Te quiero, pero no me mudo (Amores imperfectos 2) CAPÍTULO 14 COMO ANTES
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CAPÍTULO 14 COMO ANTES

El sábado a las siete y diez, Renata llegó al restaurante cinco minutos antes y pasó los primeros tres mirando el teléfono para evitar aceptar que había llegado cinco minutos antes.

Gabriel apareció a las siete y ocho.

—Estás temprano —dijo.

—Vos también.

—Yo tengo una explicación.

—¿Cuál?

—Ansiedad social moderada y hambre.

Renata guardó el teléfono.

—La mía es tránsito eficiente.

—Eso suena menos humano.

El restaurante era uno al que habían ido varias veces durante los nueve meses anteriores: mesas pequeñas, luz baja, una carta corta y un mozo que recordaba que Gabriel pedía agua con gas y Renata no. Habían elegido el lugar precisamente porque no tenía historia reciente.

No era la casa de Gabriel. No era la suya. No había cajas, lámparas, paredes reparadas ni preguntas sobre dónde iba a dormir nadie.

Era una cita.

Una normal.

Renata decidió no analizar por qué necesitaba pensar la palabra.

Gabriel pidió una entrada que Renata solía robarle del plato. Renata pidió vino. Discutieron sobre una pareja en la mesa de al lado que llevaba diez minutos intentando fotografiar un plato sin comerlo.

—Se va a enfriar —dijo Gabriel.

—Ya está frío.

—Es una tragedia moderna.

—No mires.

—No puedo. Él acaba de mover la copa para mejorar la composición.

Renata le dio una patada suave debajo de la mesa.

—Comé.

—Estoy generando conversación.

—Estás espiando desconocidos.

—La historia se construye con fuentes.

—Eso no es una fuente. Es una ensalada.

Gabriel sonrió.

Y por un rato fue fácil.

No «fácil considerando lo del lunes». Fácil a secas.

Hablaron de la obra. Renata le contó que Daniel había conseguido reemplazar el lote de piedra y que Tomás había mandado un mensaje de tres párrafos agradeciendo específicamente que la puerta del estudio siguiera siendo maciza.

—Lo amo —dijo Gabriel.

—No sabés nada de él.

—Quiere una puerta y manda agradecimientos extensos. Hombre íntegro.

—Lucía te caería mejor.

—Lucía quiere tirar paredes.

—Quiere luz.

—Propaganda.

Renata se rió.

Después Gabriel le contó una discusión absurda entre dos profesores sobre quién había reservado primero una sala. Renata le preguntó si había intervenido.

—No.

—Estoy orgullosa.

—No hagamos una ceremonia.

El tono sí era conocido.

Renata sintió que el cuerpo se le aflojaba de una manera que no había notado que necesitaba.

A Renata no le pareció que estuvieran fingiendo.

Eso era importante.

Cuando terminaron de cenar, caminaron seis cuadras sin decidir hacia dónde iban. La noche estaba fresca. Gabriel le tomó la mano al cruzar una avenida y no la soltó del otro lado.

—¿Querés tomar algo? —preguntó.

Renata miró la hora.

—En tu casa.

Gabriel la miró apenas.

—Bueno.

Nada más.

Fueron en el auto de Renata. En el ascensor, él se apoyó contra la pared y ella lo besó antes de que llegaran al cuarto piso.

Gabriel le sostuvo la cara con una mano.

—Esto sí extrañaba.

—Pasaron dos días.

—Fueron intensos.

Las puertas se abrieron.

Renata salió primero.

La lámpara seguía en su lado de la cama.

La vio al entrar al dormitorio más tarde, después de que la copa de vino quedara olvidada en la cocina y la camisa de Gabriel terminara en el pasillo. La vio de nuevo cuando él la empujó suavemente contra el colchón y tuvo que apartarla con un brazo para que no se clavara el borde de la mesa de luz.

—Tu diseño atenta contra mí —murmuró Gabriel.

—Tu coordinación atenta contra vos.

—No es momento para evaluaciones técnicas.

—Nunca es mal momento.

Gabriel la besó antes de que pudiera seguir.

Después no hablaron durante bastante tiempo.

Más tarde, Renata estaba acostada boca arriba con una pierna cruzada sobre la de él. La ventana estaba abierta unos centímetros y entraba aire frío suficiente para que Gabriel hubiera intentado recuperar la sábana dos veces.

—La estás monopolizando —dijo.

—Mentira.

—Tengo treinta centímetros.

—Administralos mejor.

Gabriel tiró de la tela. Renata se dejó mover con ella hasta quedar más cerca.

—Manipulación —dijo.

—Eficiencia térmica.

Renata apoyó la frente contra su hombro.

El cuerpo conocía ese lugar. No había nada raro en estar allí. Había dormido en esa cama muchas veces antes de la tubería y durante casi cuatro semanas después.

Se quedó quieta.

Gabriel pasó una mano por su espalda.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso es mío.

—No tenés derechos exclusivos sobre «nada».

—Después de nueve meses, algunos.

Renata levantó la cabeza.

Había llevado una muda de ropa en el auto. No porque hubiera decidido quedarse, sino porque antes siempre tenía alguna cosa allí o improvisaba si hacía falta. Esa noche había metido una camiseta y ropa interior en el bolso antes de salir de su casa y no había pensado en ello hasta ese momento.

Podía levantarse. Vestirse. Manejar menos de veinte minutos y dormir en su cama.

También podía quedarse.

Las dos opciones seguían siendo sencillas.

Solo que ya no se sentían sencillas.

—¿Me quedo? —preguntó.

Gabriel no respondió inmediatamente.

Renata sintió el cambio antes de verlo: la mano que se movía sobre su espalda se detuvo un instante.

—Si querés.

No era una mala respuesta.

Precisamente por eso la irritó.

—No te pregunté si tengo permiso.

Gabriel cerró los ojos un segundo.

—Lo sé.

—Entonces.

—Entonces no sé qué respuesta querés que te dé.

Renata se incorporó apoyándose en un codo.

—Antes te decía «me quedo» o «me voy» y listo.

—Sí.

—Ahora te pregunto y parece una negociación.

Gabriel la miró.

—Vos preguntaste.

Renata abrió la boca y volvió a cerrarla.

Era verdad.

Él se sentó un poco más, apoyándose contra el respaldo.

—No quiero medir cada noche —dijo—. Tampoco quiero que te quedes porque pensás que irte va a significar algo sobre nosotros.

—No pienso eso.

—Bien.

La palabra salió seria, sin remate.

Renata miró la lámpara encendida a su lado. La había dejado allí porque iba a seguir durmiendo en esa casa a veces. Lo había sabido incluso mientras se llevaba el resto de sus cosas.

—Quiero quedarme —dijo.

Gabriel la observó.

—Entonces quedate.

—Eso sonó mejor.

—Voy a anotarlo para futuras evaluaciones.

Renata le dio un empujón en el hombro.

—Callate.

Esta vez ambos sonrieron.

Gabriel apagó la lámpara.

En la oscuridad, Renata se acomodó de costado y él se acercó detrás de ella. La conversación no había resuelto nada grande. Tampoco había convertido una noche en una promesa.

Eso debería haber sido suficiente.

Lo era.

Y aun así, antes de dormirse, Renata pensó que «como antes» ya no describía del todo lo que estaban haciendo.