Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

Los caballos hacen el paisaje más hermoso.

–Alice Walker

T ardé tres noches en volver a coincidir con Cristian. Y aquel día no había ningún perro a su lado. El chico estaba sentado en una piedra con la linterna del móvil encendida; leía un libro.

Le saludé mientras me acercaba seguida de Togo y Balto. El chico levantó la mirada del libro y me saludó. Le pregunté por su perro, me dijo que el amigo de su hermano había vuelto y ya no lo cuidaban.

—¿Qué lees? —pregunté curiosa. Cristian cerró el libro y me dejó ver la portada: La última muerte en Goodrow Hill —. ¡Lo he leído! ¿Te gusta ese género?

—Es de mis favoritos.

—¡Y el mío!

Le pregunté por dónde iba y lo comentamos.

Me recordó un poquito a cuando leía con Alexis y estuve tentada de salir corriendo. «No huyas de Cristian. Crea recuerdos nuevos sobre los libros», me dijo una vocecita interior. Y me quedé.

—Mi hermano se lee todos los libros que le dejo y los comentamos, pero a él lo que más le gustan son las novelas de fantasía, contemporánea, histórica, o en el contexto que sea, pero que haya alguna historia de amor dentro y que tenga protagonismo. Aunque también lee otros géneros.

¿Lo decía de verdad? No le pegaba ser un lector de novela romántica.

Quise preguntarle qué libro leía su hermano en aquel momento, ese de la tapa roja; pero en su lugar guardé silencio y me senté a su lado.

Togo dio unas vueltas a nuestro alrededor, se tumbó y colocó su cabeza en mi regazo, junto a Balto.

Hablé de Finca Deva con Cristian y él me contó que la mayoría de los días no iba al instituto, ganándose bronca tras bronca de Aitor.

Queriendo ayudar, le propuse acompañarme una mañana entre semana a Finca Deva a cambio de ir los otros cuatro al instituto; y vía libre para venir los fines de semana y alguna tarde que yo no fuera a trabajar con el veterinario de la yeguada.

El chico aceptó sin pensárselo dos veces y me contó cómo terminaron viviendo en casa de su abuela sin que yo preguntara.

Me gustó que fuera tan abierto, inocente y sincero conmigo.

—No es mi abuela en realidad. Mis padres adoptaron a Aitor antes de que yo naciera —explicó el chico y me dejó en shock —. Es la abuela biológica de Aitor.

Le escuché con atención para procesar toda la información.

—No sabía que no erais hermanos de sangre. ¿Cómo habéis terminado con ella?

Cristian me contó que sus padres lo habían dejado todo especificado en el testamento. Como no tenían más familia, pidieron que primero se buscara a algún pariente de Aitor. Solo si estos no quisieran hacerse cargo de los dos hermanos, pasarían a custodia de Javier, el mejor amigo de sus padres.

Aunque ambos chicos preferían quedarse con Javier, este los convenció de que debían respetar la voluntad de sus padres. La búsqueda de la abuela de Aitor tardó más de un año; resultó que ella no sabía nada de su hija desde que esta se fue de casa a los diecisiete años.

—¿Es buena?

Cristian asintió.

—No tendría por qué habernos dejado vivir en su casa, pero lo hizo.

Al principio fue todo muy raro. Vivir en un pueblo en lugar de la ciudad, el clima que ella tanto ama pero que yo no.

Y, sobre todo, vivir con una desconocida.

No entendía por qué mis padres quisieron eso.

Por qué no quisieron que nos quedáramos con el tío Javi.

Supongo que pensaron que sería más fácil para nosotros empezar de cero en otro sitio.

Los primeros meses contaba los días para ser mayor de edad y largarme para volver a mi casa.

—¿Y ahora?

—Es mi abuela. Soy su nieto. Me lo dijo nada más conocernos y aunque al principio no lo sentí así, ahora sí. Nunca había tenido abuelos antes. Los míos murieron antes de que naciera.

—¿Y tu hermano?

Cristian se encogió de hombros.

—Se negó en redondo a vivir con ella. No quería conocerla ni venir aquí.

Pero el tío Javi le convenció después de cuatro meses.

Creo que mi hermano pensaba que la abuela nos podría abandonar como hizo su madre o algo así —me explicó—.

Aitor no me cuenta mucho. No es que le sobre el tiempo precisamente, teniendo en cuenta que tiene tres trabajos que le ocupan casi todas las horas del día.

Y todo porque con la pensión de la abuela, no nos da.

—Aitor os protege.

—Supongo. Pero ¿sabes qué? Se olvida de él.

Continuamos de cháchara hasta que nos entró el sueño y tras intercambiar nuestros números de teléfono y caminar juntos con Togo y Balto el trecho común, nos despedimos y comencé a caminar hacia casa.

—Oye, morena. —Me llamó Cristian desde su portal. Me giré sobre mí misma para enfrentarle—. Gracias.

—Rubio, lo mismo te digo. —Le dediqué una media sonrisa.

—No soy rubio.

—Ni yo morena.

Ambos reímos y caminé hasta casa con Balto y Togo y una bonita sonrisa en el rostro.

Hablar con Cristian no había estado mal.