Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

La pluma, según dicen, es más poderosa que la espada.

–Te veré bajo el hielo, Robert Bryndza

M e asomé por la ventana, deseosa de ver el día que hacía aquel sábado antes de ir a desayunar.

Quería un día despejado, sin una mísera nube y que los rayos de sol me lamieran la cara y me calentaran hasta el corazón, subiéndome el ánimo.

No vislumbré bruma, aunque sí nubes desperdigadas por el cielo.

Mis ojos danzaron de manera distraída hacia el portal donde hacía pocos días había visto desaparecer al chico de la capucha.

Y no sé si fue casualidad, el destino o qué, pero ahí apareció y mi corazón se desbocó un poco por lo inesperado que fue aquello.

Llevaba tres bolsas de la compra e iba con capucha, como de costumbre, aunque esta vez se le había caído hacia atrás, dejando al descubierto el inicio de una cresta de pelo rubio oscuro trenzada.

Hacía mucho tiempo que no veía a nadie con ese peinado que tanto llamaba mi atención.

Se me estaba yendo de madre eso de mirar por la ventana.

Al instante de aquel pensamiento, otro lo inundó todo: tuve cargo de conciencia porque sintiera curiosidad por aquel chico cuando hacía muy poco estaba convencida de que mi corazón latía tan bruscamente por todos los sentimientos bonitos que creábamos y sentíamos Alexis y yo.

¿Le traicionaba? Mi corazón, en ese momento, me dijo que sí.

El chico de la capucha desvió su vista hacia los adosados a su derecha y zas, sus ojos se fijaron en el nuestro.

Me sonrojé y me quedé quieta, muy quieta.

Contuve el aliento y esperé que no me viera.

¿Me habría pillado? No, no lo hizo, siguió barriendo con su mirada sin percatarse de mi presencia.

Solté a bocajarro el aire retenido en mis pulmones y los llené con una gran bocanada de aire nuevo.

—Esta es la última vez, Ádriel. Nunca más —susurré sin apartar los ojos del chico, que encaró su portal.

Dejó las bolsas y antes de abrir se quitó la capucha, dejándome ver por completo su pelo rubio y el corte mohicano con la trenza que le llegaba pasado su cuello.

Observé con curiosidad su cuello tatuado.

Sí ahí era donde terminaba su tatuaje, ¿dónde empezaría?

El chico entró en el portal y me obligué a separarme de la ventana.

Aunque también quise prometerme no volver a mirar, no fui capaz de hacerlo.

Me senté en la cama y me dejé caer de espaldas sobre ella. A los pocos segundos, escuché unos pasos cortos que se detuvieron en mi puerta. Sonreí sabiendo quién era.

—¡Buenos días, mami!

Angelito corrió hasta mí y estrelló su cuerpo contra el mío, aún en la cama.

Abracé al crío con fuerza, le estampé un sonoro beso y le susurré un suave «buenos días».

Gelo entró en mi habitación y llamó nuestra atención.

Aquel día comeríamos en casa de sus abuelos y debíamos desayunar pronto y poco «porque luego nos empachamos a comer de esa comida rica de la abuela», palabras textuales de mi amigo.

Angelito y yo salimos de la cama y bajamos al piso de abajo.

Ainhoa —que ya se había levantado— estaba sentada en la encimera de la cocina.

Me gustaba tenerla en casa aunque me parecía raro que solo hubiera pasado dos tardes con Juli desde que se mudó.

El resto del tiempo, mi amiga estuvo con nosotros y tampoco parecía echarlo de menos.

Marcos, al lado de Ainhoa, hacía tortitas.

Me acerqué a ellos y planté un beso en la mejilla a cada uno mientras nos dábamos los buenos días.

Me comí una tortita y fui a cambiarme de ropa para ir a Finca Deva. Evité mirarme en el espejo mientras me cambiaba, pues observar mi vientre para ver si había crecido me provocaba sentimientos encontrados.

Volví al salón para despedirme y Marcos, aún en pijama, corrió a mi encuentro, quería acompañarme.

Al llegar a la finca fui directa a la valla de madera, la pasé por debajo y llamé la atención de los equinos que pastaban lejos.

Marcos no pasó la valla, se quedó fuera, observándonos.

Saludé a los equinos y dejé para el final a Troya.

Cuando me giré hacia el caballo tizón, una leve sonrisa se insinuó en mis labios.

Fue el único sitio donde los sentimientos no me abrumaron tanto.

Donde pude llegar a sentir la libertad. Al principio no fue fácil pues los recuerdos con Alexis venían a mí furiosos cada vez que pisaba Finca Deva.

Pero aquel lugar fue mío una vez, lo compartí con Alexis y lo que más ansiaba era recuperarlo otra vez.

Dejé caer mi peso sobre el equino, apoyándome en él.

Se mantuvo tranquilo a mi lado y aproveché para subirme a pelo sobre él.

Me tumbé sobre Troya, cerré los ojos y dejé que el ritmo de su respiración me meciera.

Era una maravilla poder disfrutar de él así y haber llegado a conseguir que se mantuviera relajado mientras me subía o rozaba sus cuartos traseros.

Sonreí. Una sonrisa de verdad. Me incorporé y apreté con suavidad mis piernas en sus costados instándole a caminar, quería sentir la libertad.

Sentir que volaba aunque solo fuéramos al paso. Los caballos crean esa magia.

—¡¿Qué haces, loca?! —demandó Marcos. Diría que casi entró en pánico y todo.

Estaba nervioso porque subiera sobre Troya, sin silla, riendas ni cabezada. Tanto como para acercarse a nosotros con paso decidido y una expresión de miedo en su rostro.

—Troya nunca me haría nada malo. —Intenté calmarle—. Confío en él. No hay caballos malos, hay malos jinetes. Es como los perros, no los hay malos, hay personas detrás que no les han sabido guiar y entender.

Marcos asintió pero no se quedó tranquilo y su mirada nos siguió a Troya y a mí mientras disfrutábamos de unos minutos siendo dos con un solo pensamiento. Cuando bajé de Troya, me acerqué a mi amigo y le insté a caminar conmigo hacia la nave para coger la comida de los caballos.

—Oye, ¿vas a contarme por qué te has ido de casa? —pregunté. Marcos se tensó al instante, pero eso no hizo que me callara—. Cuando os vi en el cumple del crío, además de que Almu me cayó muy bien, os vi muy felices.

—Ya… Buena pareja, ¿eh? ¿Tú crees?

—Ajá. ¿Qué os ha pasado? —Llevaba días con la pregunta en la punta de mi lengua, pero no había tenido ningún momento a solas con él.

—No queremos lo mismo. Y ella se va a mantener inflexible. Así que necesito perspectiva para saber si estoy dispuesto a ceder o por el contrario no puedo.

—¿Sobre qué? —¿Qué era? Me moría por saberlo.

—¿Con qué te ayudo? —Marcos cambió de tema de forma radical.

—¿No me lo vas a decir? —pinché a pesar de que su cuerpo cada vez estaba más tenso.

—Pregúntale a ella —dijo molesto.

Lo dejé estar. Asentí y me apunté mentalmente hablar con Almu. Tal vez ella me lo contaría.

Llegamos tarde a casa de los padres de Gelo —Ángel y Carmen—, porque las náuseas aparecieron sin avisar y esperamos hasta que pude salir del baño y pasar cinco minutos sin querer vomitar.

Eché de menos a mis padres en aquella comida.

También sus manos en mi vientre, como las habían colocado los padres de Gelo.

Intenté llamarlos para charlar con ellos un rato, pero para variar no me lo cogieron y aquello me molestó.

En momentos como aquellos, dudaba si serviría de algo intentar acortar la distancia que nos separaba; porque a pesar de todo, la sensación de sentirlos lejos de manera emocional, no desaparecía.

Durante la sobremesa, Carmen me preguntó si había pensado algún nombre para el bebé y negué.

Ada y Alejandro fueron mis nombres favoritos desde pequeña, pero en aquel momento ninguno de los dos llamaba mi atención.

Le daba vueltas a llamarla Noemí si era una niña.

Noemí. Como la abuela de Alexis. Pero no, mejor que no, llamarla así sería recordar a Alexis.

¿O sería una manera de honrar a esa abuela que tanto cuidó de él hasta que cruzó al otro lado? No encontré la respuesta adecuada.

Mis padres me llamaron aquella noche, cuando la nostalgia que me había invadido durante todo el día ya casi se había marchado.

Siempre era así. Cuando más les necesitaba, no estaban.

¿Estaba siendo demasiado egoísta por no saber esperar, por no tener en cuenta sus trabajos?

, ¿o solo pedía lo que creía que merecía?

Para mis padres, el hospital era su vida.

Yo no. Prometieron cambiar, pero la realidad fue que siguieron en su línea y se olvidaron de su promesa.

Los escuché hablar de su día de trabajo y tras diez minutos de conversación, nos despedimos.

Fui al salón donde encontré a Gelo con un bol de cereales en la mesa. Me preparé otro y me senté junto a él. Angelito ya estaba dormido, Marcos estaba en la buhardilla y Ainhoa había ido a ver a Juli. Mi amigo desvió su atención hacia mí y me evaluó antes de hablar.

—Ari, ¿quieres que vayamos en el paseo de Togo a casa de tus abuelos? Llevas mucho sin ir.

Deslicé mi mirada a mi regazo y me revolví incómoda.

—No. No quiero volver a intentarlo —murmuré.

—¿Por qué? Lo estabas haciendo muy bien.

—No puedo. —Me agobié solo de pensarlo—. No quiero volver a entrar. —Negué con mis ojos llenos de impotencia—. Es esa espina que jamás me podré quitar. Porque sé que nunca estaré preparada.

—¿Estás segura? Tal vez sería mejor esperar unos meses.

—Estoy segura —dije con brusquedad—. Sé que no seré capaz de volver a entrar sin Alexis. Y es una mierda porque debería poder entrar por mí misma, sin depender de nadie…

Podía acercarme a casa de mis abuelos desde que Alexis se marchó; de hecho, lo hice.

Pero entrar… no. Con tiempo, con ganas, seguramente lo habría conseguido.

Pero no quise volver a intentarlo. Sentí que aquello estaba demasiado roto.

Que sería demasiado doloroso unir cada pieza y colocar cada cosa en su lugar. Si es que acaso se podía.

Me rendí.

Fui débil.

Y me pasé mucho tiempo conviviendo con la sensación de fracaso, de haber tomado la decisión sencilla, el camino rápido. Con esos sentimientos que me decían una y otra vez que debí haber luchado por esa casa.

Seguro que mis abuelos esperaban más de mí.

Unos días después, mi móvil comenzó a sonar. Miré quién llamaba: mis padres. Hice una mueca, no tenía ganas de hablar con ellos. A decir verdad, desde la comida en casa de los padres de Gelo, nunca estaba de ánimo.

—Habla con ellos —me instó Ainhoa, sentada a mi lado en la mesa—. Si no lo haces, nunca seréis capaces de cerrar la brecha que os separa.

Descolgué con desgana. Mis padres me saludaron y preguntaron por mí y por el bebé. Se interesaron por mí, pero a mí me supo a poco, a algo superficial. No sé.

—¿Cuándo vais a venir? Os echo de menos. —Mis padres no contestaron enseguida, guardaron silencio unos segundos—. ¿Y si voy yo? —pregunté ante su mutismo.

—Estamos un poco liados estas semanas. —Se excusó mi padre.

—Pero en cuanto podamos, nos escapamos unos días —se apresuró a añadir mi madre.

Acepté resignada.

—Ádriel… El mensaje que nos mandaste... —Empezó mi madre—. ¿Ya no quieres la casa de los abuelos? No lo entiendo.

Quería que esa casa encontrara una familia que creara un hogar como lo hice yo cuando vivían mis abuelos. Mi mente no podía con más.

—No. —Tragué saliva con fuerza—. Ya no. —Contuve mis emociones.

—De acuerdo —dijo mi padre—. Si es lo que tú quieres.

«No es lo que yo quiero, es que no sé cómo hacerlo mejor», quise decirles, pero no lo hice porque escuchar las palabras de mi padre fue la daga que me recordó que ellos no me conocían. Me molestó que no se percataran de lo que significaba para mí renunciar a esa casa.