CAPÍTULO 20 EL PROBLEMA DE DECIR QUE SÍ
El lunes a las nueve y cinco de la mañana, Gabriel recibió tres pedidos antes de terminar el primer café.
El primero llegó por correo: un colega quería que lo reemplazara en una mesa evaluadora el jueves.
El segundo apareció en persona: Mateo necesitaba una carta de recomendación “cuando pudiera”, expresión que en idioma estudiante significaba antes de ayer.
El tercero llegó por mensaje de Teresa:
¿Podés pasar mañana por la farmacia?
Gabriel miró la pantalla, después el correo abierto y finalmente a Mateo, que seguía de pie frente al escritorio con una carpeta.
—La carta te la hago el jueves —dijo.
Mateo parpadeó.
—Ah.
—¿Eso es un problema?
—No. Pensé que capaz hoy.
—Hoy no puedo.
Mateo tardó un segundo en acomodarse a una respuesta que no incluía negociación.
—Jueves está bien.
—Perfecto.
—Gracias, profesor.
Cuando salió, Gabriel volvió al correo.
Escribió:
No puedo cubrir la mesa del jueves.
Lo leyó. No agregó una explicación de seis líneas. Lo envió. Después abrió el mensaje de Teresa.
Mañana no. El miércoles puedo.
Su madre respondió:
Está bien.
Gabriel miró el teléfono con una mezcla ofensiva de sorpresa y decepción.
Nadie había muerto. Nadie había dejado de quererlo. Ninguna institución se había derrumbado.
—Qué anticlimático —dijo.
Inés, que pasaba por la puerta con una pila de libros, asomó la cabeza.
—¿Qué?
—Dije que no tres veces.
Ella entró dos pasos.
—¿Necesitás una placa?
—Un reconocimiento institucional mínimo.
—Te puedo mandar un certificado en PDF.
—Con membrete.
—No abuses del progreso.
Siguió de largo.
Gabriel sonrió, pero cuando volvió a mirar el escritorio la gracia duró poco.
Había pasado semanas intentando entender qué necesitaba de Renata y una parte de la respuesta estaba, irritantemente, delante de él desde mucho antes.
Un límite no era lo contrario de estar disponible.
Un no no borraba todos los síes anteriores.
Y pedir no obligaba al otro a aceptar. Lo sabía en teoría. La práctica seguía siendo otra cosa.
A las once dio clase. A la una almorzó de pie junto a una ventana porque había olvidado reservar tiempo para comer. A las dos rechazó una reunión sin agenda. A las cuatro aceptó otra que sí necesitaba estar en su calendario.
No se convirtió en una persona distinta. Solo dejó de comportarse, durante unas horas, como si cualquier necesidad ajena tuviera prioridad automática sobre la propia.
A las cinco y media cerró la computadora.
El departamento lo recibió con el mismo desorden moderado de siempre: dos libros en el brazo del sofá, una taza de la mañana junto a la pileta y una camisa sobre una silla porque había decidido la noche anterior que “todavía podía usarla” y después no había especificado cuándo.
La lámpara del lado de Renata seguía allí.
Gabriel la encendió. Se sentó en la cama.
Había una diferencia entre querer que Renata viviera en esa casa y querer que su vida tuviera un lugar estable dentro de la de ella.
La primera opción era clara. La segunda era la que llevaba semanas intentando decir sin conseguirlo.
Tomó el teléfono. No escribió. La llamó. Renata atendió al cuarto tono.
—Hola.
—Hola.
Hubo una pausa breve. No incómoda. Tampoco fácil.
—¿Estás trabajando? —preguntó Gabriel.
—Terminé hace diez minutos.
—Yo también.
—Felicitaciones.
—Hoy dije que no tres veces.
Renata guardó silencio.
—¿A personas distintas?
—Sí.
—Entonces es grave.
Gabriel sonrió.
—Inés ofreció un certificado.
—Aceptalo. Después lo enmarcás al lado del título.
—Sabía que ibas a apoyar mi crecimiento.
Renata se rió. El sonido le aflojó algo en el pecho.
—Te llamé porque creo que ya sé decir una parte mejor —dijo.
La risa desapareció, pero no la atención.
—Decila.
Gabriel miró la lámpara.
—Quiero una vida en común. No necesariamente una casa en común.
Del otro lado no hubo respuesta inmediata. Gabriel no llenó el silencio. Ese también era un ejercicio.
—Eso es distinto —dijo Renata finalmente.
—Sí.
—¿Distinto de qué?
—De pensar que si no vivimos juntos entonces siempre falta algo.
—¿Y ya no pensás eso?
Gabriel se frotó la nuca.
—Creo que pensaba una versión de eso sin darme cuenta. Ahora no.
—¿Seguro?
—Lo bastante como para no pedirte que te mudes.
Renata soltó aire.
—Eso ya lo sabía.
—Sí. Pero yo necesitaba saberlo también.
Otra pausa.
—Entonces ¿qué querés? —preguntó ella.
Gabriel miró alrededor. Podía decir llave. Podía decir domingos. Podía decir una camisa en su casa, un cajón, un plan de seis meses, una Navidad que no tuviera que negociarse como si fueran dos países con fronteras sensibles. Pero todo eso eran ejemplos. No la respuesta.
—Quiero poder contar con vos sin sentir que contar con vos significa invadirte —dijo—.
Quiero hacer planes que cambien cosas de vez en cuando.
Quiero poder pedirte que te quedes, o que vengas, o que hagamos algo un domingo, y que la pregunta no llegue ya cargada con la idea de que estoy intentando llevarte hacia una mudanza.
Renata no respondió enseguida. Gabriel oyó una exhalación breve del otro lado y dejó que el silencio durara. No intentó rescatarlo con otra explicación.
—Eso es mucho más concreto.
—Estoy teniendo una semana excelente.
—Es lunes.
—No destruyas esto.
Ella casi se rió.
—¿Y si te digo que no?
—A algo puntual, me bancaré el no.
—¿Y si te digo que no muchas veces?
Gabriel pensó antes de responder.
—Entonces tendremos información.
La frase quedó allí. No amenaza. No ultimátum. Información.
Renata habló más bajo.
—Eso me gusta menos.
—A mí también.
—Pero es verdad.
—Sí.
Gabriel se levantó y caminó hasta la cocina.
—No quiero ganar esto convenciéndote de que tu casa importa menos de lo que importa.
—Bien.
—Y tampoco quiero perderlo fingiendo que a mí no me importa tener un lugar más grande en tu vida.
Renata tardó un segundo.
—Eso sí puedo escucharlo.
Gabriel cerró los ojos. Seguían sin tener una solución, pero, por primera vez en varios días, la conversación tampoco había sido una defensa.
—¿Nos vemos esta semana? —preguntó.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Te digo mañana. Tengo que mirar dos entregas.
—Perfecto.
—Gabriel.
—¿Sí?
—Gracias por decirlo mejor.
Gabriel dejó que la frase se quedara ahí.
Cortaron cinco minutos después. Gabriel lavó la taza. Después volvió al dormitorio, apagó la lámpara del lado de Renata y dejó el teléfono junto a la lámpara. Había dicho que no tres veces ese día. La llamada había sido otra cosa.
Por primera vez, pedir algo no le había parecido lo mismo que exigirlo.