Capítulo 9
La vida es un galope corto, profundo y sencillo, pero a caballo es fuerza y espíritu, así como libertad y confianza. Es lo que somos a corazón abierto.
–Gabriel Oliverio
A quel sábado, con el sueño aun bañando mi cuerpo, miré a todos los integrantes de la mesa y una pequeña sonrisa apareció en mi rostro.
En aquellos desayunos de fin de semana había buen rollito por doquier y era prácticamente imposible que mi ánimo no subiera.
A veces había algún encontronazo, pero eran cosas de la convivencia y solíamos solventarlo en poco tiempo.
Tras el desayuno, fuimos todos a Finca Deva. A veces incluso comíamos allí, apiñados en mi despacho cuando llovía o el viento era incómodo. Nunca se lo dije a ninguno, pero agradecí crear momentos y recuerdos nuevos en aquel espacio tan bonito.
Después del fin de semana rodeada de los míos, los lunes se me hacía raro ir sola a Finca Deva. Además, aquel lunes pinché una rueda. ¿Había una mejor manera de empezar la semana?
—Togo, quédate aquí. Voy a cambiar la rueda y enseguida iremos al campo, ¿vale? —hablé con mi compañero de viaje.
No era la primera vez que cambiaba una rueda, lo juro, pero esa vez no fui capaz de aflojar las tuercas.
Ni se me pasó por la cabeza llamar al seguro, mi experiencia con ellos no era buena.
En su lugar llamé a Gelo, quien me dijo que él encontraría la manera de llegar a mí o mandar a alguien.
Le mandé mi ubicación y esperé como me pidió.
Al cabo de un rato, un Seat de color blanco, que no conocía de nada, aparcó tras mi coche y mis ojos danzaron al asiento del conductor para averiguar a quién había mandado Gelo.
Era un chico y llevaba una cazadora negra que llamó mi atención.
Cuando le vi ponerse la capucha gris de la sudadera bajo la cazadora y caminar hacia mí, caí.
No hubo duda tras observar sus andares. «Imposible», pensé.
Era el chico al que observaba por la ventana.
El que leía por las noches. Era él. ¿Desde cuándo le conocía Gelo?
Mi pulso se aceleró y no me sentí del todo cómoda por ello.
Me dieron ganas de quitarle la capucha para poder vislumbrar bien sus rasgos y tal vez incluso memorizarlos.
Distinguí un tatuaje que parecía terminar en su cuello y una mirada seria me saludó.
Noté algo raro en sus ojos y entorné los míos para fijarme mejor, pero en cuanto él se dio cuenta, recolocó su capucha y escondió su mirada. ¿Por qué?
No hubo nada en su rostro que me disgustara. Tal vez si lo miraba por separado lo fuera, pero en él quedaba bien. Un escalofrío recorrió mi espalda cuando me percaté de mis pensamientos. ¿Y Alexis? preguntó mi corazón, que aún se aferraba al recuerdo, sin dejarle partir del todo.
—Hola. —Intenté que el nerviosismo que sentía no se notara.
El aroma de su colonia llegó a mis fosas nasales cuando el chico se plantó frente a mí.
—Creo que soy tu salvavidas. ¿Qué ha pasado? —La voz profunda del chico sonó seca y distante a pesar de que sus palabras querían ser cercanas—. Soy Aitor.
Me tendió su mano cuando por inercia mi cuerpo se preparó para dar los dos besos de rigor y miré aturdida su mano entre mi cuerpo y el suyo.
—Ádriel. Encantada. —Su mano apretó la mía con suavidad y firmeza—. He pinchado. Y antes de que digas nada, sé cambiar una rueda. Pero las tuercas están demasiado fuertes y no he podido quitar ni una.
Aitor se contuvo la risa y asintió serio. ¿Habría sido así de serio toda su vida?, ¿o la vida le había hecho así? Sentí curiosidad por saber la respuesta.
El chico se quitó la capucha antes de agacharse para quitar las tuercas y dejó al descubierto su corte mohicano de pelo rubio.
Lo llevaba trenzado y estuve a puntito de preguntarle si era él quién se lo trenzaba o si lo hacía alguien más.
Observé el perfil de su cuello y busqué sin disimulo su tatuaje.
Parecía el final de un tribal. Quise preguntarle por el significado, pero la vergüenza y mi corazón repitiendo que no debía hacerlo, consiguieron que callara.
Cuando terminó, me hizo un gesto para que continuara yo y se recostó en mi coche con sus manos escondidas en los bolsillos de su cazadora a observarme trabajar.
Ninguno de los dos dijo una sola palabra y fue raro aquel silencio.
Llamé al taller para pedir un recambio de mi rueda mientras Aitor guardaba el gato y la rueda pinchada en el maletero de mi coche.
Cuando terminó y se giró hacia mí, me quedé trabada en sus ojos, que vi limpios por primera vez, sin la sombra de la capucha.
Aluciné. ¿Acaso era posible que tuviera un ojo azul y otro marrón?
—¿Mis ojos? —preguntó tras leer la expresión de mi rostro.
Se colocó la capucha en su lugar y dejó en las sombras aquello que le hacía diferente.
Asentí al no encontrar mi voz. Seguía alucinada—.
Es raro, lo sé. No eres la primera que me mira como si fuera un bicho raro.
—Noté el matiz amargo en su voz y aquello me molestó.
No era un bicho raro. ¿Cómo iba a serlo?
—No pienso que lo seas. —Me apresuré a contestar dándome cuenta de que por eso había escondido sus llamativos ojos de mí —. Me parecen increíbles. No deberías esconderlos.
Aitor no contestó y el silencio entre ambos se me antojó un tanto incómodo, aunque él parecía no estarlo en absoluto. Le di las gracias; ya estaba lista para irme y terminar con aquel momento.
—No hace falta que me las des —dijo Aitor mientras yo comenzaba a tomar distancia para ir hacia la puerta del conductor—. Pero podrías echar una mano a mi hermano. Necesita a los caballos.
Sus últimas frases, que sonaron como un ruego, hicieron que dejara de caminar. ¿Aitor era el del hermano? ¿El que había perdido a sus padres? ¿Por qué Aitor era todos a la vez? ¿En qué mundo tantas personas se juntaban para ser una sola?
—Siento lo de tus padres —murmuré.
—Gracias —soltó Aitor y tras unos segundos en los que algún pensamiento debió cruzar su mente, siguió:—. Te he ayudado y…
No me gustó por dónde iba. Me puse en guardia, armé mi caparazón y no le dejé terminar la frase.
—No te debo nada —espeté cruzándome de brazos con el ceño fruncido—. La gente se ayuda de manera altruista. No con un fin —bufé mientras un burbujeo de enfado se creaba dentro de mí.
—Hay que ser egoísta cuando se trata de los tuyos.
—Aitor pronunció cada palabra con tanta seriedad, mezclada con un atisbo de súplica, que el burbujeo dentro de mí se extinguió casi por completo y sentí que tal vez podría ceder—.
Necesita ayuda y tú se la puedes dar. No voy a desaprovechar ninguna oportunidad que se me presente para pedírtelo.
Asentí sin ganas de discutir con un desconocido y me encaminé a la puerta del conductor.
—Lo pensaré —mentí. No quería más movidas. Ya tenía bastante con lo mío.
—¿A dónde vas?
—A trabajar —contesté seca. No quería seguir con la conversación.
—¿Te importa si voy?
Fruncí el ceño, contrariada.
—Me gusta ir sola.
—Sé por Ángel que te acompañan tus amigos cuando pueden —me rebatió Aitor.
Suspiré hondo para intentar encontrar algo más de paciencia. Estallaría pronto y pasaba de tener una discusión con un extraño. Yo solo quería llegar con mis caballos, trabajar y perderme entre ellos.
—Ellos son mi familia. Tú. —Le señalé—. Un desconocido. Y no le llames Ángel, llámale Gelo.
Aitor me miró con una ceja enarcada y le expliqué que el padre y el abuelo de Gelo se llamaban igual y que era la manera de diferenciarles.
—Gelo entonces —añadió Aitor. Asentí, encaré la puerta del conductor y mi mano asió la manilla, lista para irme—. ¿Pensarás lo de mi hermano, por favor?
—Ajá. —Volví a mentir.
—Dilo más segura de ti misma y tal vez te crea —insinuó, con voz cortante, seca y dura.
Mi sangre hirvió.
—No te debo nada. ¡Y vete a la mierda! —bramé ante su ataque antes de escabullirme dentro del coche, pegar un portazo y arrancar a toda prisa mientras intentaba mantener mi corazón y mis sentimientos en calma—. Nos vamos, Togo.
Me fui de allí con un acelerón. Togo seguro que pensó que estaba pirada. Y lo estaba, en ese momento lo estaba. Porque Aitor no podía ser el mismo al que observaba por la ventana. Porque sus ojos y su peinado no deberían haber llamado tanto mi atención.
Llegar a Finca Deva me calmó un poco. Podía tener un mal día, pero allí el olor a caballo se mezclaba con el del prado y casi todo lo malo desaparecía.
Enterré mi rostro en Neo, el primero al que llegué.
Meses atrás estar en esa finca era vida, mi lugar a salvo junto a Alexis.
Odié que los recuerdos y sentimientos tan bonitos que Alexis despertó en mí, turbaran en aquel lapso de tiempo, mi momento allí.
Ya no era un sitio seguro para mí. Pero lucharía para que lo volviera a ser.
Cogí a Troya, le llevé a la pista y le monté a pelo, creando recuerdos nuevos, haciéndolos míos. Cada vez que iba a Finca Deva, lo hacía. Cuando vislumbré el paisaje a través de sus orejas, el día mejoró y olvidé mi huida y mi salida de tono con Aitor.
Por la tarde, llevé el coche al taller y quedé con Gelo en el parque donde Angelito jugaba con algunos amigos.
—Gracias por mandar a Aitor a ayudarme —dije tras saludarle.
—Es majo, ¿verdad? —me preguntó Gelo con una sonrisa.
Me encogí de hombros.
—Supongo. Le he mandado a la mierda.
—¡¿Que has hecho qué?! —demandó histérico Gelo dirigiendo su mirada desorbitada de su hijo en el tobogán a mí.
Me crucé de brazos y arrugué el ceño.
—¡Ha sido un gilipollas! —me defendí.
Tras un resoplido y una mala mirada de Gelo, le expliqué con detalle nuestra conversación. Mi amigo hizo una mueca cuando terminé.
—Bajo mi punto de vista, has sido como un bordillo…
Me llamó bordillo. Uno de esos recién colocados en la acera y tan afilados que temes aparcar demasiado cerca y que la rueda reviente con el mero roce. Gruñí que se lo merecía y casi entramos en una trifulca de no ser porque Angelito nos interrumpió para que miráramos cómo se columpiaba.
Después del parque, decidí acercarme con Togo a la tienda de animales para comprarle algún premio.
Me paré frente al tablón de anuncios que había nada más entrar en la tienda y uno llamó mi atención: cuatro cachorros de un mes encontrados en una nave abandonada buscaban familia.
Observé la foto descolorida y mis ojos se clavaron en el cachorro blanco de mirada triste. Me enamoré de él al instante.
—¿Qué opinas, Togo? —Deslicé mi mirada del papel impreso a mi perro. Este me miró sin que su expresión cambiara—. Tal vez os llevaríais bien…
Togo no modificó su semblante y tras desechar la idea, le insté a caminar hasta la sección de premios perrunos.
Cuando pasé por el taller a recoger el coche, recordé el anuncio del perrito y sin pensarlo mucho, llamé al teléfono y puse rumbo a casa de la señora que los cuidaba.
Salí de aquella casa con un cachorro blanco y llegué a casa con Balto.
Cuando pasé el umbral de la puerta y los inquilinos de casa vieron lo que llevaba en brazos, temí haber metido la pata, pero el crío se sentó en el suelo para abrazar al cachorro y supe que, aunque impulsiva, no había sido mala idea del todo.
Tal vez fuera un parche, pero la vida seguía y yo la tenía que llenar de momentos, recuerdos y animales que nunca estuvieron en contacto con Alexis. Tal vez incluso personas…
Quería volver a ser la misma chica que volvió a su pueblo llena de ilusiones y un hermoso trabajo junto a caballos jubilados. Pero sin esa ingenuidad que me caracterizaba y con todo lo aprendido respecto a Angelito. Quería sanar. Por mí, por mi familia. Y por mi bebé.
Aquella noche, me asomé a la ventana antes de irme a dormir y mis ojos se toparon con Aitor.
Un sentimiento de arrepentimiento por lo que le dije me inundó unos segundos.
Volvía a ir con un libro en la mano y una pequeña linterna que iluminaba sus páginas.
Le observé hasta que llegó a su portal, donde cerró el libro y me dejó ver una portada, casi en su totalidad roja.
¿Qué leería? Cuando desapareció dentro me alejé de la ventana, cogí el libro de mi mesilla, me tumbé en la cama y comencé a leer para poder desconectar de Aitor y de las preguntas que rondaban mi mente.
¿Me había pasado con él? No. Había sido egoísta. Nada más. No me había pasado. ¿O sí?