Capítulo 2
La familia no la forman esas personas con las que compartes sangre, sino las personas por quienes estarías dispuesto a derramarla.
–Todos en mi familia han matado a alguien, Benjamin Stevenson
M e puse una de las sudaderas que Alexis no se llevó, cogí mi portátil y, seguida por Togo, subí a la buhardilla.
Abrí la puerta y dejé que el olor a madera y cigarro me llenara.
Sentí una punzada en el corazón y me inundó el recuerdo amargo de la primera y única vez que entré allí.
Me quedé en el umbral de la puerta unos segundos y dudé si pasar o no, pero algo tiró de mí.
Tal vez la nostalgia. Al final entré. Escaneé la habitación casi vacía. No quedaba nada de él.
El suelo de madera crujió bajo mis pies, mientras me acercaba a la cama en mitad de la estancia.
Me tumbé en el colchón, solo cubierto por un edredón azul.
Nuestro color favorito. Observé las vigas del techo mientras el frío y la suavidad del tejido en mi piel me envolvían y un escalofrío me recorría la espalda.
Anhelaba la mirada de Alexis sobre mí, el contacto de su boca y su cuerpo dando calor y cobijo al mío.
Sucumbí a la tristeza, todo se volvió oscuro en mi interior.
Como si leyera mi estado de ánimo, Togo se subió en la cama, apoyó su gran cabeza peluda en mi abdomen y un destello de calidez apareció en mitad de mis tinieblas.
Alexis se había ido.
Instintivamente llevé el cuello de su sudadera a mi nariz y olí su fragancia.
Su esencia seguía allí mezclada con el olor a tabaco e imaginé que Alexis estaba a mi lado.
Que entonaba una de mis canciones con sus labios pegaditos a mi oído y una pequeña lágrima escapó de mis ojos y se perdió en mi rostro.
Pensé que jamás podría olvidar su aroma, el tacto de sus dedos acariciando mi cabello, el sonido de su risa. Quería tenerlo de vuelta.
Sorbí por la nariz, cerré los ojos y dejé que el dolor me llenara y corrompiera todo lo bonito que aún habitaba en mi interior.
Cuando me calmé, me levanté de la cama y contemplé los muebles que quedaban en la estancia. Algo llamó mi atención en la librería vacía. Mi corazón comenzó a bombear apresurado, resonando hasta en mis oídos, cuando por fin llegué al mueble. Entonces lo vi bien.
Un boceto.
Una pareja que montaba a caballo. Cogidos de la mano.
Él y yo mirándonos. Éramos él y yo. Y Troya y Capri. Los distinguí perfectamente.
Los ojos se me humedecieron y temblé. Cogí el papel con torpeza, atónita ante lo que estaba contemplando y cuando lo tuve entre mis manos, una gota de ira se extendió como veneno mientras admiraba aquel boceto.
Lo rasgué en pedazos, arrugué con saña e hice una bola entre mis manos.
Un sonido gutural salió de mi garganta mientras lo lanzaba al suelo.
¿Qué significaba aquel dibujo? Nosotros jamás habíamos montado juntos.
¿Era lo que un día soñó hacer conmigo? ¿Así nos imaginaba?
Y… ¿lo había dejado adrede o lo había olvidado al marcharse?
Hui de allí. Dejé el boceto roto y arrugado en el suelo. No le conté a nadie lo sucedido.
Pocos días después el arrepentimiento me embargó y, con el estómago encogido, me senté en el suelo y recogí los trozos.
El boceto estaba destrozado. Alisé como pude cada pedacito y los coloqué en la estantería.
«¿Y ahora qué?». No me supe contestar y decidí que podía esperar a saber qué hacer con ellos.
Llevé a la buhardilla algunos libros en los que metí los trocitos del boceto para aplanarlos del todo y llegué a la conclusión de que cuando estuviera preparada, pegaría cada trocito de papel en su lugar, pues era un boceto precioso.
Subí la ropa que Alexis dejó y la usé pensando que así le sentiría más cerca.
Allí me pasé las horas junto a Togo, escribiendo sobre él, sobre nosotros, escuchando sus canciones, rozando con mimo los trocitos del boceto, rompiéndome en más pedazos. Y así durante una semana.
Daba pena.
Hasta que una tarde Ainhoa irrumpió en la buhardilla con una maleta. La observé con curiosidad.
—Me mudo unos días contigo —dijo con determinación desde el umbral de la puerta—. Pero tienes que dejar de venir aquí. —Su voz tembló y sus ojos se humedecieron al añadir—: Te estás haciendo mucho daño y no mereces ese dolor en tu duelo. Tienes que estar abajo con tu familia.
Acepté, pese a mi reticencia, al descubrir el sufrimiento que provocaban mis acciones.
La abracé mientras contenía las lágrimas que amenazaban con escapar.
En aquel abrazo tuve una certeza: Ainhoa y Gelo nunca se irían.
Siempre serían el barco en mitad de mi mar embravecido para rescatarme. Mi brújula y mi faro.
Recogí los libros que subí, metí en una caja la ropa de Alexis y salí junto a Ainhoa de la buhardilla.
Antes de cerrar la puerta, eché un último vistazo a esas cuatro paredes que durante tanto tiempo albergaron el cuerpo y la vida de Alexis.
No estaba preparada para irme, pero quedarme no era una opción.
Mi duelo no debía ser caer sola y a la deriva.
Mi duelo debía ser tristeza, pena, angustia, pero junto a mis seres queridos.
Angelito se lanzó hacia mí al vernos entrar por la puerta y nos abrazamos con fuerza. Gelo me dedicó una mirada cálida junto con una franca sonrisa.
—Ari dejará de pasar las tardes en la buhardilla. Y yo me mudo aquí unos días —anunció Ainhoa.
—¿Y Juli? —preguntó Gelo escéptico mientras observaba la maleta de Ainhoa.
—Seguro que lo entiende. —Ainhoa se encogió de hombros indiferente—. Sabe que necesito estar aquí.
—¿Estás segura? —dudé.
Ainhoa asintió.
—Entonces… ¡Bienvenidas a casa, chicas! —Gelo se acercó a nosotras y nos abrazó con fuerza—. ¿Dónde quieres dormir?
—¿Dormimos juntas? —Ainhoa me miró y asentí.
Me escabullí a mi habitación y me dio tiempo a guardar los trocitos del boceto en el cajón de mi mesa y dejar la ropa de Alexis en mi armario antes de que llegaran mis amigos y el crío.
Mientras Ainhoa colocaba su ropa en mi armario, Angelito saltaba en mi cama y Gelo parloteaba sobre lo genial que era que viviéramos los cuatro juntos, una sombra en la ventana llamó mi atención.
Fijé la vista en la acera de enfrente y advertí una figura con una cazadora de cuero negra.
Bajo ella una sudadera gris y capucha puesta.
Al instante me tensé y mi corazón comenzó a bombear rápido, loco.
Mi mano fue directa a mi corazón, donde estrujó la camiseta que llevaba.
¿Era Alexis? Clavé la vista en sus andares y caí de inmediato en que no era él.
Suspiré aliviada o tal vez fue un gemido de dolor.
¿Por qué no podía dejar de ver a Alexis en cada persona?
Mi curiosidad me hizo seguir observando a la figura caminar. ¿Quién sería? Por su complexión parecía un chico, por su capucha puesta, con cero ganas de interactuar con el mundo exterior. Parecía querer pasar desapercibido. Pensé que tal vez se encontraba tan perdido como yo en aquel momento.
—¿Ádriel? ¿Estás bien? —Gelo se acercó a mí.
Desvié mi mirada de la ventana hacia mi habitación, carraspeé para recomponerme y asentí. Volví a mirar hacia la ventana, pero la figura con capucha había desaparecido.
—¿De verdad? Estás muy rara.
—¿Has visto algo ahí fuera? —Ainhoa se acercó a la ventana de mi habitación y echó un vistazo disimulado fuera.
—No —mentí.
—¿Has creído ver a Alexis otra vez? —insistió Ainhoa.
Negué y no me creyeron, pero ninguno dijo nada al respecto. Me dejaron que conviviera con mis propios demonios. Sin juzgar. Sin intentar borrarlos antes de tiempo.
Cenamos los cuatro juntos y se me hizo raro que Ainhoa se quedara tras la cena; pero me encantó la idea de no tener que separarme de ella.
—¿Sacamos a Togo? ¿Te apetece? —preguntó Ainhoa.
Negué. Ya no sacaba de manera asidua a Togo. Y nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia, iba al descampado. Huía de aquel lugar todo lo posible.
—No. Me voy a la cama.
Me costaba horrores conciliar el sueño y apagar el cerebro.
Sin embargo, desde aquella primera noche que dormí junto a Ainhoa, sentirla cerca me calmó un poquito.
Ella mitigó mis ganas de llorar. No hablábamos de nada en particular cuando no era capaz de conciliar el sueño.
Si me despertaba por la noche, ella buscaba mi mano a tientas y con mucho sueño en su voz, me murmuraba palabras bonitas que me hacían dejar la mente un poco en blanco, lo necesario para volver a dormir. Ella siempre estuvo allí.
Con todo, no quise volver a ser vulnerable ante nadie nunca más.