embarazada.
Gruñí y le di un manotazo a mi mejor amigo en el brazo. ¿En serio acababa de decirle que estaba embarazada? No debió decirle nada. Era cosa mía.
—Ya podrías haberte callado —mascullé y quise matar a mi amigo con la mirada—. Y no soy una princesa —gruñí a Aitor.
El aludido se revolvió incómodo y desvió su atención hacia mí. Posó su mirada en mi vientre y yo, como acto reflejo, me lo tapé con las manos, tensa. No quería que lo observara.
—No sé por qué tiene que ser un secreto que estés embarazada. —Gelo se cruzó de brazos y resopló molesto.
—¡No es un secreto! —me crispé.
La tensión entre ambos empezó a ser palpable.
Dos frases más y ambos estallaríamos. Lo vi venir.
Por suerte Ainhoa intercedió entre nosotros, como tantas veces antes y murmuró hacia Gelo que no era el momento.
Él se mordió un carrillo y asintió, resignado.
Desvié mi atención a Aitor, que seguía escrutándome sin cortarse un pelo.
¿Qué veía en mí? Noté arrepentimiento en su mirada y…
algo más que no supe descifrar. Aquello hizo que desviara la mía.
No quería compasión ni que me viera diferente.
—¡Venga, al curro! —Marcos dio una palmada y el momento raro que estábamos viviendo todos, pasó de largo. Se giró hacia mí, me guiñó un ojo y me dedicó una bonita sonrisa que contesté con otra pequeñita.
Al día siguiente, a pesar de estar agotada y querer dormir una siesta en el sofá, me empeñé en seguir con mi rutina aunque subir a la buhardilla y encontrarme con Aitor no me apetecía lo más mínimo; aún daba vueltas a su forma despectiva de llamarme princesa.
En cuanto entré en la buhardilla, Aitor cruzó su mirada con la mía y se me erizó la piel.
El chico de la cresta trenzada dejó que nuestros ojos se quedaran enganchados hasta que mi estómago se revolvió y bajé la mirada.
—Perdona por lo de ayer…
Negué.
—Da igual —le corté.
Aitor frunció el ceño, contrariado. Me quedé observándole con ganas de quitarle la gorra naranja fosforito y poder ver sus ojos. Aquel pensamiento me revolvió las entrañas y desvié la mirada.
—Sigo pensando que eres una princesa. —Le fulminé con la mirada y me crucé de brazos—. Pero ahora te veo fuerte. —Mi cuerpo se suavizó ante sus palabras—. Eres valiente. No lo olvides. —Su voz sonó llena de emociones, sus ojos miraron a fuego los míos y sus palabras calentaron mi corazón.
Hizo una breve pausa para decirme de nuevo que para él también era una princesa. Y me dedicó un atisbo de sonrisa que duró apenas unos segundos.
Quise replicar, pero que me llamara princesa con ese tono cálido, me gustó. Y entonces un silencio ensordecedor se instauró entre nosotros.
—Hola, morena —saludó Cristian acercándose a mí cuando vio que nuestra conversación había llegado a su fin—. ¿Estás bien?
—Cansada. Tal vez me eche una siesta…
—¿Te hago un café?
Negué.
—Me gusta el Cola Cao.
Mi móvil vibró y detuvo mi conversación con los hermanos. Eran mis padres.
—¿No lo coges? —preguntó Aitor.
Asentí, pero no descolgué de inmediato.
Observé mi móvil un poco más antes de aceptar la llamada. La conversación duró apenas cinco minutos.
Al notar durante la tarde que Aitor me trataba como siempre, me dejó de preocupar que supiera que estaba embarazada. A media tarde, justo antes de que Gelo y yo nos fuéramos a la ecografía de las doce semanas, Aitor comentó que podríamos empezar a colocar las librerías de la futura biblioteca.
—Gelo. —Le propiné un codazo con una sonrisa en mi rostro—. Mañana en cuanto llegues vamos a comprar más librerías.
—¿Más? —Se escandalizó y se me escaparon varias carcajadas —. ¿Pero cuántas quieres? —se quejó con voz fingida.
—Es una biblioteca. Todas las paredes tienen que estar llenas de librerías —hablé emocionada.
Extendí mis brazos y di una vuelta sobre mí misma en la estancia que se convertiría en biblioteca, lo que hizo que contagiara mi felicidad a mis amigos.
Aitor, sin embargo, me miró de una manera imposible de descifrar que provocó que la piel se me erizara.
—Mañana iremos, niñita —dijo con cariño Gelo.
Asentí y Cristian quedó en acompañarnos.
Gelo y yo nos fuimos a la ecografía y para cuando volvimos, Aitor había terminado de trabajar.
En la cena, saqué las capturas de la ecografía para que todos vieran al bebé y Angelito me pidió enmarcar una, en la que se veía perfectamente el perfil del bebé, para ponerla al lado de su cama.
Aquello me enterneció y prometí que cuando fuéramos a por las librerías al día siguiente, también iríamos a por un marco de fotos.
Les enseñamos el vídeo que Gelo grabó de la ecografía y Angelito flipó con él.
Noviembre. 12 semanas.
Hoy he tenido la ecografía de las 12 semanas. Gelo ha venido conmigo. ¡Es una pasada cuánto ha crecido! Se le ve a la perfección. ¡Y se mueve! Me he emocionado al verle. Me han hecho un montón de preguntas y me han confirmado la fecha probable de parto.
Angelito ha pedido venir con nosotros a la ecografía, pero me ha dado cosa que fuera y algo no estuviera bien. Creo que voy a intentar mirar un sitio de pago para poder ir con él y que vea cómo se mueve nuestro bebé.
Le hemos pedido al obstetra que nos dejara grabar la ecografía y Angelito ha flipado con ello. Ahora nos lo pide ver en bucle. Incluso para dormir, ha pedido a Gelo ver el vídeo en vez de leer un cuento. Creo que será un hermano mayor espectacular.
Si me miro al espejo, ya se me empieza a notar la barriguita. No quiero ver en mí las estrías de las que todo el mundo habla, pero también tengo muchas, muchas ganas de ver cómo mi vientre crece y crece junto a nuestro bebé.
No han sabido decirme el sexo y yo no sé qué prefiero que sea. En realidad, creo que me da igual mientras esté sano.