Capítulo 6
Quiero mostrarte la otra cara del mundo.
Un lugar donde el peligro se enmarca en perfectos rostros de porcelana perlada, el amor es como una bestia salvaje sedienta de sangre que acecha y te arranca el corazón mientras estás dormido y la felicidad...
La felicidad es un delito que se paga muy caro.
–Éxodo, Anissa b. Damon
A quel día, que Angelito se quedó con los abuelos, los cuatro adultos nos fuimos a la playa.
A esa que años atrás fue nuestra favorita.
Al llegar, abrí la puerta del coche y el olor a salitre que flotaba en el ambiente me envolvió y penetró en mis pulmones, llenándolos de algo parecido a tranquilidad.
Bajé a Togo, quien salió directo a mezclarse con las olas.
Me acerqué al lugar donde empezaba la arena de playa, me descalcé y caminé hacia el mar sereno sin esperar a nadie.
Arena fina que se colaba entre los dedos de los pies, vistas al horizonte infinito del mar, rocas que enmarcaban la playa y calas que, cuando bajaba la marea, se unían.
Una maravilla para la vista. Antaño hubo un chiringuito y antes de eso un restaurante justo en el borde en que la arena de piedras y cantos rodados —donde enraizaban los pinos—, se convertía en arena de playa.
Hacía años que un cartel de traspaso colgaba en la puerta del local.
Me senté en el borde del desvencijado tablado que años antes había sido una terraza donde pasé horas observando el gran azul.
Aún se me hacía raro ir allí y no poder sentarme en una de aquellas sillas blancas de plástico duro y que me sirvieran un zumo de naranja, sin pedirlo, en la mesa metálica que siempre estaba congelada, incluso en pleno agosto.
Aquel local estaba en un lugar privilegiado.
Mis amigos llegaron a mi lado mientras disfrutaban de aquel día soleado, sin apenas viento de octubre y de la playa solitaria en que se había convertido.
—¿Creéis que alguien cogerá algún día el traspaso? —Miré con melancolía el local tras de mí y un montón de buenos recuerdos junto a mis amigos, me inundaron.
Los tres negaron. Llevaba tantos años cerrado y con el deterioro sufrido por el salitre, parecía normal que nadie se hubiera interesado por él.
Aquel día, allí sentada, me sentí muy perdida.
Nunca antes lo estuve tanto. Agucé el oído, desechando los sonidos que no proviniesen del mar, clavé la vista en las olas y quise desaparecer como ellas.
Tan breves, tan furiosas. Efímeras y hermosas.
Transmitían poder. Uno que no tenía, pero que ansiaba y deseaba recuperar.
La madera crujió bajo el peso de Gelo, que se sentó a mi lado, cogió mi mano y comenzó a acariciarla de manera distraída.
Ainhoa se sentó a mi otro lado, a riesgo de que los tres pudiéramos caer al suelo al romperse la madera del tablado, seguramente podrida y carcomida por la humedad.
Sujetó mi mano libre y la apretó. Marcos se sentó en la arena, frente a mí y colocó su mano en mi rodilla.
Ninguno habló, solo estuvimos juntos, unidos, como siempre.
Fueron mi faro en medio de la inmensidad del mar atrayéndome hacia ellos para salvarme de la marea y las olas que me querían engullir. Mi ancla, aunque a veces lo olvidara.
La arena mezclada con agua salada, olor a salitre y humedad impregnando la ropa, mis amigos a mi lado, un lugar recóndito a lo lejos donde fijar la vista y perderme.
Y por un momento sentí que solo éramos nosotros cuatro, como antaño.
Cuatro adolescentes, un poco alocados, que no dudaban en quedarse en ropa interior y meterse en el agua helada aunque fuera pleno enero. Sonreí ante el recuerdo.
Por la noche saqué a pasear a Togo junto a Ainhoa.
Al volver a casa, me fui a mi habitación con Togo pisando mis talones.
Cerré la puerta cuando entró mi compañero de cuatro patas y fui directa a la ventana para observar el cielo.
Estaba lleno de cristalitos estrellados y la luna llena que iluminaba el suelo y los edificios de color grisáceo.
Por el rabillo del ojo algo llamó mi atención.
Dirigí la mirada hacia allí y el chico de la sudadera gris bajo la cazadora de cuero negra entró en mi campo de visión.
Un sentimiento nuevo y raro cobró vida dentro de mí.
Iba con la capucha y sujetaba un libro abierto con una pequeña linterna cogida a él.
Iba leyendo. Me fijé en sus andares. Parecía relajado, como si lo que pasara a su alrededor le diera igual.
«Ojalá pudiera ser como él en algunos aspectos de mi vida».
Se paró frente a su portal, abrió la puerta sin dejar de leer y se perdió dentro.
Miré el edificio frente a mí: dos alturas, viejo, ventanas grandes y sin terrazas en la fachada.
Una sensación de estar haciendo algo mal se instauró en mi pecho.
Emití un leve suspiro, me dejé caer en la cama y, sin pensarlo mucho, busqué en mi móvil el chat de Ainhoa.
21 de octubre. Doce y media de la madrugada.
Ádriel
Es la segunda vez que veo desde mi ventana a un chico que ha llamado mi atención. Hoy iba leyendo.
Me arrepentí enseguida de haberlo escrito. Decía que Alexis era el amor de mi vida, pero a la mínima ya me fijaba en otro. Sentí vergüenza y borré el mensaje a toda prisa antes de que ella pudiera leerlo.
Ainhoa
¿Pasa algo?
Ádriel
No. No podía dormir.
Ainhoa
¿Quieres venir al salón conmigo? Tampoco tengo sueño.
Ádriel
No te preocupes, me quedo aquí. ¡No vengas tarde!
Buenas noches
Ainhoa
Cualquier cosa sabes que estoy aquí.
Buenas noches, Ari.
Me sentí mal por no contarle la verdad, pero no me atreví.
Dejé mi móvil en la mesilla y cerré los ojos lista para dormir.
Pero el sueño parecía no llegar nunca. En algún momento, Ainhoa entró en la habitación.
Me preguntó si estaba bien y cuando le dije que sí, me abrazó y me dio las buenas noches.
Tras unos minutos mirando al techo y con la lenta respiración de Ainhoa a mi lado, saqué el cuaderno de tapas azules del cajón de mi mesa.
Octubre. Creo que estoy de siete semanas.
Me despierto con náuseas algunas mañanas.
Es un asco. Angelito me dice que eso es el bebé que nos da los buenos días.
Me saca una sonrisa y me quita un poco el malestar.
Tengo prohibido comer embutido, ¿lo puedes creer?
Con lo que me gusta el jamón. Tampoco puedo comer quesos sin pasteurizar, así que adiós al queso picón que tanto me gusta.
Todo sea por la habichuela dentro de mí.
Sé que aún es pronto, pero quiero empezar a sentir las patadas del bebé para saber que está bien. ¿Debería ir por lo privado y hacerme una ecografía para asegurarme de que todo está ok? Se supone que a partir de las seis semanas ya hay latido.
¿Será el embarazo una sensación alucinante?, ¿o por el contrario no será tan mágico como nos hacen creer? Sé que la maternidad no lo es. ¿Pero el embarazo?
¿Estará creciendo bien? ¿Estará a gustito dentro de mí? Yo espero que sí.