CAPÍTULO 23 PROBAR OTRA COSA
La semana siguiente, Gabriel descubrió que tener permiso para entrar a la casa de Renata no significaba que fuera capaz de hacerlo con naturalidad.
El miércoles a las seis y cuarenta llegó antes que ella, como habían acordado.
Había mandado un mensaje desde la universidad.
Renata había respondido con un «Entrá» que, a esa altura, ya no parecía una orden extraordinaria.
Aun así, cuando puso la llave en la cerradura, miró el pasillo vacío como si un comité invisible de propietarios estuviera a punto de evaluar su conducta. Entró.
El departamento estaba en silencio. Dejó la mochila junto al sillón, encendió una lámpara y fue a la cocina.
No abrió cajones que no necesitaba abrir ni empezó a comportarse como si llevara años viviendo allí.
Puso agua a calentar porque Renata había escrito que venía congelada y después se sentó a corregir dos trabajos en la mesa.
Veinticinco minutos más tarde, la puerta se abrió. Renata entró con el bolso, un tubo de planos y una botella de vino envuelta en papel madera.
—Estás adentro —dijo.
Gabriel levantó la vista.
—Me dieron instrucciones muy claras.
—Qué alivio que sepas seguirlas.
Ella dejó todo sobre la mesa y se quitó los zapatos. Parecía cansada, pero había una energía distinta debajo del cansancio.
—¿Terminó? —preguntó Gabriel.
Renata miró la botella.
—Terminó.
Esa tarde habían cerrado formalmente el proyecto Molina-Ferreyra después de una recorrida final de casi dos horas.
La botella era un regalo de los clientes.
Por lo que Renata le había ido contando, Gabriel sabía que el proyecto había sobrevivido a cambios de carpintería, discusiones sobre puertas, una biblioteca que amenazó con medir mal tres veces y varias semanas de ajustes.
—¿Y? —preguntó.
Renata se sentó frente a él.
—Tomás cerró la puerta del estudio.
—Escándalo.
—Lucía estaba en la cocina.
—Separados por madera maciza. El amor ha muerto.
Renata le tocó el tobillo con la punta del zapato.
—Y podían verse desde la llegada del pasillo. Ella dijo que ahora la puerta parece una puerta y no el final de la casa.
Gabriel sonrió.
—¿Tomás?
—Dijo que por fin puede tener una videollamada sin escuchar la licuadora.
—Un romántico.
Renata sostuvo el tubo de planos con una mano.
—Les quedó bien.
No dijo «me quedó bien». Gabriel notó la diferencia porque había escuchado durante meses cómo hablaba del proyecto. A él no le sonó a falsa modestia. Le sonó a satisfacción por haber diseñado para esas dos personas y no para una idea correcta en abstracto.
—Daniel dijo que dejara de mirar la puerta porque ya estaba aprobada —añadió.
—Daniel parece conocer tus debilidades.
—Daniel quiere cerrar la carpeta y cobrar el saldo.
—También es una forma de amor.
Renata sonrió y se levantó para servirse agua. Gabriel cerró el documento que estaba corrigiendo.
—Habíamos quedado en salir —dijo ella desde la cocina.
—Sí.
—No quiero.
Gabriel esperó un segundo.
—¿Querés quedarte acá?
—Quiero bañarme, comer algo y no usar zapatos durante doce horas.
—Plan sólido.
Renata volvió con el vaso.
—¿Te molesta?
La pregunta tenía más historia de la que necesitaba esa noche. Gabriel la reconoció y decidió no convertirla en examen.
—No. Pero tengo una contrapropuesta.
—A ver.
—Yo cocino. Vos te bañás. Después decidimos si la botella de clientes agradecidos merece ser abierta un miércoles.
—Merece.
—Excelente. Negociación completada.
Renata lo observó un momento.
—No te estás bancando el cambio para demostrar que aprendiste algo, ¿no?
Gabriel se rió.
—No. Me estoy bancando el cambio porque tampoco quería ponerme zapatos de salir.
—Bien.
—Y porque el sábado te voy a decir que no.
Ella frunció el ceño.
—¿A qué?
—Todavía no me pediste nada. Estoy adelantando trabajo.
—Sos insoportable.
—Pero con límites.
Renata fue al dormitorio. Gabriel abrió la heladera con el permiso de alguien que ya sabía dónde estaban las cosas sin pensar que eso lo convertía en dueño de ninguna. Había verduras, queso, huevos y un recipiente con arroz. Encontró una sartén, puso música baja y empezó a cocinar.
El sábado, Renata efectivamente le pidió que la acompañara a una muestra de iluminación. Gabriel tenía pensado pasar la tarde solo, leer y no hablar con nadie después de una semana de clases, reuniones y dos cenas familiares. Le dijo que no.
Renata respondió:
Perfecto.
Cinco minutos después agregó:
Si veo una lámpara espantosa te mando foto.
Mandó seis.
El domingo siguiente fue uno de los dos que habían marcado como propios.
No hicieron nada memorable. Desayunaron tarde en casa de Gabriel, caminaron hasta una plaza, compraron helado y terminaron la tarde cada uno con un libro en extremos distintos del sofá.
A las ocho, Renata dijo que quería dormir en su casa y se fue.
Gabriel no sintió que la noche hubiera quedado incompleta.
A la semana siguiente, fue él quien pidió cambiar un jueves porque Teresa necesitaba ayuda con un trámite.
Renata dijo que sí y propuso verse el viernes.
El viernes ella llegó a casa de Gabriel antes que él, usó la llave que llevaba desde hacía meses y dejó una bolsa de comida en la cocina. No hubo ceremonia.
La tercera semana fue la primera en la que Gabriel dejó de contar cuántas veces estaban haciendo bien el nuevo arreglo.
El miércoles de esa tercera semana, mientras Renata salía de la ducha y él revolvía huevos con arroz en una sartén, el teléfono de Gabriel vibró sobre la mesa. Era un correo de un colega que preguntaba si podía sumarse a una comisión el mes siguiente.
Gabriel abrió el correo completo y después miró el calendario.
Tenía espacio. Su colega había escrito «si te interesa» y, unas líneas más abajo, «si no, busco a otra persona».
Gabriel volvió a leer esa última frase. Nadie quedaba en problemas si decía que no.
Tampoco tenía que cubrir una urgencia ni salvarle el día a nadie.
La pregunta era bastante más simple: si quería hacerlo.
Repasó las fechas, pensó en la comisión y se sorprendió sonriendo. Sí, quería. Respondió: «Contá conmigo».
Renata apareció con el pelo húmedo y una remera vieja.
—¿Acabás de aceptar algo?
—Sí.
—¿Volvimos atrás?
—No. Quería hacerlo.
Ella asintió como si la respuesta fuera suficiente. Y lo era.
Gabriel guardó el teléfono y sirvió la comida.
Había tardado meses en entender que una vida compartida no se medía por la cantidad de cosas que dos personas hacían juntas, ni por cuántas puertas podían abrir sin tocar.
Era algo menos elegante y bastante más exigente: poder pedir, poder negar, poder cambiar un plan y seguir sabiendo dónde estaba el otro.
Renata probó el arroz.
—Le falta sal.
—Eso sí es una agresión estructural.
—Te estoy dando información.
Gabriel le alcanzó el salero. La nueva forma no era perfecta.
Era de ellos.