Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

La nostalgia es nuestra capacidad para convencernos de que nuestro pasado, en lo esencial, fue feliz y que, por consiguiente, tomamos las decisiones correctas.

–El caso de Alaska Sanders, Joël Dicker

A l día siguiente, tras la comida, Gelo se aclaró la garganta antes de hablar.

—Ari. Me ha llamado Marcos esta mañana.

Marcos. Él y yo estuvimos muy unidos durante el colegio y el instituto, aunque en la universidad, nos distanciamos.

No perdimos del todo el contacto, pero apenas sabíamos nada de la vida del otro.

Cuando nació Angelito, Gelo y Marcos empezaron a pasar más tiempo juntos durante ese año que yo estuve en Madrid.

Por ello, Marcos volvió a estar algo más presente en mi vida.

Pero salvo por los cumpleaños, donde nos hablábamos como si nos hubiéramos visto hacía dos días, no teníamos contacto el resto del año.

Yo solo sabía lo que me contaba Gelo de él.

—¿Y?

—Almu y él se están dando un tiempo.

—¿En serio? —dije asombrada—. Almu me cae muy bien.

—Lo sé. No sé qué habrá pasado entre ellos, pero cuando me ha llamado, parecía hecho mierda.

Se ha ido al hostal del pueblo. Lleva allí cinco días…

Había pensado en ofrecerle que se quedara aquí unos días hasta que lo solucione con Almu o encuentre su propia casa.

Pero no quería volver a meter la pata antes de preguntarte.

—Geli, no la cagaste. Hiciste bien —confesé—.

Alexis necesitaba un sitio para vivir y la buhardilla estaba libre.

Llena de trastos, pero libre. —Tragué fuerte y me dispuse a continuar—.

Nos necesitaba y, en cierto modo, nosotros también a él.

Fue una buena acción. Que sucediera lo que sucedió, no fue tu culpa.

Dile a Marcos que venga. Tengo que limpiar mi vida de tanto Alexis.

Todos los espacios me recuerdan a él. Incluso los caballos.

Además es una mierda que algo tan bonito que antes era tuyo y mío, y luego también de él, ahora me provoque tanto malestar…

—Llegará un momento en que el dolor será tan ligero que ni siquiera te percates de él.

—Gelo intentó animarme—. Y los caballos siempre serán nuestro sitio.

Nuestro lugar. —Me sonrió—. ¿Sabes? Cuando Laura se fue y nos dejó a Angelito y a mí en el hospital, me sentí solo a pesar de teneros a vosotros porque ella no estaba.

Pensé que algún día nos casaríamos o yo qué sé.

Gelo se pasó las manos por el pelo, incómodo por el recuerdo.

—No tenía ni idea. ¿Por qué no me dijiste nada? —murmuré.

—No me vi capaz. Y después, lo dejé atrás.

—¿Nunca has vuelto al pasado?

—No, nunca. No me ha hecho falta. Te tenía a ti, a Ainhoa y a Angelito. ¿Para qué lamentarme por lo que podríamos haber sido si se hubiera quedado en el hospital? Preferí dejarlo en un rincón.

—¿Te hubiera gustado que fuera diferente?

—Al principio sí —admitió Gelo tras bajar la mirada—.

Quería formar una familia con Laura y que Angelito tuviera una familia normal.

—Algo dentro de mí se retorció ante su confesión—.

Pero lo que tengo ahora es mucho mejor. —Me dedicó una pequeña y franca sonrisa; la angustia que se había apoderado de mi pecho, dejó de oprimirme tanto—.

No seremos nunca una familia perfecta, pero nos queremos, nos comprendemos y nos apoyamos.

—Somos una familia creada por lazos más grandes que la sangre.

—Exacto, niñita. La sangre nos crea, nos cría, nos enseña. Pero no tiene por qué ser lo más grande.

—Llama a Marcos —insté a Gelo—. La buhardilla puede servir a cualquiera que le haga falta, ¿no crees?

—¿Segura?

Asentí y noté las comisuras de mis labios titubear.

Aquella noche Marcos se mudó a nuestra casa y, a pesar del escozor que sentí al pensar que dormiría en la estancia que hacía poco albergaba el cuerpo, el alma y la vida de Alexis, me gustó tenerle cerca. Entre Gelo, Ainhoa, él y yo siempre hubo una química muy bonita y le tenía mucho cariño.

Pasé varios días dándole vueltas a cómo contarles a mis padres lo de mi embarazo, intentando anticipar todas las posibilidades para que la charla saliera bien.

Hasta que me cansé y los llamé. Me fui a mi habitación y dejé de respirar cuando escuché el primer tono de la llamada.

Y así hasta que tras varios pitidos, la llamada se cortó.

Probé varias veces pues sabía que el coraje desaparecería en cuanto saliera de mi habitación.

Pero nadie descolgó. Exhalé un suspiro hondo e intenté calmar mi alocado corazón.

Entonces mi móvil comenzó a sonar. Miré quién era: mis padres. Era la hora. Yo podía.

Descolgué y me llevé el móvil a la oreja. Los saludé con alegría fingida para ocultar mi nerviosismo.

—¿Estás bien? ¿Ha pasado algo? —preguntó mi madre alterada—. Tenemos cuatro llamadas tuyas.

La calmé y cuando me preguntó cómo llevaba que Alexis se hubiera ido, rehuí la pregunta, como hacía siempre que preguntaban.

Compartíamos genética, pero no había confianza entre nosotros.

Bastante me costó contarles que se había largado.

En su lugar les conté que Marcos y Ainhoa vivían con nosotros y que había otra cosa que tenían que saber.

Absorbí todo el coraje que encontré y solté la bomba.

—Estoy embarazada.

Mi padres se alteraron y hablaron uno sobre el otro. El valor escapó de mi cuerpo, dejándome sola ante la inminente catástrofe. Me sentí pequeña. Muy pequeña. Diminuta.

—¿Hace cuánto que lo sabes? —demandó mi madre—. ¡¿Y a qué esperabas para decírnoslo?! ¡¿A que el bebé hubiera nacido?! —Su voz sonó histérica.

—Julia, no te alteres. —Mi padre habló con voz suave—. Deja de atosigarla. Nos lo está contando ahora. —Se puso de mi parte. ¿Y eso? Era nuevo.

—¿En serio, Jorge? Tu hija te acaba de decir que va a ser madre. ¡Vamos a ser abuelos! ¡Y es del tío que hace meses la dejó! ¡¿Cómo puedes estar tan tranquilo y decirme eso?!

La rabia hirvió dentro de mí y la grité que no exagerara.

Eso solo sirvió para que mi madre se alterara más y me volviera a preguntar con tono acusatorio hacía cuánto sabía que estaba embarazada.

¿Debía ser sincera o mentir? Mentir haría que mis padres no se sintieran dolidos.

Contar la verdad sería iniciar la tercera guerra mundial viendo cómo se habían tomado la noticia.

Fui un poco suicida y decidí ser sincera.

Mi madre estalló cuando supo que hacía casi dos semanas que lo sabía.

Y lo volvió a hacer cuando se enteró de que no eran ni por asomo los primeros en saberlo.

—Entonces, ¿somos los últimos en enterarnos? —preguntó mi madre mitad dolida, mitad irritada—. ¡Por Dios, que somos tus padres! ¡Que te parí! ¿En qué estabas pensando?

Mi madre perdió los estribos y a mí la ira me atravesó el cuerpo entero ante sus gritos.

—Mira, mamá, la última vez que estuvisteis aquí dijisteis que iba a cambiar a mejor nuestra relación. Y la realidad es que estamos, ¡como siempre! Ni más, ni menos. —Les eché en cara harta de callarme la boca.

Mi madre, lejos de entrar al trapo, guardó unos segundos de silencio junto a mi padre.

—Un bebé… ¡Voy a ser abuela! —La voz de mi madre se quebró por la emoción—. ¿Vas a tenerlo, no?

Le dije que sí, pues a pesar de no sentirme preparada para ser madre de aquel bebé, sabía que nunca sería capaz de parar el corazón del bebé que albergaba dentro —aunque en aquel momento no fuera más que un cúmulo de un puñado de células— interrumpiendo mi embarazo.

—Vamos a estar para lo que necesites —aseguró mi madre con la voz quebrada—. A ese bebé no le va a faltar cariño por parte de sus abuelos. Ni a ti tampoco, cielo.

Mi mente me repetía una y otra vez que no la creyera, que eran solo palabras, como las de Alexis. Que no estarían, como había pasado siempre. Pero mi corazón se llenó de calorcito y una tímida sonrisa asomó entre mis labios.

—Os quiero cerca.

—Vamos a estar —prometió mi padre.

Y esa vez, el corazón ganó por goleada y les creí. Sin dudar.

Tras colgar, busqué a mis amigos y les conté la conversación con mis padres. Ainhoa aprovechó para decirme que había llamado a la matrona y pedido cita una tarde para que ella pudiera venir conmigo. Adoré aquel detalle.

Dos días después, Ainhoa me acompañó a la matrona tal y como me prometió.

La enfermera me pesó, me midió y me preguntó por el día de mi última menstruación.

¿Quién se apunta cuándo tuvo su última regla?

Yo, desde luego, no. Decidí un poco al azar el primer día de mi última regla.

La matrona me programó una revisión con el obstetra en la semana ocho de gestación, donde podrían decirme con más exactitud mi fecha probable de parto.

Era real. Ir a la matrona lo hizo real. Un pequeñín crecía dentro de mí. Instintivamente llevé las manos a mi vientre y lo rocé. Me agobié ante mi gesto y tuve que salir de la consulta a toda prisa para poder respirar aire puro fuera del Centro de Salud.

Cuando volvimos a casa, pusimos al día a Gelo de todo y poco después, mientras yo hacía un puzle con Angelito en la mesa del comedor y Ainhoa se duchaba, Gelo volvió a la carga con sus ideas locas. Marcos aún trabajaba.

—Ari, ¿recuerdas eso que te dije de un chico al que le gustaba montar? —preguntó. Asentí sin levantar la mirada del puzle a pesar de no recordar nada—. Pues he podido enterarme bien de la historia y…

Me tensé, levanté la mirada del puzle y la clavé en mi mejor amigo, quien cayó de manera abrupta.

—No. —Le corté seca.

Gelo bufó y negó. Yo me crucé de brazos, como si así pudiera crear un escudo.

—Solo quiero contarte una curiosidad. —Gelo elevó sus manos al aire. Resoplé y le insté con la cabeza a que siguiera—. Su abuela y mi abuelo se conocen.

—¿Y? Eso no lo hace una buena idea de manera automática.

—Deja que termine —gruñó impaciente.

Resoplé y Ainhoa apareció en el salón con el pelo húmedo de la ducha.

Justo a tiempo para escuchar la próxima locura de Gelo.

Nos contó que el chico tenía un hermano pequeño, Cristian.

Llegaron al pueblo tras haber perdido a sus padres.

Su hermano mayor pensó que volver a montar le haría dejar de estar encerrado en sí mismo y enfadado con el mundo.

La historia tocó un poco mi corazoncito y lo ablandó.

Pero solo durante los primeros minutos, luego mi coraza se abrió pasó en mi corazón y me negué en redondo a pesar de todos los argumentos que Gelo me dio.

—Él necesita a Finca Deva y sus caballos —Terminó Gelo.

Ainhoa intercedió por mí y le dijo a nuestro amigo que me dejara tiempo para valorarlo.

En un principio me volví a negar, pero miré a Gelo y en sus ojos vi algo, nostalgia de la persona que fui meses atrás, pena, enfado por no darle una oportunidad a su idea, preocupación y algo más.

Y ese algo fue lo que hizo que dijera que lo pensaría.

—Gracias, Ari. Finca Deva tiene un algo especial.

—Lo sé.

Dejamos la conversación cuando Marcos volvió de trabajar y Gelo se fue a hacer la cena.

Al ser cuatro adultos, establecimos que nos turnaríamos para cocinar y Gelo y yo prometimos sin pronunciar palabra alguna que cualquiera de las recetas que algún día nos gustaron o aprendimos de Alexis, se quedarían guardadas en un cajón.

Tener a Marcos en casa fue un soplo de aire fresco y poder ponerme al día con él me hizo recapacitar sobre qué fue lo que nos distanció. Y si sería posible recuperar esa amistad que dejamos a un lado años antes sin recordar el motivo. Tal vez solo fue la distancia.

Pocos días después, me acerqué a la papelería para buscar un cuaderno tamaño cuartilla y un bolígrafo azul claro.

Esa misma noche me senté en el borde de la cama, frente a mi escritorio. El día anterior habíamos metido otra cama para Ainhoa en mi habitación y tuve que desprenderme de mi silla, pues no había forma de poder encajarla.

Abrí el cuaderno por la primera página y me enfrenté a una página en blanco. La observé durante eternos segundos, sin saber muy bien qué escribir o por dónde empezar. Lo único que tenía era la idea.

Tras encarar aquella primera página en blanco y sentirme incómoda, me dejé caer hacia atrás y me quedé observando el techo hasta que Marcos nos llamó para cenar. Guardé el cuaderno en el cajón, junto al boceto, e intenté poner la distancia máxima que pude entre ese cuaderno de tapas azules y yo.

Cenamos los cinco juntos y cuando volví a mi habitación, me senté en mi escritorio y con un revoltijo de emociones en el estómago, me enfrenté de nuevo al cuaderno azul.

Estoy embarazada.

Alexis, no sé cómo contactar contigo.

Solo quiero que sepas que si te hubieras quedado, habríamos sido padres juntos.

No quería ser madre antes de los treinta (mínimo), pero contigo pensé que no me importaría que fuera antes. Te veía interactuar con Angelito y, a veces, me imaginaba que no era Angelito, sino nuestro hijo biológico. Mitad yo, mitad tú.

Pero ahora… no vas a estar en el día a día de nuestro bebé. No le verás crecer, meter la pata, caer y volverse a levantar. Pero yo estaré por los dos y lo haré lo mejor que pueda. No estaré sola. Están Gelo y Ainhoa. Y ahora creo que también puedo contar con Marcos.

Me hubiera gustado que hubieras ejercido de padre. Creo que habrías sido uno de los buenos.