Te quiero, pero no me mudo (Amores imperfectos 2) CAPÍTULO 15 GANAR
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CAPÍTULO 15 GANAR

El lunes, Sofía Méndez llegó doce minutos tarde al almuerzo y declaró que era culpa de una jueza, dos ascensores y el concepto mismo de expediente físico.

Renata la vio dejar el bolso sobre la silla vacía.

—Podrías haber dicho tránsito.

—No sería verdad.

—Nunca te detuvo.

Sofía se sentó y levantó una mano para llamar al mozo.

—Necesito café antes de que me ataques.

—Son la una y media.

—El café no reconoce horarios burgueses.

Renata esperó a que pidiera. Se conocían desde hacía suficiente tiempo para que Sofía detectara una conversación pendiente por la manera en que ella doblaba una servilleta.

—¿Qué pasó? —preguntó.

—Nada.

—Esa palabra te sale peor cuando estás preocupada.

—No estoy preocupada.

Sofía tomó el vaso de agua.

—Entonces estás por contarme algo que no te preocupa durante cuarenta minutos.

Renata dejó la servilleta.

—Gabriel y yo estamos bien.

—Excelente apertura. ¿Quién murió?

—Nadie.

—Entonces todavía estamos a tiempo.

—Estoy escuchando.

Renata apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Durante la reparación viví con Gabriel.

Sofía la miró.

—Eso lo sabía.

—Funcionó.

—Eso también. Me mandaste una foto de una lámpara con la frase «gané».

—No decía «gané».

—Decía «aceptó que la anterior era una porquería». Es tu versión de ganar.

Renata ignoró eso.

—Funcionó demasiado bien.

La expresión de Sofía cambió apenas. No perdió el sarcasmo, pero lo guardó en algún lugar menos visible.

—Ah.

—Gabriel empezó a querer algo que antes no sabía que quería.

—¿Que te mudes?

—No exactamente.

—¿Qué exactamente?

Renata miró hacia la calle.

—No sabe.

Sofía parpadeó.

—Eso complica mi asesoramiento gratuito.

—No te pedí asesoramiento.

—Me invitaste a almorzar un lunes cerca de tribunales. Es una consulta encubierta.

Llegó el café. Sofía bebió antes de preguntar:

—¿Y vos qué querés?

Renata no necesitó pensarlo.

—Mi casa.

—Bien.

—Y a Gabriel.

Sofía dejó la taza sobre la mesa.

—También bien.

—No quiere decir que las dos cosas encajen como antes.

—¿Por qué no?

Renata le contó la conversación del «Nunca». No palabra por palabra, pero lo suficiente. Le contó que Gabriel había entendido el límite, que no le había pedido que lo cambiara y que precisamente por eso no podía convertirlo en el villano conveniente de la historia.

También le contó la cita del sábado y la pregunta que había salido más pesada de lo que debería haber sido.

—¿Me quedo? —repitió Sofía.

—Sí.

—¿Y te quedaste?

—Sí.

—¿Querías quedarte?

—Sí.

Sofía abrió las manos.

—Entonces no veo el delito.

—No hay delito.

—Estamos progresando.

Renata la miró.

—Cada cosa que antes era normal ahora parece tener una segunda lectura.

Si duermo en su casa, no quiero que parezca que estoy probando una versión reducida de convivencia.

Si me voy, no quiero que parezca que estoy marcando territorio.

Y él está haciendo un esfuerzo tan grande por no presionarme que a veces parece que está hablando con un artefacto explosivo.

Sofía soltó aire por la nariz.

—Eso sí suena agotador.

—Lo es.

El mozo dejó dos platos. Sofía esperó a que se alejara.

—Entonces que se vaya.

Renata levantó la vista.

—¿Qué?

—Si Gabriel quiere una relación que termina viviendo juntos y vos no, que se vaya. No es lindo, pero tampoco es complicado.

La frase era tan limpia que por un segundo Renata entendió su atractivo.

Había pasado años resolviendo problemas espaciales de esa manera: primero definís lo que no se puede mover. Después todo lo demás se adapta alrededor.

Su casa no se movía.

Su límite tampoco.

Sofía cortó un pedazo de pollo.

—Vos fuiste clara. Él sabe quién sos.

—Sí.

—Entonces, si lo que necesita es incompatible con lo que podés dar, que se vaya.

Renata dejó el tenedor en el plato.

—No quiero ganar así —dijo.

Sofía dejó el tenedor.

—¿Ganar qué?

Renata miró el plato sin verlo.

—La discusión. Tener razón. Que quede establecido que mi límite es válido y que nadie puede pedirme que lo cambie.

—Porque lo es.

—Ya sé.

—Entonces no entiendo.

Renata levantó la vista.

—Si la forma de demostrar que mi límite es válido es perder a Gabriel, no gané nada.

Sofía se quedó callada. Esta vez no respondió enseguida.

Renata continuó antes de darle tiempo.

—No voy a mudarme con él para evitar que esto se rompa. Eso no está en discusión. Pero tampoco quiero usar «yo siempre fui así» como si cerrara cualquier conversación sobre lo que él necesita.

Sofía la observó con más atención.

—Eso suena peligrosamente razonable.

—No te acostumbres.

—Imposible.

El humor alivió algo, pero no borró la frase anterior.

Sofía tomó un sorbo de agua.

—¿Y qué necesita?

—Todavía no lo sabe.

—Entonces quizás el hombre debería averiguarlo antes de que vos rediseñes tu vida alrededor de una necesidad sin nombre.

Renata estuvo a punto de responder rápido.

Se detuvo.

—Sí.

—Ese fue un sí sospechosamente adulto.

—Callate.

Sofía sonrió.

—Solo digo que no todo depende de vos.

Renata miró por la ventana. Afuera, dos personas discutían junto a una moto estacionada. Un repartidor pasó entre ellas sin prestar atención.

No todo dependía de ella. Eso no significaba que nada dependiera de ella.

Después del almuerzo caminó de vuelta al estudio. Daniel le había mandado tres mensajes sobre una entrega y uno que decía únicamente NO ACEPTES EL MÁRMOL, como si Renata tuviera una historia conocida de aceptar mármol defectuoso bajo presión.

Guardó el teléfono. Al llegar a la esquina volvió a sacarlo y abrió la conversación con Gabriel. No escribió «tenemos que hablar». Ya habían hablado suficiente para una semana.

Escribió:

¿Cena mañana?

La respuesta llegó cuando esperaba el semáforo.

Sí.

Nada más.

Renata miró esa palabra y cruzó cuando cambió la luz. No sabía todavía qué podían negociar; sabía qué no iba a negociar.

Y, por primera vez desde que había vuelto a su casa, también sabía que no quería que la única salida fuera tener razón sola.