CAPÍTULO 21 NO TENÉS QUE MUDARTE
El miércoles a las cinco y veinte de la tarde, Renata estaba detenida en doble fila frente a una escuela mientras Valeria discutía por teléfono con su marido sobre quién había entendido mal un horario.
El martes le había escrito a Gabriel que el jueves podía verlo. Él había respondido con un simple «Sí». Desde entonces no habían vuelto a tocar el tema.
—No, yo dije seis —dijo Valeria—. Seis. Con ese número redondo y sencillo que viene después del cinco.
Renata miró por el parabrisas.
—Estás en altavoz.
Valeria tapó el teléfono con una mano.
—Lo sabe.
Del otro lado llegó una respuesta que Renata no alcanzó a distinguir.
—Perfecto —dijo Valeria—. Entonces llevás al menor y yo paso por la mayor. No, no estoy enojada. Estoy hablando fuerte porque mi hermana maneja como si los peatones fueran una teoría.
—Cortá —dijo Renata.
Valeria la ignoró durante veinte segundos más y finalmente terminó la llamada.
—Gracias por venir.
—Me dijiste que era una emergencia.
—Dos hijos en actividades distintas y un marido atrapado en una reunión es una emergencia logística.
—Eso no figura en ningún protocolo.
—Porque los protocolos los escribe gente sin hijos.
La puerta trasera se abrió. Su sobrina entró con una mochila, una campera atada a la cintura y una explicación de cuatro minutos sobre por qué una compañera era “literalmente insoportable” que no pareció requerir respuestas.
Renata condujo hasta el departamento de Valeria.
Cuando llegaron, la chica desapareció hacia su cuarto después de anunciar que tenía hambre sin aceptar ninguna de las tres opciones de comida ofrecidas.
Valeria abrió la heladera.
—¿Querés algo?
—No.
—¿Café?
—No.
Valeria cerró la heladera.
—Entonces ayudame con esto.
Le puso en las manos una bolsa de uniformes recién lavados.
Renata la sostuvo.
—No entiendo por qué vine.
—Porque te pedí ayuda y dijiste que sí.
La frase fue casual. Precisamente por eso Renata la sintió. Valeria no pareció notarlo. Empezó a separar medias sobre la mesa del comedor mientras desde el pasillo llegaba una discusión remota sobre un cargador.
—¿Qué pasó con Gabriel? —preguntó.
Renata dejó la bolsa.
—¿Por qué asumís que pasó algo?
—Porque mamá me llamó para preguntar si pasó algo.
—Eso no es evidencia.
—Para mamá, que alguien tarde más de quince minutos en responder un mensaje es evidencia forense.
Renata tomó una camiseta y la dobló.
—Discutimos.
Valeria esperó.
—No vamos a separarnos.
—No pregunté.
—Lo estabas pensando.
—Estaba pensando si querías contarme o querías doblar treinta remeras en silencio.
Renata miró la pila.
—La segunda opción tiene ventajas.
—Sí. Pero no viniste por las remeras.
—Vos me llamaste.
—Y viniste.
Otra vez.
Renata dejó la camiseta.
—Gabriel no quiere que me mude.
Valeria frunció el ceño.
—Excelente comienzo para una discusión sobre mudanzas.
—No es una discusión sobre mudanzas.
—Entonces ya entiendo más que hace treinta segundos.
Renata le contó lo necesario: el domingo, la pregunta de dónde entraba él, el “novio de visita”, la pelea, la llamada del lunes y la frase que Gabriel finalmente había conseguido formular. Valeria siguió doblando mientras escuchaba. No interrumpió hasta el final.
—¿Y vos qué querés? —preguntó.
—Seguir con él.
—Eso ya lo sé.
—Seguir viviendo sola.
—Eso también.
Renata levantó una media.
—Sos muy útil.
—Cobro menos que Sofía.
—Sofía también dijo que se fuera.
Valeria levantó la vista.
—¿Gabriel o la media?
—Gabriel.
—Ah.
—Después se dio cuenta de que no era tan simple.
—Bien por Sofía.
Renata hizo un bollo con las dos medias y lo dejó sobre la mesa.
—No quiero que esto termine significando que para demostrar que lo amo tengo que entregar mi casa.
Valeria la miró con una expresión tan neutra que resultó sospechosa.
—No tenés que mudarte.
—Ya sé.
—Entonces dejá de discutir con una persona que no está en la habitación.
Renata abrió la boca. La cerró. Valeria siguió con las medias.
—No te estoy diciendo que tu casa importe menos. Ni que tus domingos tengan que desaparecer. Ni que ahora el amor verdadero se mida en cantidad de cajones compartidos.
—Bien.
—Te estoy preguntando otra cosa.
—Qué.
Valeria señaló con una camiseta doblada.
—Qué cambió de verdad en tu vida porque amás a Gabriel.
Renata respondió demasiado rápido.
—Muchas cosas.
—Decime una.
—Lo veo varias veces por semana.
—Eso también te gusta.
—Duermo en su casa.
—También te gusta.
—Conozco a su familia.
—Te cae bien.
—Valeria.
—No digo que no cuente. Digo que estoy preguntando por otra cosa.
Desde el cuarto llegó un grito:
—¡Mamá!
Valeria levantó la voz.
—¡Estoy ocupada!
—¡No encuentro el cargador!
—¡Está donde lo dejaste!
—¡No sé dónde lo dejé!
Valeria cerró los ojos.
—El amor —dijo—. Una experiencia espiritual elevada.
Fue al pasillo, encontró el cargador en menos de un minuto y volvió.
Renata seguía de pie junto a la mesa.
—¿Vos sacrificás cosas por tu marido todo el tiempo? —preguntó.
Valeria hizo una mueca.
—Qué palabra solemne.
—Contestá.
—Sí. Y él por mí. A veces cosas pequeñas. A veces cosas que nos fastidian de verdad. La semana pasada fui a una cena de su trabajo donde un hombre me explicó durante cuarenta minutos cómo funciona el vino.
—Eso es causal de divorcio.
—Estuve cerca.
Renata sonrió a pesar suyo. Valeria se sentó en el borde de una silla y estiró una pierna. Llevaba media hora caminando de un lado a otro.
—También él se llevó a los chicos todo el sábado porque yo necesitaba estar sola —dijo—. No porque estuviera enferma. No porque hubiera una emergencia. Porque no quería escuchar a nadie decir “mamá” durante seis horas.
—Eso suena razonable.
—Lo fue. Y le arruinó un plan que tenía.
Renata bajó la vista.
—No quiero que nadie renuncie a cosas todo el tiempo por mí.
—Nadie dijo todo el tiempo.
—Entonces ¿cuánto?
Valeria se encogió de hombros.
—No sé. Esa es tu relación.
La respuesta irritó a Renata y, al mismo tiempo, le dio alivio. Valeria no tenía una fórmula.
—Solo sé que amar a alguien no te obliga a mudarte —continuó—. Pero me parece bastante difícil amar a alguien de verdad y que tu vida quede exactamente igual.
Renata miró las medias dobladas.
—No quedó exactamente igual.
—Entonces encontrá dónde sí cambió. Y dónde todavía no dejaste que cambie nada porque reaccionás como si cambio y pérdida fueran lo mismo.
Renata levantó la cabeza.
—No me asusta.
—Bueno. Te irrita. Es más elegante.
—Mucho.
Valeria sonrió.
—Gabriel renunció a la idea de que para construir una vida con vos tiene que vivir con vos.
Renata no dijo nada.
—Eso no es poco —añadió Valeria—. ¿Vos a qué estás dispuesta a renunciar?
La pregunta no llegó como acusación. Por eso fue peor.
Renata pensó en el domingo de las medialunas.
En el domingo anterior, con el libro, la librería, el silencio y el teléfono revisado dos veces antes de que Gabriel escribiera.
Pensó en la llave de emergencia que él tenía desde hacía meses y que, técnicamente, solo servía para entrar si algo estaba mal.
Gabriel podía abrir su casa si había agua saliendo por debajo de una puerta.
No si simplemente quería llegar antes y esperarla.
Todo lo suyo seguía clasificado. Visita. Emergencia. Excepción.
Renata dejó la última media sobre la pila.
—Tengo que irme.
Valeria levantó una ceja.
—Eso sonó productivo.
—No hagas de esto un momento.
—Imposible.
Renata agarró el bolso.
Desde el pasillo, su sobrina gritó:
—¡Tía!
—¿Qué?
—¿Te quedás a cenar?
Renata miró a Valeria.
Valeria no dijo nada.
—No hoy —respondió Renata—. Otro día.
—Bueno.
Nadie murió.
• • •
En su departamento, Renata dejó el bolso y fue directamente a la cocina. Abrió el calendario del teléfono y miró los cuatro domingos siguientes. Dos tenían compromisos familiares dispersos que podía mover. Dos estaban completamente vacíos.
Renata los miró. No quería regalarle días a Gabriel como quien paga una deuda. Quería elegirlos. Marcó dos domingos con una sola letra:
G.
Después abrió el cajón donde guardaba llaves de repuesto, pilas, cinta adhesiva y objetos que no tenían categoría suficiente para merecer un lugar mejor.
Había una copia sin etiqueta. La sostuvo entre los dedos.
Gabriel ya tenía una llave. Ese no era el problema. El problema era para qué podía usarla.
Tomó el teléfono.
Mañana. Mi casa.
Renata escribió una segunda línea.
Traé la llave que te di.
Esta vez Gabriel tardó más.
¿La perdí sin saberlo?
Renata casi sonrió.
No.
Entonces ¿por qué?
Renata miró la copia que tenía en la mano.
Porque tenemos que cambiarle una regla.