CAPÍTULO 18 ¿DÓNDE ENTRO YO?
El viernes por la noche, Renata salió del ascensor con una botella de vino, dos bolsas de comida y la decisión razonable de no convertir la cena con Gabriel en una reunión de trabajo.
La decisión duró hasta que vio a Gabriel esperándola junto a la puerta con un paquete de pan bajo el brazo.
—Llegaste temprano —dijo Renata.
—Vos llegaste tarde a tu propia casa.
—Tres minutos no cuentan.
Abrió la puerta. Gabriel tomó una de las bolsas y entró detrás de ella. Mientras Renata guardaba la comida, él salió al balcón, encontró la regadera y empezó a regar una planta que no necesitaba agua.
—La vas a ahogar —dijo Renata.
Él miró la maceta.
—Le puse muy poco.
—Eso dicen todos antes de la podredumbre de raíz.
Gabriel dejó la regadera.
—Hola.
—Hola.
Se besaron. El beso fue real, largo lo suficiente para recordarles que seguían queriéndose y breve lo suficiente para no fingir que esa era la única información relevante.
Renata había invitado a Gabriel a cenar porque llevaban tres días hablando con cuidado.
No mal. Con cuidado. Después de la conversación en la plaza, él había pedido lo que necesitaba dos veces: una llamada cuando salió tarde de la universidad y que ella pasara por su casa el jueves porque había tenido un día particularmente malo.
Renata había hecho ambas cosas sin sentir que perdía nada.
Eso debería haberla tranquilizado.
En cambio, la había vuelto más consciente de cada vez que decía que sí.
Prepararon la comida juntos. Gabriel cortó pan. Renata abrió el vino. Hablaron de Molina-Ferreyra, de una clase que había salido mejor de lo esperado y de que Andrés seguía enviando memes sobre fiebre como si Gabriel hubiera sobrevivido a una enfermedad tropical.
Durante casi una hora, funcionó.
Después Gabriel llevó los platos a la cocina y preguntó:
—¿Qué hacés el domingo?
Renata secó una copa.
—Nada. Quiero quedarme acá. Leer. Ordenar el estudio. Quizás dormir una siesta.
Gabriel asintió.
—Bueno.
Renata dejó la copa sobre la mesada.
—¿Qué?
—Iba a preguntarte si querías venir a almorzar con Andrés y los chicos.
—Podés preguntarme.
Gabriel la miró.
—¿Querés venir el domingo?
—No.
—Está bien.
Renata esperó. Él seguía apoyado contra la mesada, demasiado quieto para que la conversación hubiera terminado.
—No es por el domingo —dijo Gabriel.
—Entonces ¿por qué?
—Porque me di cuenta de que todavía no sé cuándo puedo pedirte que algo cambie sin que suene a que estoy avanzando sobre vos.
—Preguntando. Como acabás de hacer.
—Lo sé. Estoy intentando.
—Y yo te contesté que no.
—Y está bien.
Renata dejó el repasador.
—Entonces no entiendo.
Gabriel se pasó una mano por la cara.
—Estoy intentando explicarte algo que todavía no sé explicar bien.
Renata sostuvo su mirada.
—Entonces decime la parte que sí sabés.
Gabriel miró hacia el living antes de responder.
—Que no quiero que cada vez que algo no encaje en lo que ya tenías decidido, la única opción sea que yo me adapte.
—Eso no es lo que pasa.
—A veces sí.
—¿Y qué querés que haga?
Gabriel tardó un segundo.
—Quiero saber dónde entro yo.
Renata se quedó quieta.
La frase era más grande que la cocina.
—Entrás en mi vida —dijo.
Gabriel sostuvo su mirada.
—¿Dónde?
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—Una que no sé contestar.
—Sos mi pareja.
—Sí.
—Te veo varias veces por semana. Hablamos todos los días. Conozco a tu familia. Vos conocés a la mía. Viajamos juntos. Entrás en mi casa.
—Todo eso es verdad.
Renata no apartó la vista.
—Entonces no entiendo qué estás preguntando.
Gabriel salió de la cocina y fue hasta el living. No se alejó de ella; necesitó espacio para moverse.
—A veces siento que todo en tu vida tiene un lugar definido y yo entro mientras no obligue a mover nada.
—Eso no es justo.
—Puede ser.
—No, Gabriel. No puede ser. No te traté nunca como algo accesorio.
—No dije accesorio.
—Dijiste que no muevo nada por vos.
—Dije que a veces lo siento así.
Renata cruzó los brazos.
—Mi casa existía antes que vos.
Gabriel cerró los ojos un segundo.
—No estoy hablando de tu casa.
—Todo esto empezó porque no quiero mudarme.
—No. Eso fue lo que lo hizo visible.
—¿Qué cosa?
Él la miró.
—Que a veces parece que tu vida también estaba terminada antes de mí.
Renata sintió la frase como una invasión.
—Eso es una estupidez.
—Puede ser una mala forma de decirlo.
—Es una pésima forma de decirlo.
—Pero no es mentira que tenés todo armado para no necesitar cambiar nada.
—¿Y eso ahora es un defecto?
—No.
—Porque suena muchísimo a que mi vida estaba demasiado bien antes de vos y eso te molesta.
—No me molesta que estuvieras bien.
—Entonces ¿qué?
Gabriel apretó la mandíbula. Cuando habló, su voz siguió baja.
—Me molesta no saber si puedo modificar algo real sin que lo vivas como una amenaza a tu autonomía.
—¿Modificar qué?
—No sé todavía.
Renata soltó una risa sin humor.
—Esa respuesta empieza a ser muy cómoda.
Gabriel la miró como si la frase hubiera dolido.
—No es cómoda para mí.
—Llevamos semanas girando alrededor de una necesidad que no podés nombrar y cada vez ocupa más espacio.
—Porque cada vez que intento nombrar una parte, vos la reducís a «no me voy a mudar».
—Porque ese es el límite.
—Ya lo sé.
—Entonces dejá de empujar contra él.
—No estoy empujando contra tu casa.
—¿No?
—No.
Gabriel dio un paso hacia ella y se detuvo antes de acercarse demasiado.
—Renata, yo no quiero que vendas tu departamento. No quiero que traigas una valija mañana. No quiero que te despiertes de golpe y descubras que en realidad soñabas con compartir placard.
A pesar de todo, la imagen casi consiguió hacerla sonreír. Casi.
—Entonces ¿qué querés?
—Quiero dejar de sentir que soy un novio de visita.
El silencio fue inmediato.
Renata lo miró.
—¿Eso sentís?
—A veces.
—Después de nueve meses.
—Ahora más que antes.
—¿Por qué ahora?
—Porque antes no sabía que había otra forma en la que me gustaba estar con vos.
Renata apartó la mirada.
—No puedo darte convivencia para que no te sientas de visita.
—No te la estoy pidiendo.
—Entonces esa frase no es justa.
—No dije que fuera una conclusión. Dije que es lo que siento.
Renata caminó hasta la ventana y volvió. Necesitaba movimiento, pero el living le pareció más pequeño de lo normal.
—¿Qué significa «novio de visita»?
Gabriel tardó.
—Que soy bienvenido. Que me querés. Que puedo entrar. Pero que a veces siento que todo lo importante ya tiene una estructura y mi lugar depende de no alterar demasiado esa estructura.
—Eso no es verdad.
—Decime dónde no lo es.
La pregunta la enfureció porque no tenía una respuesta inmediata y porque Gabriel siguió mirándola en silencio.
—No voy a presentar pruebas de mi relación con vos en mi propia casa.
—No te estoy pidiendo pruebas.
—Parece que sí.
—Te estoy pidiendo que mires algo que quizás yo estoy viendo mal.
—Y si lo estás viendo mal, ¿qué?
—Entonces necesito que me ayudes a verlo.
Renata respiró hondo.
La conversación había empezado con un domingo libre. Ahora estaba defendiendo una vida entera de una acusación que Gabriel insistía en no llamar acusación.
—Yo te hago lugar —dijo.
—Sí.
—Entonces.
—Pero casi siempre dentro de lo que ya existe.
—¿Qué querés que haga? ¿Que desarme mi vida para demostrar que te amo?
—No.
—Porque no voy a hacerlo.
—Ya sé.
—Dejá de decir «ya sé» como si después viniera un «pero».
Gabriel se quedó callado.
Renata sintió el pulso en el cuello.
—Mi vida no estaba incompleta antes de vos.
—Nunca dije eso.
—Estaba bien.
—Me alegra.
—Mi casa estaba bien. Mi trabajo estaba bien. Mis amigos, mi familia, mis domingos sola. No necesito que una relación venga a desordenar todo para probar que es importante.
—Tampoco dije eso.
—Entonces ¿por qué parece que cada cosa que ya funcionaba es evidencia de que no tenés lugar?
Gabriel apoyó una mano en el respaldo del sillón verde.
—Porque yo tampoco quiero una relación donde mi única forma de respetarte sea no pedir nunca que algo cambie.
La frase cayó más limpia que las anteriores.
Renata abrió la boca. No salió nada.
Gabriel siguió:
—No hablo de mudarte. Hablo de poder necesitarte, de hacer planes, de contar con vos sin sentir que cada pedido tiene que empezar demostrando que no quiero quitarte nada. De no sentir que todo cambio tiene que defenderse como una excepción.
—Yo cuento con vos.
—Lo sé.
—Y hago planes con vos.
—Sí.
—Entonces no sé qué me estás pidiendo.
—Yo tampoco sé formularlo mejor todavía.
Ahí estaba otra vez.
Renata bajó la voz.
—No puedo negociar con algo que no existe más que como sensación.
Gabriel asintió despacio.
—Eso es justo.
La aceptación la desarmó más que una defensa.
—Pero tampoco puedo fingir que no está —añadió él.
Renata se sentó en el borde del sillón. De pronto estaba cansada.
Gabriel permaneció de pie.
—No quiero seguir hablando hoy —dijo ella.
—Yo tampoco.
—No porque no quiera hablar nunca.
—Ya sé.
Renata levantó la vista.
Él casi sonrió, pero no llegó.
—Perdón. Esa sí tenía un «ya sé» sin «pero».
El intento de humor murió sin resultar ofensivo. Simplemente no había espacio para él.
Gabriel tomó su abrigo del respaldo de una silla.
Renata sintió un impulso absurdo de preguntarle si se quedaba. Lo dejó pasar. Esa noche la pregunta habría sido una trampa para los dos.
—Me voy a casa —dijo Gabriel.
La precisión importó.
No «me voy».
No «esto no funciona».
A su casa.
—Está bien.
Él caminó hacia la puerta. Renata lo acompañó.
No se besaron. Tampoco hubo una despedida definitiva. Gabriel le puso una mano breve en el brazo.
—Te quiero.
—Yo también.
—Eso no resolvió nada.
—No esperaba que lo hiciera.
Abrió la puerta.
Gabriel salió y esperó el ascensor sin mirar el teléfono. Cuando llegó, entró.
Renata cerró antes de escuchar las puertas del ascensor.
Volvió al living.
La botella de vino seguía abierta. Dos copas sobre la mesa. La planta del balcón tenía demasiada agua porque Gabriel la había regado sin necesitar hacerlo.
Renata levantó la maceta y la inclinó sobre el plato para que drenara.
Era una tarea concreta. Tenía solución.
Cuando terminó, dejó la planta en su sitio y se quedó de pie junto al balcón, sin saber qué hacer con el resto.