CAPÍTULO 19 TODO EN SU SITIO
El sábado a las ocho y doce de la mañana, Renata abrió los ojos y tardó menos de un segundo en recordar que Gabriel no estaba.
La sensación no tenía nada de nueva. Había dormido sola miles de noches en ese departamento y, hasta hacía poco, recuperar exactamente esa posibilidad había sido una de las cosas que más había esperado.
Miró el teléfono.
A las doce y nueve Gabriel había escrito:
Llegué.
Ella había respondido:
Bien.
Nada más.
Renata dejó el teléfono en la mesa de luz y se quedó boca arriba unos minutos. El departamento estaba silencioso. No un silencio dramático, ni hostil, ni lleno de ausencia. El suyo. La heladera arrancó en la cocina. Un colectivo frenó abajo. Alguien movió una maceta en el balcón de al lado.
Todo normal.
Se levantó.
La planta que Gabriel había regado de más seguía junto al balcón, perfectamente recuperable. Renata comprobó la tierra con un dedo y decidió no tocarla. Ya había hecho suficiente por una planta que, a diferencia de dos adultos de cuarenta años, tenía la cortesía de responder a reglas simples.
Preparó café, abrió las ventanas y puso una carga de ropa.
A las nueve y cuarto, el departamento ya estaba haciendo exactamente lo que se suponía que debía hacer: permitirle existir sin coordinarse con nadie.
Renata también.
Contestó dos correos del estudio, revisó una corrección de Molina-Ferreyra y movió tres centímetros una bandeja de la mesa porque alguien —ella— la había dejado torcida la noche anterior. Después se quedó mirando la bandeja.
—No empieces —se dijo.
El problema era que no sabía exactamente qué estaba empezando.
A las diez y media Daniel la llamó por un cambio en la carpintería del pasillo de Molina-Ferreyra.
Hablaron diecisiete minutos sobre una puerta corrediza que no iba a ser corrediza, una biblioteca que sí iba a continuar hasta el techo y un proveedor que había aprendido a usar la palabra “aproximado” como amenaza.
—El lunes quiero cierre —dijo Daniel.
—Lo tenés.
—¿Dormiste?
Renata miró la taza.
—Sí.
—Eso fue demasiado rápido.
—Preguntaste si dormí, no si tuve una experiencia espiritual reparadora.
Daniel soltó una risa.
—Nos vemos el lunes.
Cortaron.
Renata volvió al plano. Durante casi una hora consiguió concentrarse de verdad. Cuando terminó, guardó el archivo y se levantó para buscar agua.
En el camino vio el sillón verde. No tenía nada de Gabriel encima. No debía tenerlo. Gabriel no vivía allí. La idea era correcta. Tan correcta que por un segundo la irritó.
Renata se sirvió agua y se quedó de pie en la cocina.
La discusión del viernes había empezado por un domingo.
Eso era lo absurdo. Gabriel había preguntado si quería almorzar con Andrés y los chicos.
Ella había dicho que no. Él había aceptado el no.
Después todo se había roto alrededor de otra cosa.
No del domingo. Del hecho de que Gabriel había empezado a preguntarse si podía pedirle que algo cambiara y Renata había escuchado amenaza antes de escuchar contenido.
Dejó el vaso en la pileta.
No quería vivir con él. Eso seguía intacto.
No quería que apareciera sin avisar. También.
No quería perder todos sus domingos, ni dejar de tener noches en las que nadie esperara nada de ella, ni convertir su casa en una estación de paso donde cada silencio tuviera que justificarse.
Nada de eso había cambiado. Pero Gabriel tampoco le había pedido ninguna de esas cosas. Ese pensamiento fue menos cómodo.
A la una, Marta escribió al grupo familiar preguntando quién iba a cenar el domingo siguiente porque había comprado “un pedazo chico” de carne que, en la fotografía adjunta, podía alimentar a un equipo de rugby.
Valeria respondió primero.
Nosotros cuatro.
El hermano menor de Renata mandó un pulgar arriba.
Marta escribió:
¿Renata?
Renata sostuvo el teléfono.
No sé todavía.
La respuesta de su madre llegó en siete segundos.
Eso significa sí.
Renata bloqueó la pantalla. Todavía no había aceptado, pero tampoco le gustó descubrir que el primer impulso había sido proteger el domingo antes de saber si quería protegerlo.
• • •
El domingo amaneció despejado.
Renata desayunó en el balcón con un libro y dos tostadas. Leyó cuarenta páginas. Regó solo las plantas que necesitaban agua. Hizo una videollamada breve con Marta y rechazó con éxito una invitación para “pasar aunque sea un ratito”.
A las doce y media salió a caminar y volvió con una novela que no necesitaba y una bolsa de pan.
Era un buen domingo. A la una y veinte miró el teléfono. Nada de Gabriel. Lo dejó. A la una y treinta y dos volvió a mirarlo. Nada.
—Patético —murmuró.
No estaba esperando que escribiera. Solo estaba comprobando que no hubiera escrito. Eran actividades completamente distintas si una tenía muy poca dignidad.
Puso música y preparó una ensalada. Después intentó leer.
A las dos y ocho apareció un mensaje.
Gabriel.
Buen día. Prometo no aparecer con medialunas.
Renata lo miró durante unos segundos.
El recuerdo llegó completo: cuatro meses de relación, domingo, Gabriel en su puerta sin avisar, una bolsa de medialunas y la primera pelea real sobre acceso, aviso y la diferencia entre querer ver a alguien y asumir que ese alguien estaba disponible.
Escribió:
La prohibición sigue vigente.
La respuesta tardó poco.
La respeto.
Renata dejó el teléfono sobre la mesa y se rió sola.
Después escribió:
Buen día.
Gabriel respondió con un pulgar arriba.
Eso fue todo. No la presionó. No preguntó si podían verse. No convirtió el silencio en castigo. Renata volvió al libro. Esta vez leyó seis páginas antes de darse cuenta de que seguía pensando en él. Cerró.
No quería llamar a Gabriel para demostrar nada. Tampoco quería ofrecerle un domingo como compensación por una pelea. La idea misma le molestaba: amor como sistema de multas, dos horas de compañía por cada límite defendido.
No.
Pero había algo entre “todos mis domingos son míos” y “todos mis domingos te pertenecen” que, hasta ese momento, había tratado como si no existiera.
Se levantó y caminó hasta la cocina.
El calendario mensual estaba pegado al lateral de la heladera, no porque necesitara un calendario de papel sino porque Marta se lo había regalado con fotografías familiares y no colgarlo habría generado una investigación.
Cuatro domingos en el mes siguiente.
Renata los miró.
No marcó ninguno.
Todavía.
Fue al living. El sillón, la biblioteca, la mesa, las plantas, las fotografías: todo estaba en su sitio.
Su casa no tenía que dejar de ser suya.
La pregunta era otra.
Cuánto de su vida tenía que seguir exactamente en el mismo sitio para que ella pudiera seguir llamándolo autonomía.