Te quiero, pero no me mudo (Amores imperfectos 2) CAPÍTULO 22 ENTRÁ
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CAPÍTULO 22 ENTRÁ

El jueves a las siete y diecisiete de la tarde, el portero eléctrico sonó mientras Renata terminaba de guardar dos muestras de madera que había dejado sobre la mesa. Miró la pantalla del teléfono por costumbre, aunque sabía quién era.

—Subí —dijo después de atender.

Dejó el teléfono y volvió a la mesa. Había pasado buena parte del día pensando en una conversación que, por primera vez en semanas, no necesitaba explicar qué no quería. Eso debería haberla vuelto más fácil. No lo había hecho.

Cuando escuchó pasos en el pasillo, esperó. Gabriel se detuvo del otro lado de la puerta. Pasaron dos segundos. Después tres. Renata levantó la voz.

—Tenés llave.

Hubo una pausa.

—No sabía si seguía vigente.

Renata miró la puerta cerrada.

—Por eso te pedí que la trajeras.

La cerradura giró. Gabriel abrió apenas, asomó la cabeza y la miró como si todavía pudiera descubrir una cláusula escondida detrás del marco.

—¿Entrá es la respuesta correcta?

—Entrá.

Gabriel lo hizo. Llevaba la mochila del trabajo, la llave todavía entre los dedos y una bolsa de una rotisería que dejó sobre la mesada.

—Traje comida porque tu mensaje tenía la calidez de una citación judicial.

—Es pollo.

—Sí.

—Entonces te perdono.

Se besaron. No fue un beso de reconciliación ni de cierre, porque todavía no habían cerrado nada. Fue el beso de dos personas que seguían queriéndose y habían pasado casi una semana aprendiendo a decir cosas menos torpes.

Gabriel dejó la mochila junto al sillón y levantó la llave.

—Bueno. Acá está la acusada.

Renata extendió la mano. Él se la dio. Era una llave común. La misma que le había dado meses atrás para emergencias. Hasta entonces, su función había sido exactamente esa: resolver algo cuando Renata no podía hacerlo desde adentro. Renata la sostuvo un momento y después se la devolvió.

—La regla cambia.

Gabriel no la guardó todavía.

—Necesito la versión con ejemplos.

—No significa que podés caer cuando quieras.

—Bien. Porque esa parte me parecía peligrosamente incompatible con seguir con vida.

—Seguís avisando. Si yo digo que vengas y llegás antes, entrás. Si estoy en la ducha, entrás. Si te digo que me esperes acá, no te quedás veinte minutos en el pasillo preguntándote si técnicamente hay una emergencia.

Gabriel miró la llave.

—¿Y si discutimos?

La pregunta hizo que Renata se quedara quieta.

—La llave no deja de existir porque discutamos.

—Eso era lo que no sabía el lunes.

—Ahora lo sabés.

Gabriel asintió. No hizo un chiste. Renata agradeció que no lo hiciera.

—No quiero que esto signifique que tenés derecho a mi casa —continuó ella—. Quiero que signifique que tenés un lugar en ella.

Él levantó la vista. Renata sintió la incomodidad exacta de haber dicho algo que llevaba días pensando y que, una vez afuera, sonaba más grande que dentro de su cabeza. No lo retiró.

Gabriel cerró la mano alrededor de la llave.

—Eso sí lo entiendo.

—Bien.

—Y es bastante más que una emergencia.

—También.

Fue a la cocina antes de que la conversación desarrollara una solemnidad que no sabía administrar. Sacó dos platos. Gabriel la siguió y empezó a abrir la bolsa de comida.

—Hay otra cosa —dijo Renata.

—¿Otra regla?

—Dos domingos.

Gabriel dejó de pelear con el nudo de la bolsa.

—Necesito más sustantivos.

—Quiero que, de los próximos cuatro domingos, dos empiecen siendo nuestros antes de que aparezca un plan concreto.

Él la miró.

—¿Nuestros cómo?

—Nuestros como tiempo. Después vemos qué hacemos. Podemos salir, quedarnos acá, ir a tu casa, almorzar con tu familia o no hacer nada. Pero no quiero que mi respuesta automática sea proteger los cuatro como si preguntarme por uno fuera intentar ocuparlos todos.

Gabriel puso las manos sobre la mesada.

—Renata, no necesito una cuota mensual.

—Yo tampoco quiero una cuota mensual.

—Sonó bastante a cuota mensual.

—Estoy intentando ser concreta. Es una tragedia personal.

Él sonrió apenas.

—Lo valoro.

—No es un contrato —dijo—. Si uno de esos domingos cambia, cambia. Si vos querés hacer otra cosa, hacés otra cosa. Si yo necesito estar sola, te lo digo. Lo que estoy cambiando es que no todos empiezan siendo intocables.

Gabriel se sentó frente a ella.

—Eso me gusta más.

—A mí también. Por eso es la segunda versión.

—¿Hubo una primera?

—Era peor.

—Qué miedo.

Renata abrió el recipiente de pollo.

—Y vos podés pedir.

Gabriel no respondió enseguida.

—¿Domingos?

—Cosas. Quedarte. Venir. Cambiar un plan. Lo que dijiste el lunes. Podés pedir sin tener que demostrar que es suficientemente importante para justificar la pregunta.

—Y vos podés decir que no.

—Sí.

—Eso sigue vigente.

—Más que nunca.

Gabriel se inclinó sobre la mesa. La tensión de los últimos días no desapareció de golpe; simplemente dejó de ocupar toda la habitación.

—Entonces yo tengo una —dijo.

—¿Una qué?

—Petición sin expediente de emergencia.

Renata esperó.

—Quedate mañana en casa —dijo Gabriel—. Tengo una clase temprano, pero después quiero cocinar. Y no, no es una prueba de convivencia. Quiero verte.

Renata pensó en su viernes. Tenía una entrega a las tres, una reunión a las cinco y ninguna razón real para volver a su departamento después.

—Sí.

Gabriel sonrió.

—Mirá qué eficiente.

—No lo arruines.

—No sabía que fuera tan frágil.

—Ahora lo es.

Comieron. Hablaron del trabajo de Gabriel, de una clienta que había elegido una lámpara imposible de limpiar y de que Valeria le había mandado a Renata una fotografía del cargador perdido con la palabra HÉROE escrita encima. La conversación no volvió a las llaves durante casi una hora.

Cuando Gabriel se levantó para llevar los platos, Renata señaló el bolsillo donde había guardado la suya.

—No la pierdas.

—Pensé que ahora tenía valor sentimental.

—Tiene valor de cerrajería. Sale caro hacer otra.

—Ahí está la mujer de la que me enamoré.

Renata lo miró.

—Podés lavar los platos si querés demostrarlo.

Gabriel abrió la canilla. No habían resuelto cómo sería el resto de sus vidas. Renata no necesitaba hacerlo esa noche. Habían hecho algo más pequeño y, para ella, más difícil: modificar una regla sin borrar el límite que la había creado.

La llave seguía siendo de su casa.

También era de Gabriel.