Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

La amistad, fragancia de bienestar, vendaje de amabilidad, hogar.

La amistad, nada la puede reemplazar, es vida y es paz.

–La realidad de mi mente, Darío Rodríguez Escribano

U n mes después de la huida de Alexis, Gelo, tras volver de trabajar, me trajo una caja con un predictor.

Ambos pensábamos que saldría un hermoso negativo como una casa, pero, al menos, así me quedaría tranquila con mis varias semanas de retraso.

Pero en el predictor salieron dos rayas rosas, una al lado de la otra sobre un fondo blanco.

Se veían perfectamente, no había lugar a equívoco.

No había que mirar el predictor a trasluz, ni acercarlo más a nuestros rostros para verlo.

Se distinguían a varios metros de distancia.

Mi corazón, que llevaba acelerado desde que saqué el test de su caja, latió con más violencia contra mis costillas mientras que de mis manos caía el predictor al suelo del baño.

Estaba embarazada.

Era real.

Se me llenaron los ojos de lágrimas y se me formó una gran bola en la garganta.

Gelo, a mi lado, no pronunció palabra alguna durante los primeros minutos de shock .

—¿Qué fiabilidad tienen estas pruebas? —murmuró mientras cogía la caja—.

Hay que llamar a Ainhoa para que vuelva a casa.

Hay que… —Gelo se aturulló y dejó la frase a medias.

Su mirada se turbó de pronto, como si viajara a otro tiempo, a sus dieciocho años cuando Laura le mandó una foto de un predictor positivo.

Intenté abrir la boca, pero no pude. Mi cuerpo entero comenzó a temblar, tuve miedo de que mis huesos se quebraban uno por uno y que mis músculos no pudieran dejar de vibrar.

Gelo me miró y tiró la caja por encima de su hombro.

Pasó su mano por mi rostro y la dejó en mi mejilla, acariciándome con suavidad.

—En realidad da igual la fiabilidad. Vamos a estar bien. Y ya le contaremos esto a Ainhoa cuando vuelva —agregó con voz suave cuando encontró la calma.

Por una vez, fue el más sensato de los dos.

No dijimos nada por unos minutos, ambos necesitábamos asimilar la noticia.

—Voy a tener un bebé —susurré sin creerme lo que pronunciaba. Porque en mis planes no entraba tener un bebé antes de los treinta.

Solo tenía veinticuatro años y me iba a cambiar la vida, otra vez. Aún no acababa de encajar al cien por cien con Angelito y tendría que añadirle un bebé y ningún padre biológico cerca.

—No. —La voz de Gelo sonó contundente—. Vamos a tener un bebé —remarcó mi mejor amigo y esbozó una pequeña y lenta sonrisa—. Y yo voy a dejar de fumar desde hoy.

—Pero… —comencé con mis ojos aguándose.

Él me cortó, sin dejar que terminara la frase.

—Estamos juntos en esto. Como siempre.

—Te quiero —le dije sin creerme aun lo que el predictor nos contaba.

—Y yo a ti, Ari.

Fui ese «cero coma yo qué sé por ciento» de mujeres que se quedan embarazadas usando el anillo anticonceptivo.

Embarazada.

Estaba malditamente embarazada.

Iba a tener un bebé mitad yo, mitad Alexis. Un bebé como muchas veces hablamos de tener. Que tuviera su buen corazón y sus ojos. Que se pareciera a mí también. Que cuando le mirara, nos viera a ambos.

Pero él no estaría, no tocaría mi barriga ni le cantaría al bebé como alguna vez me dijo que haría. No le vería nacer o llevaría su apellido. Alexis nunca sería padre porque la figura de padre se forja, no se regala.

El dolor, la ira, la impotencia, la angustia y al final un ataque de ansiedad, me sumieron en un mundo oscuro.

Uno que no había conocido antes, donde Alexis no iba a proporcionarme cobijo, donde yo me rompía.

Uno donde me sentí sola, completamente sola a pesar de no estarlo.

Uno del que Alexis se marchó y en el que yo me quedé intentando sostener los muros que ambos construimos mientras estos caían de manera inexorable a mi alrededor.

«Voy a tener un bebé, voy a tener un bebé, voy a tener un bebé».

No quería tener un hijo así.

Quería una familia.

Dejé que la incertidumbre lo consumiera todo dentro de mí hasta que no quedaron más lágrimas que derramar.

Ainhoa entró en casa y nos buscó. Gelo la debía haber avisado. Sus brazos rodearon mi cuerpo y sentí que podía romperme sin miedo.

—Vas a ser la mejor mamá del mundo. Y yo voy a poder disfrutar tanto como disfruto de Angelito de ser tía otra vez —susurró en mi oído.

Las lágrimas volvieron a agolparse en mis ojos—.

Él no se merece ni una sola lágrima. Tu hijo se merece una madre fuerte.

Una que viva como tú antes de que él se fuera.

Ainhoa tenía razón. Tanta razón… Solo me dejé caer al vacío, esperando abrazar lo que hubiera abajo, tan abajo como fuera posible llegar.

Aquella noche, cogí una sudadera de Alexis de mi armario y me escapé sin ser vista a la buhardilla seguida por Togo.

Él siempre venía conmigo, como si supiera que podía convertirse en mi ancla.

Me agaché a su lado para estar a su altura, mis rodillas tocaron el rellano del último escalón.

Le abracé y enseguida me sentí reconfortada.

Tenía pánico de volver a entrar allí, pero lo necesitaba.

Sentir cerca a Alexis, porque en mi cuerpo albergaba al hijo de ambos y él no estaba a mi lado.

Entré con reparo en la estancia. Un olor a cerrado y tabaco, junto con un vacío inmenso, me envolvió al instante.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo; apreté contra mi pecho la sudadera que llevaba en mis brazos, hecha un burruño .

Togo se colocó a mi lado y pegó su lomo a mis piernas, ofreciéndome seguridad.

Fuimos hasta una de las ventanas, desde donde observé la calle.

Me perdí en mis pensamientos, buscando sin querer la figura a la que pertenecía la cazadora negra y la sudadera con capucha gris.

Negué con la cabeza, desviando mi atención a la estancia.

Me acerqué a la cama, me puse la sudadera de Alexis y me dejé caer en el colchón.

Togo se subió, apoyando su enorme cabeza peluda en mi estómago.

Bajé mi nariz al borde de la sudadera y aspiré el escaso aroma de Alexis que aún quedaba impregnado.

Respiré hondo mientras observaba las vigas de madera del techo y me planteé si era buena idea traer a ese bebé al mundo.

Tenía dudas. Porque no había padre del bebé, porque no era un hijo buscado, porque estaba deprimida, porque…

porque pensé que estaba pasando por uno de los peores baches de mi vida.

¿Debía tenerlo? Y si lo tenía, ¿quién me aseguraba que no iba a llegar Alexis años después para llevárselo de mi lado?

¿Y si no era una buena madre? ¿Y si no sabía cómo educarle en los valores que a mí me inculcaron de pequeña y en los que creía?

¿Y qué iba a decirle al bebé cuando creciera y preguntara por su padre?

¿Cómo iba a vivir con el remordimiento de no haber removido cielo y tierra para encontrar a Alexis?

¿Y si no tenía al bebé? ¿Podría vivir con el hecho de haberme deshecho de nuestro hijo?

¿Podría seguir con mi vida como si nada? ¿No tendría remordimientos?

¿Qué debía elegir?

No verbalicé mis dudas a nadie, no quería que me vieran titubear e intentaran convencerme de su punto de vista.

Era una decisión que debía tomar yo.

Solo yo.