Capítulo 14
No existe una sensación de libertad igual a la que siento cuando estoy montada en mi caballo.
–Anónimo
S oñé con mis abuelos. Aquello me desveló y dejó mi estómago revuelto y la cabeza en otra parte.
Me revolví en la cama y decidí colocarme los cascos inalámbricos para que el rap inundara mis oídos.
Me centré en la letra de las canciones para calmar mi mente y sosegarme.
Funcionó hasta que escuché aquella frase de Rafa Espino con Dante y Shé: «el amor también enseña a saber dejar ir».
Aquellas ocho palabras se colaron dentro de mí e hicieron que mi corazón comenzara a latir desbocado.
¿Cómo explicarle al corazón que dejara de sangrar?
, ¿que dejara de querer?, ¿que dejara de echar de menos?
Rebobiné y escuché en bucle aquella frase hasta comprender por qué mi mente lo pedía.
Era lo que debía hacer. Alexis me había decepcionado y aquel pensamiento me crispó.
La canción, esa rabia contra Alexis y aquel sueño en que mi abuela me dijo que debía recuperar mi esencia, me dejaron dándole vueltas a las últimas semanas de mi vida.
Escuché aquella frase hasta que me envalentoné y fui en busca de Gelo. Tenía que hablar con él. Me acerqué a su cama, le zarandeé con suavidad y esperé a que entreabriera los ojos con el sueño marcado en la expresión de su rostro.
—Quiero salir de esta espiral. Ayúdame —susurré.
—Eso está hecho, niñita —murmuró medio dormido mientras llevaba una torpe mano hacia mi mejilla y la acunaba con ternura—. Pero necesito unos minutos para despertarme del todo.
Asentí con expresión compungida. Entonces Gelo me agarró de imprevisto por los hombros y me estrelló contra su cuerpo tumbado en las sábanas de algodón de la cama.
Me dejé caer a su lado, le abracé por la cintura mientras enterraba mi rostro en su cuello y me sentí protegida. Él siempre sería un lugar a salvo.
—Vamos a empezar por algo sencillo —dijo Gelo tras soltarnos de nuestro abrazo—. Una vez a la semana vamos a salir a montar. Tú y yo. Como antes.
Le dediqué una pequeña sonrisa. Me parecía una idea extraordinaria, pero…
—¿Y el crío?
—Somos cuatro adultos en esta casa —dijo como si fuera obvio—. Angelito puede estar un rato con alguien que no seamos tú o yo.
—Si a los demás les parece bien… —No lo veía claro.
—Nos parece. Ya está hablado. —La voz de Ainhoa me sobresaltó. Levanté la vista hacia la puerta, donde estaba apoyada—. No te creas que no teníamos planeada tu vuelta.
Al día siguiente, cuando Marcos y Ainhoa salieron al parque con Angelito, me preparé con mi ropa de equitación para salir a montar.
Al entrar en el salón, escuché la voz de Gelo en un susurro.
Le busqué hasta encontrarle en la cocina, con el móvil en la oreja.
¿Sería trabajo?, ¿familia?, ¿tal vez una chica?
Yo siempre le animaba a encontrar a alguien especial, pero él siempre se negaba. ¿Tal vez había cambiado de idea?
En cuanto mi amigo notó mi presencia, su cuerpo se tensó y empezó a hablar con monosílabos. ¿Qué estaba pasando? Se despidió y colgó. Noté a Gelo raro. Sus ojos parecían encerrar algo que quería ocultar de mí. Le miré confusa. Él nunca me escondía nada.
—¿Quién era?
—Nada. Se han equivocado.
No le creí.
—¿Seguro?
—Seguro. —Me dedicó una pequeña sonrisa—. Vámonos. Tengo ganas de montar. —Salió disparado de la cocina.
¿Qué le pasaba? Negué. Le seguí hasta el coche, donde me esperaba y no le di más vueltas al tema pues mi mente se llenó del deseo de llegar a Finca Deva y montar junto a Gelo.
Al llegar, mi amigo cogió a Capri, yo a Troya y nos fuimos a la pista seguidos por Togo. Le hablé de Cristian y le admití que tenía ganas de crear rutinas nuevas.
—Pero tengo miedo.
—Y yo —admitió Gelo mientras cepillaba a su caballo—.
Los cambios a veces dan miedo. Pero hay que enfrentarlos.
—Asentí con duda, que él notó al instante—.
¡Ey! Mírame. Eres fuerte. Eres valiente.
Pero tienes miedo. No pasa nada. Si te derrumbas, puedes dejar que te recompongan.
No estás sola. Estamos nosotros. —Asentí de nuevo y Gelo besó mi sien—.
Ah, y estoy orgulloso de ti por darle a Cristian la oportunidad de reconstruirse.
Mi corazón se encogió un segundo y una pequeña sonrisa se dibujó en mi rostro.
El paseo fue una maravilla. La adrenalina bombeó por todo mi cuerpo e hizo que la enorme sonrisa que llevaba no desapareciera ni siquiera al llegar a casa. Y hablar con Gelo, darle voz a mis pensamientos, hizo que soltara algo de lastre.