Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

Aprender a perder es un camino difícil e importante.

–Brillo por tu ausencia, Lae Sánchez

A la mañana siguiente, hice mi maleta, insté a Togo a seguirme y me subí al coche. Iba a poner rumbo a Barcelona y no sé, recorrer todas sus calles esperando que mis ojos tropezaran con la figura de Alexis en algún momento.

Antes de arrancar, hice una llamada conjunta con Gelo y Ainhoa y les conté mi plan. Ambos entraron en pánico.

—¡Vuelve a casa! —gritaron al unísono—. Espéranos.

Me quedé unos segundos en silencio. Cerré los ojos e intenté pensar con claridad. Quería irme. Debía buscar a Alexis. Debía encontrarle. Tenía que hablar con él. No podía esperar. Pero… me di cuenta de que era una locura.

Salí del coche a trompicones seguida por Togo, que no entendía qué pasaba.

Sorbí por la nariz y parpadeé para alejar las lágrimas que no cesaban de caer.

Estaba harta de sentirme mal, de sentir aquel vacío, de quererle de vuelta.

Pero no sabía cómo luchar contra aquellos sentimientos.

O tal vez aún no estaba preparada para enfrentarme a ellos.

Gelo y Ainhoa me hicieron entrar en razón.

Al final solo me quedó la esperanza de mandarle un mensaje que, quizá, le llegara en algún momento.

No vi otra opción para contactar con él.

Ni siquiera sabía sus apellidos, una dirección de email …

algo más que un nombre y fecha de nacimiento.

Pasé días enteros ensayando mentalmente las palabras que le diría, hasta que una tarde, sentada en el columpio de la entrada, sostuve el móvil con manos temblorosas.

La congoja me oprimía la garganta y el estómago.

No fui capaz de escribir más de dos palabras: estoy embarazada.

Dos palabras que nunca llegarían. Días después, Gelo, exasperado, trató de contactar con Alexis, pero saltó una voz de mujer que decía que el número no existía.

Esa fue la señal definitiva. No había más. Alexis no estaría ni para mí ni para nuestro bebé.

Esa sensación de vacío tan desagradable me volvió a invadir y dejé que se instaurara en mi pecho y se quedara a vivir en mi alma durante más de lo que me atrevo a reconocer.

El peso de saber, a ciencia cierta, que no volvería me ahogó. Sentí una presión punzante en el pecho y supe que iba a sufrir otro ataque de ansiedad.

Me destrozó, me rompió en mil pedazos.

Cuando Alexis me habló de estar roto, nunca entendí a qué sensación o sentimiento se refería. En ese momento lo comprendí. Y dolía tanto que no entendí cómo pudo recomponerse tantas veces.

Dejé de escribir porque todo giraba en torno a Alexis y no podía pararlo.

Escribir, en aquel momento, no me curaba.

Qué triste dejar de hacer algo que me encantaba por los recuerdos que despertaba y que no sabía manejar sin que me alteraran y me hicieran daño.

Borré nuestras fotos, cualquier canción que le gustaba o que me recordara a él.

Me centré en las canciones de mis raperos, que fueron en algunos momentos mi terapia para abordar la pérdida.

Sus canciones siempre llegan al alma y calman en los peores momentos.

Sus letras profundas, crudas, sin mentiras, sin esconder ningún sentimiento por vergonzoso que sea.

Lo único que quedó de Alexis en casa fue su ropa, que escondí en una caja en el armario de Gelo, el boceto roto en mil pedazos y los tuppers congelados de comida que alguna vez él cocinó para mí y que cuando no miraba, mis amigos se iban comiendo porque yo de solo pensar en ellos, se me encogía el estómago. Y los recuerdos bullendo dentro de mí.

Con todo guardado o borrado, me pareció que él nunca estuvo en casa, que nunca formó parte de mi vida. Eso me hizo creer mi mente. Debía creer en ella y dejar a mi magullado corazón de lado.

¿Por qué no podía crear una gran coraza a mi alrededor tan fuerte como para que nada llegara a mi corazón? Debía crearme una.