Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

La felicidad puede hallarse hasta en los más oscuros momentos, si somos capaces de usar bien la luz.

–Harry Potter y el prisionero de Azkaban, J. K. Rowling

A inhoa llevaba viviendo definitivamente con nosotros dos días cuando Gelo creó un grupo de WhatsApp con todos los que vivíamos en La casa .

Gelo creó el grupo «La Casa donde cabemos todos»

Gelo

Las obras de la buhardilla empiezan hoy

por la tarde.

9 de noviembre. Ocho y media de la mañana.

Ádriel

¡¿Quéé?! ¿Ya? ¿Tan pronto?

Gelo

Sí. Para qué vamos a esperar más. Vendrá Aitor, trabaja por las tardes con Felipe.

Marcos

¿Cuánto van a tardar?

Gelo

Ni idea, tío. No lo he preguntado. No creo que mucho, es solo poner unos tabiques.

Ádriel

¿Aitor?

Gelo

Aitor.

Marcos

¿Al que mandaste a la mierda?

Ádriel

¿¡Tú cómo sabes eso!?

Marcos

Vivimos juntos, ¿recuerdas?

Marcos

Te mola, ¿cierto?

Ádriel

¡Para nada! Solo he hablado una vez con él, ¡y recuerda que le mandé a la mierda!

Marcos

Ja, ja, ja.

O sea que te mola. Tú no vas por la vida mandando a la mierda a la gente.

Ádriel

¿Quieres hablar de Almu?

Marcos

Eso ha sido un golpe bajo, Ádriel.

Ainhoa

Parad. Los dos.

Gelo

Y dejadme que os cuente antes de que me pillen escribiendo en el trabajo: Aitor vendrá a las cuatro y media.

¿Habrá alguien? Hoy tengo lío y llegaré más tarde.

Marcos

Estaré yo.

Ainhoa

Y yo.

Ádriel

Y yo.

Ádriel

Perdóname, Marcos.

Marcos

Te perdono. Perdona si te ha sentado mal lo que he

insinuado de Aitor.

Ádriel

Perdonado estás.

Y el grupo quedó en silencio. Marcos y yo nos habíamos marcado una riña genial para incomodar al resto. Era lo malo de la convivencia entre tanta gente.

Aquello me recordó a Almu y la escribí para saber si estaba despierta y la podía llamar. Ella me dijo que sí y no lo pensé dos veces antes de hacerlo.

—¿Cómo estás?

—Perfectamente. ¿No lo ves? Tenía planes de futuro con mi novio y todo atado, y resulta que ahora lo mismo ya no. —Su voz sonó a medio camino entre enfurecida y decaída.

—¿Quieres hablar de ello?

—No. No me apetece una mierda. Y para colmo, el nuevo trabajo es…, ufff. No lo llevo nada bien. —Una voz sonó a lo lejos al otro lado de la línea y Almu gruñó algo incomprensible—. Te tengo que dejar, me necesitan dentro. Te llamo cuando salga, ¿vale? —dijo de manera atropellada.

No esperó a que contestara, colgó. Y yo me quedé como una lela con el móvil en la oreja. Ni siquiera pude preguntar dónde trabaja.

Cuando salí de mi estupor avisé a Cristian para ver si me acompañaba a Finca Deva, a pesar de que prefería ir sola. Me había comprometido y debía cumplir mi palabra. Y así, tal vez, los mensajes del grupo dejaran de revolverme el estómago.

Cristian entró en el coche a la hora acordada. Me saludó y me quedé observándole con descaro. Iba a compartir mi lugar seguro con él. Dudé.

—¿Quieres que me baje? —preguntó y achiné los ojos sin entender—. Te he notado dudar cuando me has visto aquí dentro.

Negué.

—Es raro. Solo eso. —Le quité importancia.

Aquel día en Finca Deva descubrí que Cristian y yo hablábamos el mismo idioma: el de los caballos.

¿Aitor también sería así? El chico se mezcló entre los equinos y se convirtió en escasos minutos en parte de nuestra manada.

Flipé. Le propuse que montara a Capri para ver cómo lo hacía y descubrí que era suave, pero preciso con lo que pedía.

Respetaba a los caballos. Aun así, necesitaba corregir su asiento y en ciertos momentos su forma de pedir las acciones al caballo. Estuvo bien tenerle en la finca.

El veterinario de la yeguada, Iván, me llamó para preguntarme si le podía ayudar por la tarde, pues tenía bastantes caballos que visitar, pero me excusé.

Como la semana anterior. Y casi todos los días de la anterior.

Y la anterior. No tenía fuerzas por la tarde.

O tal vez ganas. O tal vez ambas cosas. ¿Qué significaba aquello? No quise pensar en la respuesta.

Esa tarde, Ainhoa, Marcos, Angelito y yo estábamos con el postre cuando llamaron a la puerta.

Togo ladró y fue disparado a la entrada seguido por Balto.

Eran Aitor y sus inconfundibles ojos de dos colores bajo una gorra naranja fosforita.

Mi mirada se quedó trabada en él durante más tiempo del necesario y después la deslicé hacia Cristian.

Este me sonrió a modo de saludo pero no habló, lo cual me resultó extraño pues conmigo no callaba.

Marcos y Ainhoa me dedicaron una miradita elevando sus cejas y estuve tentada de matarlos.

Aitor se ofreció a echar un vistazo a la buhardilla y guiarnos con la reforma, ya que Gelo solo le había comentado que queríamos hacer una estancia grande y dos más pequeñas.

Cogimos algunos juguetes del crío y nos dirigimos a la buhardilla, dejando el postre olvidado en la mesa.

En cuanto toqué el pasamanos de la escalera, sentí que me faltaba el aire.

Para cuando llegué arriba, me ahogaba. Odiaba no poder controlar mi cuerpo. Tenía que lograrlo.

—¿Ari? ¿Prefieres quedarte abajo? —preguntó Ainhoa.

Todos me miraron, incluido Aitor. Sus ojos me escrutaron y me pareció que su mirada podía ver todo lo que albergaba dentro de mí. Me sentí pequeñita, demasiado pequeñita. Y no lo era, me dijo una vocecita. Me erguí, miré al frente y contesté segura de mí misma:

—No. —Apreté entre mis brazos a Balto—. No. No soy débil. No quiero serlo nunca más.

Y entré.

Mis amigos me miraron con orgullo. Y Aitor… Aitor me miró como si quisiera saber todo de mí, todo lo que pasó para que no me atreviera a entrar ahí. Aquello me asustó y me erizó la piel.

Aitor supo guiarnos y explicarnos cómo dividir la espaciosa estancia.

Nos detalló los materiales que podía usar y cuáles eran los mejores para poder aislar bien las tres estancias.

También tuvo en cuenta que la escalera que daba acceso al tercer piso, quedara en el pasillo.

Cuando terminó, su jefe de obra se pasó por la buhardilla y tras la explicación de Aitor, le instó a empezar.

Cuando mis amigos y yo nos ofrecimos a ayudar, Aitor se rio de nosotros, pero al vernos tan serios, aceptó.

Los hermanos fueron en la furgoneta a por parte del material mientras nosotros orillábamos en una esquina de lo que sería la futura biblioteca todas las pertenencias de mis amigos.

Angelito nos ayudó durante un rato y después se quedó en un lado de la estancia, jugando con sus juguetes.

Miré de más a Aitor mientras sacaba el material, lo admito.

Un cosquilleo empezó a despertar en mi estómago.

Me gustó aquella sensación. Aitor era atractivo.

Con ese corte de pelo, llamativos ojos de colores, mandíbula cuadrada y labios gruesos.

Me di cuenta mientras le observaba, de que su llamativa gorra naranja desviaba la atención de sus impresionantes ojos.

¿La llevaba por eso? ¿Así era como escondía sus ojos al mundo entero?

Un escalofrío, y no precisamente de los buenos, me recorrió el cuerpo entero y me dejó con una sensación rara atravesándolo.

No podía llegar a entender que quisiera esconder algo que para mí era tan maravilloso.

¿Tan raro era encontrar atractivo lo que no era corriente?

Aitor me miró extrañado cuando mis amigos cogieron de mis manos lo que más pesaba. Yo me encogí de hombros y me hice la tonta. No necesitaba que supiera que estaba embarazada.

—Gracias —susurró Aitor cuando me acerqué a coger una pala y preparar la mezcla de mortero antes de subirla a la buhardilla. Entrecerré los ojos sin entenderle—. Por dejar que Cristian vaya con tus caballos —aclaró.

—Nada. Es un buen chico. —Le quité importancia—. No sabía que eras albañil —comenté por entablar una conversación.

—Lo soy por las tardes —contestó escueto.

Siguió con su trabajo y yo me quedé mirándole bajar material de la furgoneta como una panoli, esperando que dijera algo más. No estaba acostumbrada a conversaciones torpes y cortas.

Cristian se acercó a mí y, dado que su hermano mayor estaba claro que no volvería a abrir la boca, me alejé sin siquiera despedirme, con una frustración un tanto importante por el silencio de Aitor.

—¿Ya has pensado cómo poner la biblioteca? —me preguntó Cristian.

Negué.

—Tengo ganas de ver mis libros allí arriba. ¡Mi propia biblioteca, rubio! —exclamé emocionada.

—A mí también me gustaría poder ver mis libros todos juntos. Pero de momento los tengo en una maleta.

—¿Te entran todos ahí? —Entrecerré los ojos sin poder imaginarlo.

—Me quedé con mis favoritos. Los demás los vendí cuando nos mudamos aquí. Así puedo tenerlos en mi habitación, aunque sea en una maleta bajo la cama.

—Yo no podría deshacerme de los míos.

Cristian resopló.

—Eres como mi hermano… —Me sonrojé. ¿Nos parecíamos?—. ¿Preferirías tener todos tus libros en cajas, olvidados en el trastero y hasta con humedad… o solo unos pocos aquí, cerquita de ti?

—Me quedaría con todos —afirmé tras meditarlo unos segundos—.

Porque cuentan una historia diferente. Cada uno te transporta a un lugar singular o te aporta algo distinto.

A pesar de que algunos no los volvería a leer, no me desharía de ellos.

—Cristian negó—. Cuando ponga las librerías aquí arriba, eres bienvenido a colocar tus libros. Y a leer los míos.

—Gracias, morena. —Me sonrió sincero.

—Nada, rubio.

Los libros merecían ser vistos a diario en vez de estar escondidos.

Esperé la llamada de Almu por la tarde y hasta la hora de la cena, pero no llegó. No supe si porque lo olvidó o porque deliberadamente lo omitió.

Aquella noche tras la cena, un comentario de Marcos hizo que viniera a mí el recuerdo del boceto que Alexis dejó en la estantería.

Entré en mi habitación decidida a recomponerlo y fui directa al cajón de mi mesa.

Observé los trocitos del dibujo e incluso los rocé con las yemas de mis dedos.

La piel se me erizó, un escalofrío recorrió mi cuerpo y el estómago se me encogió.

Cerré de golpe el cajón y me alejé nerviosa hasta mi cama.

Observé el libro en mi mesilla y pensé en Aitor.

¿De verdad era tan acaparador de libros como yo?

No parecía el tipo de persona que lee libros románticos.

O que lee, en general. En un impulso tonto, pegué mi rostro al cristal de la ventana, con ganas de encontrar a Aitor.

Pero esa noche no apareció. Me metí en la cama un poco disgustada y algo molesta por querer ver a Aitor y no poder sacar de mi corazón a Alexis.

La tarde siguiente, llevé a Aitor una botella de agua al poco de empezar a trabajar, pues me acordé de que el día anterior comentó que pasó sed durante el trabajo y quise ser atenta.

Y bueno, quizá hubo algo más que no me atreví a pensar.

Le saludé y tendí la botella. Estábamos los dos solos y era un tanto extraño.

Tal vez por los silencios o porque me sentía rara con él a mi alrededor y lo que me hacía sentir.

—Gracias, princesa.

Fruncí el ceño y me crucé de brazos. Princesa. No me gustó el tonito en que lo pronunció. O tal vez me lo inventé. No lo sé. Pero aquel princesa me molestó.

—¿Parezco frágil? —pregunté con brusquedad.

—No. Pero todos te cuidan como si pudieras romperte.

Arrugué el rostro. No me protegían a mí.

Protegían a mi bebé. Pero no iba a sacarle de su error.

Aitor me miró de hito en hito, esperaba una explicación que no llegaría.

En su lugar, le pregunté en qué podía ayudarle.

Él guardó silencio y pensé que no contestaría.

Pero tras evaluarme, me pidió que le ayudara a colocar las guías de las paredes y señalar las puertas.

Togo y Balto se tumbaron en una esquina, como si no quisieran molestar.

Aitor y yo no hablamos en ningún momento y a pesar de estar tentada de romperlo con mi voz, tuve la impresión de que él prefería el silencio.

Al poco de terminar nuestro trabajo, entró en la buhardilla Cristian y minutos después, Marcos.

La estancia, silenciosa hasta entonces, se volvió más caótica y llena de voces.

Me gustó más eso que el silencio entre Aitor y yo.

Los silencios que aparecen entre dos personas cuando se conocen, cuando confían y no hay que llenar con conversaciones vacías momentos silenciosos, me gustan.

Pero el silencio entre dos personas que no se conocen de nada, es de lo más incómodo.

—Hola, chicos. ¡Por fin ruido! —Los saludé—. Tu hermano es muy callado. —No pude evitar meter una pullita por lo bajini cuando Cristian se acercó a mí.

—Te lo dije, es adoptado.

Aitor le tiró un guante a su hermano a modo de protesta, lo que provocó que Cristian se carcajeara. Aquella complicidad entre los hermanos me pareció muy bonita.

Me pasé la mitad de la tarde ayudando y la otra mitad, cansada, sentada contra la pared junto a Togo, con Balto en brazos, mientras hablaba con Cristian.

—¿Has ido hoy a clase?

—Claro. Quedamos en que iría a cambio de ir contigo y tu manada.

Asentí con una sonrisilla. Me encantó que se refiriera a ellos como mi manada. Me dio un cierto sentido de pertenencia.

Casi todo el rato que estuve en la buhardilla, mis ojos buscaron a Aitor hasta encontrarle y quedarse trabados en él; en sus ojos de dos colores que intentaba esconder bajo su gorra, en sus brazos trabajados, en el tatuaje de su cuello.

Una de las veces que le busqué de manera distraída, nuestras miradas se cruzaron y todo dentro de mí se agitó.

Pensé que algo tan bonito, brillante, mágico, fuerte e intenso como lo que sentí por Alexis no podía ser olvidado tan rápido ni reemplazado.

Togo rozó mi mano con su hocico húmedo y me hizo sentir menos perdida.

Se me olvidó recordarme que no consistía en reemplazar a Alexis por otra persona, sino en tener la posibilidad de vivir otra historia con una persona diferente.

Que Alexis había menospreciado y tirado por la borda todo lo que teníamos.

Que me traicionó y se largó. Aquel pensamiento consiguió que la ira se instaurara en mi pecho y cerrara mis manos en puños.