CAPÍTULO 17 NECESITAR
El domingo a las nueve y media de la mañana, Gabriel canceló un desayuno tardío con Andrés porque levantarse de la cama le pareció una actividad excesivamente ideológica.
Escribió:
No voy.
La respuesta llegó de inmediato.
¿Moriste?
No todavía.
¿Resaca?
Peor. Virus o capitalismo.
Andrés respondió con una fotografía de un termómetro y la frase MEDITE, ANIMAL.
Gabriel dejó el teléfono sobre la almohada. Tenía la garganta áspera, la cabeza pesada y esa sensibilidad absurda de la piel que convertía la sábana en una decisión táctil.
Se midió la temperatura porque discutir con Andrés a distancia requería más energía que obedecerlo.
Treinta y ocho uno.
Le mandó la foto.
Andrés respondió:
Le aviso a Renata.
Gabriel se incorporó demasiado rápido.
No.
...escribiendo.
¿Por qué?
Porque puedo avisarle yo.
Entonces avisale.
Gabriel miró la pantalla. Podía no hacerlo. Era fiebre, no una emergencia. Tenía agua, analgésicos y la capacidad suficiente para pedir comida sin abandonar la cama.
Abrió la conversación con Renata.
Creo que estoy enfermo.
La llamada llegó antes de que pudiera bloquear el teléfono.
—Hola —dijo con una voz que confirmó la hipótesis mejor que el termómetro.
—¿Cuánto?
—Buenos días para vos también.
—Gabriel.
—Treinta y ocho uno.
—¿Desde cuándo?
—No sé. Me desperté así.
—¿Respirás bien?
—Sí.
—¿Dolor fuerte en algún lado?
—Orgullo.
—Eso es crónico.
Él cerró los ojos.
—Voy a sobrevivir.
—Probablemente.
—Qué romántica.
—¿Tenés comida?
Gabriel pensó en la heladera. Recordó medio limón, queso, dos huevos y algo que podía haber sido una zanahoria tres días antes.
—Definí comida.
—Voy para allá.
—No hace falta.
—No pregunté.
Gabriel abrió los ojos.
La frase había sido suya el día de la inundación.
—Eso es plagio.
—Demandame cuando baje la fiebre.
Cortó.
Cuarenta minutos después Renata entró con una bolsa de farmacia, una de supermercado y el gesto concentrado que usaba frente a una obra que no confiaba del todo en manos ajenas.
—Tenés llave —dijo Gabriel desde el sofá.
—Sí. Concepto revolucionario.
—Podrías haber tocado.
—Y vos podrías haber abierto. Ninguno está en condiciones de sostener esa discusión.
Dejó las bolsas en la cocina y se acercó.
Gabriel llevaba una camiseta vieja, pantalón de jogging y una manta hasta la cintura. Renata le apoyó el dorso de la mano en la frente.
—Eso no mide nada —dijo él.
—Confirma que seguís insoportable.
Sacó un termómetro de la bolsa.
—Tengo uno.
—¿Dónde?
Gabriel señaló vagamente hacia el baño.
—Entonces tenés dos.
—La eficiencia te está corrompiendo.
Renata le dio el termómetro.
La fiebre seguía igual. Gabriel respiraba bien, no tenía dolor alarmante ni nada que justificara convertir un virus probable en un drama. Renata abrió las ventanas y dejó una botella de agua al alcance. Él se acomodó en el sofá y debió quedarse dormido.
Cuando volvió a abrir los ojos, olía a sopa y ella estaba sentada a la mesa con la computadora abierta.
—¿Estás trabajando?
—Un poco.
—Domingo.
Renata levantó la vista.
—No empieces.
—Mi sistema inmunológico no reconoce fines de semana.
—Tu sistema inmunológico está ocupado perdiendo.
Gabriel intentó reírse y terminó tosiendo.
Renata cerró la computadora.
—Comé.
Le alcanzó un plato. Gabriel probó dos cucharadas.
—Está buena.
—Es sopa.
—Puede ser mala.
—No ésta.
—Tu humildad me sostiene.
Comió la mitad. Renata no insistió con el resto. Le dejó agua al alcance, le recordó cuándo había tomado el analgésico y después volvió a abrir la computadora.
Pasaron la tarde así: Gabriel durmiendo a intervalos, Renata trabajando junto a la ventana y levantándose cada tanto para revisar que bebiera algo.
No hablaron de casas ni de lo que iba a pasar después.
Se movía por el departamento sin preguntarle dónde estaban los vasos, le alcanzaba la manta que él prefería y evitaba el enchufe que hacía falso contacto detrás del sofá.
A las siete, la fiebre había bajado a treinta y siete seis.
—Victoria —dijo Gabriel.
—Tregua.
Renata pidió comida para los dos. Gabriel consiguió sentarse a la mesa y después volvió al sofá con la dignidad suficiente para quejarse de que ella había elegido arroz.
—Es comida de enfermo.
—Sos un enfermo.
—No necesito que la realidad entre en esta conversación.
A las diez y media, Renata miró la hora por tercera vez en quince minutos.
Gabriel la vio.
—Tenés algo mañana.
—A las siete y media tengo que estar en Molina-Ferreyra. Llega el nuevo lote de piedra.
—Lunes criminal.
—El proveedor solo podía mañana y Daniel viaja al mediodía.
Gabriel asintió.
Los planos impresos, las muestras y la ropa de obra que necesitaba estaban en su departamento. Podía pasar por allí al amanecer. También podía irse esa noche, dormir en su cama y llegar a la obra sin cruzar media ciudad.
Gabriel supo cuál opción tenía más sentido antes de que ella hablara.
—La fiebre bajó —dijo Renata—. Te dejo agua, comés algo si te despertás y me escribís si vuelve a subir.
—Sí.
Ella lo miró.
—¿Seguro?
—Sí. Andá.
La palabra salió fácil.
Renata cerró la computadora. Guardó el cargador, tiró una bolsa de residuos y dejó la cocina ordenada sin convertirlo en un operativo.
Antes de irse se sentó un momento en el borde del sofá.
—Llamame si necesitás algo.
Gabriel tomó su mano.
—Lo hago.
Ella se inclinó y lo besó en la frente.
—No en la boca. Sos una incubadora.
—Esto es discriminación sanitaria.
—Sobreviví.
—Voy a intentarlo por despecho.
Renata sonrió. Se puso el abrigo y salió.
Gabriel escuchó la cerradura. Después el ascensor.
El departamento quedó quieto.
No estaba abandonado. No estaba en peligro. No necesitaba medicación, asistencia ni nada que Renata pudiera hacer mejor que él durante las siguientes ocho horas.
Y, aun así, cinco minutos después de que se fuera, Gabriel entendió que había querido que se quedara.
La constatación lo irritó por su mala puntualidad.
Podría haberlo dicho.
No lo había dicho.
Peor: había dicho «andá».
Apoyó la cabeza contra el almohadón y cerró los ojos. La fiebre volvió a subir un poco durante la madrugada, nunca más allá de treinta y ocho, y a las seis ya estaba otra vez por debajo. Renata le escribió a las seis veinte.
¿Cómo estás?
Menos digno, más fresco.
Temperatura.
Treinta y siete cuatro.
Bien. Te llamo después de la obra.
Gabriel escribió «bien» y dejó el teléfono.
No estaba enojado con ella.
Eso habría sido más fácil.
El martes ya estaba sin fiebre y con suficiente energía para ir a la universidad solo porque tenía dos clases que no podía pasar por videollamada sin provocar un motín.
Renata lo esperó a la salida de la segunda con café y una bolsa con dos sándwiches de miga.
—¿Esto es una intervención nutricional? —preguntó Gabriel.
—Es comida.
—Hace dos días la comida era arroz.
—Te recuperaste.
Caminaron hasta una plaza pequeña a dos cuadras. Se sentaron en un banco al sol. Gabriel abrió la bolsa.
—¿Puedo decirte algo que no es un reproche?
Renata giró hacia él.
—Esa introducción reduce mucho mis ganas de escucharlo.
—Lo sé.
Gabriel dejó la bolsa entre ambos.
—El domingo necesitaba que te quedaras.
Renata no respondió enseguida.
—Me dijiste que me fuera.
—Sí.
—Dos veces.
—También sí.
—Entonces necesito que me expliques cómo funciona esto.
Gabriel asintió. Había ensayado esa parte.
—No funciona si espero que lo adivines. No hiciste nada mal. Yo me di cuenta después de que cerraras la puerta.
Renata lo observó.
—Si me lo hubieras dicho, me quedaba.
La respuesta fue inmediata.
Gabriel sintió alivio y, al mismo tiempo, algo que no terminaba de resolverse.
—Te creo.
—Entonces.
—Entonces necesito aprender a decirlo.
Renata miró la gente cruzando la plaza.
—Eso puedo entenderlo.
Gabriel tomó café.
—Pero hay otra parte.
Ella volvió a mirarlo.
—No quiero que cada vez que te necesito tenga que demostrar que es una emergencia válida. El domingo no necesitaba que me llevaras a una guardia. Solo no quería estar solo.
Renata bajó la vista a sus manos.
—No habrías tenido que justificarlo.
—Ya sé. Intelectualmente.
—¿Y en la práctica?
Gabriel tardó.
—En la práctica todavía no sé dónde termina pedirte que estés y dónde empieza pedirte que vivas de una manera que no querés.
Renata respiró despacio.
—No son lo mismo.
—Quiero creer que no.
—No lo son.
La certeza de ella era firme. Gabriel no discutió. Tampoco sintió que la conversación hubiera terminado.
Renata sacó uno de los sándwiches de la bolsa y se lo dio.
—La próxima vez, decímelo.
—Lo voy a intentar.
—No. Decímelo.
Gabriel la miró.
—Está bien.
Él sonrió apenas.
Renata empujó la bolsa hacia él.
—Comé antes de que vuelva a arrepentirme de habértelas traído.
Ella también sonrió, pero el gesto duró poco.
El problema ya no era si Gabriel podía pedir.
El problema era qué iba a pasar cuando empezara a hacerlo.