Capítulo 12
Si no lo haces por miedo, no va a pasar eso que tanto quieres, nunca. O sí va a pasar, pero de ti y no contigo. ¿Tienes miedo o el miedo te tiene a ti?
–Brillo por tu ausencia, Lae Sánchez
A inhoa entró por la puerta de casa como un huracán, enfadada, dolida o tal vez todo a la vez. Se quedó en mitad del salón y murmuró:
—He dejado a Juli. O él a mí. No lo sé… Después de siete años de relación, ¡no entiende que me venga aquí el tiempo que haga falta!
—Me acerqué a ella en estado de shock y la abracé aunque ella no lo hizo de vuelta—.
Dios, ¡es tan estúpido! No sé cómo he podido pasar tantos años a su lado sin darme cuenta.
¡Gilipollas! —escupió con rabia—. No me entiende.
Yo creo que ni lo ha intentado. No entiende cómo somos Gelo, tú y yo.
Al fin me dio ese abrazo fuerte, muy fuerte, la estrujé contra mi pecho y Gelo se unió a nosotras. Familia.
Ainhoa rompió el abrazo y nos miró a ambos antes de volver a hablar:
—Le he dicho que hasta aquí hemos llegado.
Que antes va mi familia que mi novio. —Hizo una pausa, tragando saliva—.
Que hay esa separación porque él nunca quiso formar parte de mi familia.
Si lo hubiera hecho, seguiríamos juntos.
Aunque en realidad no sé ni por qué estábamos juntos. Supongo que por inercia.
Sus ojos se nublaron de nostalgia:
—Nosotros… Nosotros al principio… Era todo tan distinto, tan bueno, tan bonito…
Y luego… no sé. Juli me ha dicho que estaba hasta las pelotas de que os antepusiera.
¡Que no debería haberle dejado solo en casa para estar con vosotros!
—explotó, lanzándome una mirada—. ¿Sabes lo que me dijo?
Que desde que volviste al pueblo paso mucho tiempo con vosotros.
Pero es que él suele pasar de venir con vosotros.
Dios… ¡Y encima me dice que no pasamos tiempo juntos!
¿Juntos cómo? ¿Él jugando al ordenador en la habitación y yo sola leyendo o viendo una serie en el sofá?
Respiró hondo, conteniendo lágrimas de rabia:
—¿Y sabéis lo que le he dicho antes de irme de casa? «Si no respetas a mis amigos, no me respetas a mí. Me largo». Y me he ido.
Gelo y yo la miramos alucinados. Nuestra amiga cogió una gran bocanada de aire y siguió:
—Estoy harta de no poder hacer lo que me dé la gana. Vale que vivamos juntos, pero igual que él sale con sus amigos o se encierra en la habitación para jugar al ordenador, ¿por qué yo no me puedo venir aquí cuando hago falta? Debería haberlo hecho antes.
Cuando llegó Marcos de trabajar, Ainhoa le puso al día. La observé mientras hablaba y no encontré signos de tristeza entre sus rasgos, solo un destello de enfado. Tal vez no se creyera aún lo que acababa de hacer, o tal vez se sentía liberada con la decisión tomada.
—¿Estás bien? —susurré.
—Estoy aquí, con vosotros. Si no lo estoy ahora al cien por cien, lo estaré.
—Te quedarás con nosotros, ¿verdad? —preguntó Gelo.
Ainhoa asintió y entonces Gelo tuvo una de esas ideas de las que tanto me he quejado en el pasado, pero que son tan características de él que al final he aprendido a amar: en la buhardilla haríamos dos habitaciones, una para Ainhoa y otra para Marcos.
También una biblioteca como habíamos planeado meses atrás.
Borrar cualquier recuerdo de Alexis en aquella desaprovechada estancia era buena idea, a pesar de que mi corazón no estuviera de acuerdo.
Marcos se mostró reacio al principio y alegó que solo estaría un tiempo, pero Gelo insistió, ya la usarían los niños en unos años.
—Creo que esta casa va a ser La casa. —Gelo enfatizó las dos últimas palabras con una sonrisa.
La casa. Siempre pensé que la casa donde me reuniría con todo el mundo sería la de mis abuelos.
Pero parecía que la casa en la que empezamos viviendo Gelo y yo junto al pequeño Angelito, se iba a convertir en La casa .
La casa donde vas a dormir si no tienes a dónde ir.
La casa cuyos muros parece que te alejan de todo lo exterior.
La casa donde reír, llorar, refugiarte o a la que huir.
La casa que nunca olvidas y a la que vuelves cuando lo necesitas.
La casa que sientes que es eso, tu casa. Donde te sientes protegida. Un hogar.
— La casa —repetí.
—Estamos creando La casa, niña. —Gelo pasó su brazo por mis hombros y me apretó junto a él mientras sonreía.
Encontré a Ainhoa llorando aquella noche, tras la cena, en el jardín.
Me senté a su lado, la acerqué a mí y dejé que se deshiciera entre mis brazos.
Y lloré con ella. Lloré por verla llorar.
Lloré por el dolor que ella sentía, pues lo sentí mío también.
Nos quedamos abrazadas hasta que la ola de dolor pasó y solo dejó tristeza y vacío.
Aquella noche fue la primera y última que vi llorar a Ainhoa.
Se recompuso, dejó atrás siete años de su vida junto a Julio y se centró en el ahora.
¿Cómo lo hizo? ¿Cuál fue su truco? Tenía que aprender de ella.
De su valentía. Debía creer que era fuerte, que era valiente. Porque si no jamás lo sería.
La tarde siguiente fuimos a por las cosas de Ainhoa, quien emitió un trémulo suspiro al llegar a la puerta de la casa que había compartido tres años con Julio.
—Se me hace raro llamar a mi propia casa —murmuró justo antes de llamar.
—Será solo una vez —aseguró Marcos, que colocó una mano en su hombro y lo apretó con suavidad.
Y así fue. En cuanto Julio abrió la puerta, irrumpimos en su casa y en apenas dos horas, tuvimos todo fuera.
No quedó nada de Ainhoa en aquella casa.
Ella fue la última en salir y lo hizo sin despedirse ni mirar atrás.
Cerró una etapa de su vida sin arrepentimiento, solo con un matiz de quebranto que tiñó sus facciones unos segundos mientras cerraba la puerta tras de sí.
No derramó ni una sola lágrima, solo sujetó con fuerza mi mano.
Fue fuerte a pesar de su cara mustia; yo sentí orgullo y un poco de envidia.
Aquella noche, durante la cena, miré con ternura uno a uno a los cinco integrantes de la mesa.
—Sois mis personas.
Aquellas tres palabras se convirtieron en algo más fuerte que un mejor amigo; esa frase hacía referencia a alguien que estaría ahí incondicionalmente y viceversa.
Familia. La mejor que podía tener.
Amistad. Uno de los pilares que sustentan nuestras vidas, una de las cosas más bonitas y que se necesitan para vivir. Viene del latín y me quedo con una definición que dice que «es el lugar donde se guarda parte de tu alma». Porque así es como la siento yo: cada amistad guarda una parte de mi alma.
Noviembre. 10 semanas.
Marcos me ha regalado un aparato para escuchar el latido de nuestro bebé. Ahora antes de irme a dormir, le escucho. Va a mil por hora y siempre me saca una sonrisa.
A veces Marcos se escabulle y viene a mi habitación para escuchar a su sobri, como él llama a nuestro bebé. Me encanta que quiera pasar esos momentos conmigo aun cuando los niños no entran en sus planes a corto plazo.
Me gusta que su corazoncito sea lo último que escuche antes de dormir.