CAPÍTULO 16 CONMIGO VIVÍAS
El miércoles a las cuatro y veinte de la tarde, Gabriel abrió la conversación con Laura Benítez, escribió «¿Tenés un rato esta semana?» y dejó el teléfono boca abajo antes de poder arrepentirse de la formulación.
Lo levantó diecisiete segundos después.
Laura ya había respondido.
¿Pasó algo?
Gabriel se inclinó sobre el escritorio. Afuera de su despacho, alguien empujaba un carro con libros por el pasillo y una impresora insistía en atascarse con una regularidad casi institucional.
No. O sí, pero nada urgente.
...escribiendo.
Esa es una respuesta excelente para tranquilizar a una exesposa.
Gabriel sonrió sin ganas.
Necesito preguntarte algo sobre nosotros. Sobre cuando estábamos casados.
Esta vez la respuesta tardó más.
¿Renata está bien?
Sí.
¿Vos?
Gabriel miró el mensaje.
No sé del todo.
Laura escribió:
Mañana salgo a las seis. Café en el de Paraná, si te sirve.
Sirve.
Guardó el teléfono. La decisión no le produjo alivio.
Tampoco culpa. Solo una incomodidad específica: hacía años que no buscaba a Laura para entender algo de su matrimonio.
Durante el divorcio habían hablado hasta agotar las palabras útiles y varias de las inútiles.
Después aprendieron a tratarse como dos personas que alguna vez habían compartido casi todo y ahora podían compartir un café sin confundirlo con una recaída.
Al día siguiente, Laura llegó al café a las seis y doce con un paraguas cerrado bajo el brazo y la misma costumbre de mirar primero la mesa y después a la persona.
—Elegiste el fondo —dijo.
—Hay menos ruido.
—Eso lo elegía yo.
Gabriel señaló la silla de enfrente.
—Podemos discutir la propiedad intelectual de las mesas después.
Laura se sentó. Llevaba el cabello más corto que la última vez que la había visto y un abrigo azul oscuro. Gabriel registró el dato con la misma neutralidad con la que habría registrado que Andrés se había afeitado. Se alegró de que fuera así.
—Antes de que empieces —dijo ella—, Renata sabe que seguimos en contacto, ¿no?
—Sí.
—Bien. No quiero convertirme accidentalmente en una escena de una película mala.
—No hay película mala.
—Eso dicen siempre cinco minutos antes de la música dramática.
Gabriel pidió café. Laura pidió té.
Esperaron hasta que el mozo se alejó.
—Bueno —dijo ella—. ¿Qué querés preguntarme?
Gabriel había ensayado varias versiones. Eligió la menos elegante.
—Cuando vivíamos juntos, ¿vos sentías que teníamos una vida juntos?
Laura lo miró durante dos segundos completos.
—Eso es peor de lo que esperaba.
—Gracias.
—No dije que no vaya a contestar.
Rodeó la taza vacía con ambas manos.
—Sí. Durante mucho tiempo, sí.
Gabriel esperó.
—Y después no —añadió ella.
El mozo dejó las bebidas. Laura esperó a que se fuera.
—¿Qué cambió?
—¿Querés la versión de seis meses de terapia de pareja o la útil para un café?
—La útil.
—Dejamos de elegirnos en todo lo que no era necesario.
Gabriel frunció el ceño.
Laura levantó una mano.
—No es una acusación. Yo también. Éramos excelentes para pagar cuentas, decidir quién compraba detergente, organizar vacaciones con cuatro meses de anticipación y recordar el cumpleaños de tu madre. Si había que hacer algo, funcionábamos.
—Sí.
—El problema empezó cuando no había que hacer nada.
Gabriel bajó la vista al café.
—Conmigo vivías —dijo Laura—. No fue suficiente.
La frase no sonó cruel. Precisamente por eso entró sin resistencia.
—Ya sé que no fue suficiente.
—No estoy segura.
Él levantó la cabeza.
Laura sostuvo su mirada.
—Creo que sabés que nuestro matrimonio no funcionó. No sé si entendiste qué prueba eso y qué no prueba.
—Explicate.
—No prueba que convivir sea malo. Tampoco prueba que convivir vuelva verdadera una relación. Nosotros tuvimos una casa compartida durante años. Hacia el final, a veces eras la persona con la que mejor coordinaba un supermercado y la que menos sabía qué me había pasado esa semana.
Gabriel recordó cenas en las que ambos habían llegado tarde, comido frente a la televisión y preguntado «¿todo bien?» con la esperanza tácita de que la respuesta fuera sí porque ninguno tenía energía para otra cosa.
—Renata y yo no estamos así.
—Ya lo sé.
—La viste dos veces.
—Te vi a vos después de verla.
Gabriel soltó aire por la nariz.
—Eso sonó peligrosamente a Teresa.
—Retiro la observación.
—Gracias.
Laura bebió té.
—¿Ella no quiere vivir con vos?
Gabriel no respondió de inmediato.
—No quiere vivir con nadie.
Laura asintió una sola vez.
No preguntó si era por miedo, por un ex o por falta de tiempo. Gabriel agradeció eso más de lo que esperaba.
—¿Y vos descubriste que sí querés?
—Descubrí que me gustó. No sé si es exactamente lo mismo.
—Bien.
—No uses ese tono.
Laura sonrió.
—Ese tono no era mío. Era tuyo.
—Peor todavía.
Ella se recostó en la silla.
—Entonces no uses nuestra convivencia como evidencia a favor de nada.
Gabriel la miró.
—No entiendo.
—Si estás pensando «la próxima vez quiero una vida de verdad con alguien», no decidas demasiado rápido qué forma tiene esa vida. Vos y yo teníamos casi todos los símbolos correctos y nos faltaba lo importante.
—¿Y qué era lo importante?
Laura levantó una ceja.
—No voy a resolverte la relación, Gabriel.
—Qué poco colaborativa.
—Estoy divorciada de vos. Mi obligación contractual terminó.
Él sonrió por primera vez desde que había llegado.
Laura también, pero enseguida volvió a ponerse seria.
—Solo digo que si con Renata tenés intimidad, deseo, conversación, ganas de estar, confianza... no tires todo eso dentro de la palabra «casa» como si la casa fuera la unidad de medida.
Gabriel miró por la ventana. La lluvia había empezado sin que la notara.
—No quiero pedirle que cambie.
—Entonces no se lo pidas.
—Andrés dijo casi lo mismo.
—Andrés siempre fue irritantemente sensato.
—No se lo digas.
—Jamás.
Laura terminó el té.
—Pero tampoco hagas lo que hacías conmigo al final.
—¿Qué cosa?
—Decir que todo estaba bien mientras acumulabas una lista mental de cosas que no estabas diciendo.
Gabriel se quedó quieto.
Eso sí lo reconoció.
—No sabía que hacía eso.
—Por supuesto que no. Si lo hubieras sabido, habríamos tenido discusiones mucho más eficientes.
El humor no quitó peso a la frase.
Cuando salieron, la lluvia era fina. Laura abrió el paraguas.
—¿Vas a verla hoy?
—No. Mañana.
—Entonces tenés una noche entera para no sacar conclusiones heroicas.
—Excelente plan.
—Cobro por hora.
Se despidieron con un beso breve en la mejilla. Laura caminó hacia Corrientes. Gabriel quedó bajo el toldo del café mirando cómo la lluvia convertía las luces de los autos en manchas sobre el asfalto.
Con Laura había vivido.
Con Renata había vivido durante casi cuatro semanas.
La similitud terminaba mucho antes de donde él había estado intentando hacerla terminar.
Sacó el teléfono. No escribió a Renata. No porque quisiera distancia, sino porque por primera vez desde el «Nunca» no sentía urgencia de convertir una comprensión incompleta en una conversación inmediata.
Guardó el teléfono y caminó hacia el subte bajo la lluvia.