Capítulo 10
El negro no es solo la ausencia de luz.
Es una mezcla de muchas cosas.
Por eso me equivoqué en lo que dije.
No estás vacío, Logan. Estás lleno de colores.
–El arte de ser nosotros, Inma Rubiales
S alí por la noche a pasear a Togo y dejé a Balto echo una bolita en el sofá.
Busqué campo y evité pasar por el descampado donde íbamos Alexis y yo.
La casualidad, el destino, el karma, o qué sé yo, hizo que Togo fuera a saludar a un cruce de pitbull y por consiguiente, también a su dueño.
Alcé la mirada de los perros y tropecé con unos ojos oscuros.
Sopesé las posibilidades de largarme para no entablar una conversación con un desconocido, pero entonces:
—Hola —saludó el dueño de esos ojos oscuros. Moví la cabeza en respuesta.
Le estudié porque la curiosidad ganó. Parecía un adolescente, tal vez dieciséis y no me sonaba de nada. Su rostro estaba enmarcado por unos mechones oscuros que le caían sobre los ojos y todo en él era normal, nada llamaba mucho la atención. Llevaba a su perro atado, al contrario que yo.
—¿No le sueltas? —Señalé a su perro.
—No es mío. Mi hermano… —El chico bufó molesto mientras negaba—. Mi hermano cree que este perro puede hacer que las cosas cambien.
—¿Y tú qué crees? —pregunté sin pensar. Tal vez porque empaticé con su tono de voz cansado, enfadado y triste.
—De momento lo que ha cambiado es que tengo que salir de casa tres veces al día —gruñó—.
Pero los hermanos mayores… A veces me gustaría que no se preocupara tanto por mí, que me dejara respirar.
Parece que es mi padre. Y no lo es. Mis padres están muertos.
—La rabia, el dolor, o algo entremezclado, se dejó entrever en sus palabras.
Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza.
—Lo… lo siento. Yo perdí a mis abuelos hace tiempo. Fueron los que me criaron en mayor parte, ¿sabes? —Me sinceré con el adolescente—. Mis padres trabajan mucho. —Me encogí de hombros para esconder lo mucho que me afectaba aquella última frase.
—¿Y cómo lo haces para no romperte a diario con su pérdida? —El dolor impregnó cada palabra de aquella pregunta.
—Porque con el tiempo aprendes a… —Sopesé mis palabras—.
A vivir con un hueco en tu corazón. A dejar guardados sus recuerdos bonitos en un ladito y a no sacarlos a relucir a menudo hasta que no estás preparado.
Aprendes a… vivir con el dolor y que apenas moleste en tu día a día.
—Tragué fuerte—. Y aun así, habrá días malos.
A mí me pasa —admití—. No sé por qué te cuento todo esto…
Cállate, Ádriel —murmuré molesta conmigo misma.
No quería hablar de aquello con un desconocido.
No quería gente nueva a mi alrededor. No.
Era hora de irme. Di por finalizada la conversación y me alejé del chico; pero paré en seco cuando elevó su voz para decirme que creía saber quién era.
Me di la vuelta con brusquedad y encontré su silueta en la noche.
—Vives con Ángel —soltó el chico cuando notó que yo no iba a decir ni mú.
Arrugué el gesto y me crucé de brazos. ¿Quién era ese tipo y por qué sabía cosas sobre mi vida?
—. Has dicho tu nombre. Ángel habló con mi hermano hace unas semanas sobre ti.
Y mi hermano, que jamás pide ayuda, me dijo que lo hizo, pero por lo que despotricó después, debiste decir que no.
—¿Eres… Cristian? —Distinguí la figura del chico asentir entre la oscuridad de la noche y me sentí culpable al segundo por haber mandado a la mierda a Aitor, su hermano mayor—. ¿Puedes pedirle perdón de mi parte? —pregunté con la boca pequeña cuando mis remordimientos aumentaron.
El chico asintió.
Debería haberme alejado más de él y dar por zanjada la conversación una vez más, pero en su lugar me quedé en el sitio y añadí:
—¿Desde cuándo te gustan los caballos?
Le daría la oportunidad de hablar aquella noche. Solo una vez. Una conversación con un desconocido sobre caballos. Tal vez me vendría bien. Tal vez…
El chico me miró y evaluó qué decirme y qué callarse. O tal vez si merecía la pena hablar conmigo de ello. Me acerqué a él y me contó que le gustaban desde siempre y que su madre les enseñó a él y a su hermano mayor a montar.
—¿Teníais vuestros caballos?
—Una yegua. De mi madre. Falleció al poco de que lo hiciera ella. Creo que la echaba de menos.
Tragué saliva con fuerza. No solo perdió a sus padres, también a la yegua que le vinculaba a su madre. Qué horror.
—Lo siento…
El chico se encogió de hombros.
—¿Desde cuándo montas? —El chico quiso cambiar de tema y lo entendí.
Le conté cómo Gelo me introdujo en el mundo del caballo en mi adolescencia y cómo terminé cuidando de los caballos jubilados de la yeguada. También le hablé a corazón abierto de Troya.
—¿Hace cuánto no tocas un caballo o montas a uno? —Me interesé.
—Desde que mis padres no están.
Suspiré hondo. En aquel mismo instante supe que le diría que me acompañara a Finca Deva.
Porque con él conseguiría rutinas y recuerdos nuevos.
Porque él necesitaba estar con caballos tanto como yo.
Porque yo no era quién para negar a un adolescente una cura para su alma.
Porque los caballos sanan y te hacen ver el mundo desde otra perspectiva.
Porque transmiten paz, alivian la mente y dan vida. Porque son magia.
—Puedes venir con mis caballos. Pero tengo dos condiciones.
—¿Hablas en serio? Acepto las condiciones. Las que sean —chilló Cristian con un destello de alegría en su voz, sin pensárselo dos veces.
—Es mi trabajo, yo me ocupo de mis jubilados. Y te enseñaré equitación centrada si quieres montar a mis caballos.
Me miró extrañado y le expliqué en qué consistía: una manera de montar más incómoda para el jinete, pero más beneficiosa para el caballo.
Así su dorso no llega a sufrir en ningún momento, ya que se reparte bien el peso del jinete por el lomo del caballo.
También tiene que ver con saber manejar bien las piernas, rozando o apretando con suavidad el abdomen del caballo en vez de darle toques con los talones.
Es una forma de ver la equitación totalmente diferente a lo que se ha hecho desde siempre, a lo que la gente cree que es montar a caballo.
Pero creo que es una de las mejores formas de conectar con ellos cuando estás encima.
Cristian me preguntó por el pago, pero negué. Él era un adolescente que necesitaba que los caballos curaran sus heridas. Y yo necesitaba que Cristian y ellos curaran las mías.
—Necesito una rutina nueva. Tú necesitas sentir un caballo. Y ambos necesitamos olvidar. Ya está. Ese es el pago.