CAPÍTULO 13 NO CAMBIÓ LAS REGLAS
El viernes, Gabriel dio una clase de noventa minutos sobre transiciones democráticas sin pensar en Renata durante diecisiete minutos seguidos.
Lo consideró un avance.
A las doce y cuarto salió del aula con una carpeta bajo el brazo y encontró a Andrés apoyado contra una columna del pasillo, mirando una fotografía en el teléfono.
—¿Qué hacés acá?
Andrés levantó la vista.
—Hola a vos también.
—Trabajás a cuarenta minutos.
—Tenía una reunión a seis cuadras. Terminó antes.
Gabriel miró alrededor.
—¿Y decidiste venir voluntariamente a una universidad?
—Mamá dice que no la llamás.
—La llamé el miércoles.
—Para mamá, el miércoles pertenece a otra administración.
Gabriel siguió caminando. Andrés se acomodó a su lado.
—¿Almorzaste?
—No.
—Entonces mi visita tiene utilidad social.
—Eso está por demostrarse.
Bajaron a un café de la esquina que servía platos demasiado grandes en mesas demasiado pequeñas. Gabriel pidió una milanesa con ensalada. Andrés pidió lo mismo y después pasó cinco minutos sosteniendo que no era imitación porque había elegido antes en su cabeza.
Hablaron de Teresa, de una pérdida de agua en el edificio de Andrés y de un primo que había decidido correr una media maratón sin haber corrido nunca más de tres cuadras voluntariamente.
Gabriel estuvo a punto de creer que su hermano realmente había aparecido solo para comer.
Entonces Andrés cortó un pedazo de milanesa y preguntó:
—¿Renata volvió a su casa?
Gabriel tomó agua.
—Ayer.
—¿Todo bien?
La pregunta no tenía el tono cuidadoso de Teresa ni la curiosidad afilada de alguien que esperaba una historia. Andrés preguntaba como preguntaba por el auto después del service.
Gabriel decidió no inventar una respuesta simple.
—Sí y no.
Andrés asintió.
—Clarísimo.
—La reparación terminó. Está contenta de haber vuelto.
—Eso parece un sí.
—Lo es.
—¿Y vos no?
Gabriel dejó el tenedor en el plato.
—Me gustó vivir con ella.
Andrés esperó.
—Mucho —añadió Gabriel.
—Sigue sin sonar como un problema.
—Renata no quiere vivir con nadie.
Andrés se quedó quieto un segundo. Después dejó los cubiertos sobre el plato.
—Ah.
Gabriel lo miró.
—Gracias por el análisis.
—Estoy procesando.
—Procesá más rápido.
—¿Nunca?
—Nunca.
—¿Te lo dijo así?
—Con esa palabra exacta.
Andrés miró hacia la calle, donde un colectivo frenaba demasiado cerca de un taxi. Cuando volvió a Gabriel, ya no estaba sonriendo.
—¿Y vos qué querés?
—Esa es la parte molesta.
—¿No sabés?
—Sé que no quiero que se mude porque sí. Sé que no quiero convertir esto en que ella defiende su casa y yo espero a que cambie. Y sé que volver anoche a mi departamento y ver que sus cosas ya no estaban me cayó peor de lo que esperaba.
Andrés tomó el vaso.
—Eso son tres cosas.
—Gracias, contador emocional.
—No soy contador.
—Peor. Sos mi hermano.
Andrés bebió y dejó el vaso.
—Renata no cambió las reglas.
La frase llegó tan tranquila que Gabriel tardó un segundo en responder.
—Ya sé.
—¿Sí?
—Nunca me prometió que íbamos a vivir juntos.
—Ni te insinuó que fuera el destino natural de la relación.
—No.
—Entonces no hizo nada distinto de lo que venía haciendo.
Gabriel sintió la primera defensa antes de decidir si la necesitaba.
—No estoy diciendo que haya hecho algo mal.
—No dije que lo dijeras.
—Sonó bastante parecido.
Andrés suspiró.
—Gabriel, no estoy tomando partido. Estoy diciendo que si ella no cambió las reglas, el que descubrió algo nuevo fuiste vos.
Gabriel miró el borde del plato.
—Sí.
—Eso también importa.
Levantó la vista.
Andrés se encogió de hombros.
—Que Renata no te haya prometido convivir no significa que ahora tengas que hacerte el boludo y fingir que no te importa haber descubierto que te gusta.
—Qué discurso delicado.
—Me preparé años para este momento.
Gabriel casi sonrió, pero la frase anterior seguía allí.
—No quiero que parezca una exigencia.
—Entonces no la conviertas en una.
—Excelente. Problema resuelto.
—No dije eso.
Andrés apartó el plato vacío cuando el mozo pasó.
—Digo que podés ser justo con ella sin mentirte a vos. Son dos trabajos distintos.
Gabriel no respondió.
Había algo incómodo en descubrir una necesidad después de nueve meses de una relación que funcionaba: no podía culpar a Renata por no haberla previsto, pero tampoco podía deshacerla por educación.
No necesitaba convertir eso en una teoría. Ya había hecho suficiente teoría por una semana.
El teléfono de Andrés vibró.
—Me tengo que ir.
—¿Tenías otra reunión?
—A las dos. Y ya estoy usando los cinco minutos de tolerancia que critico en todo el mundo.
Gabriel miró la hora.
—Son casi las dos.
—Exactamente.
Andrés dejó dinero debajo del vaso. Gabriel lo empujó de vuelta.
—Invito yo.
—¿Por qué?
—Porque viniste hasta acá.
—Vine por mamá.
—Entonces que pague ella.
Andrés guardó el billete.
Antes de irse, apoyó una mano breve en el hombro de Gabriel.
—No cambió las reglas —repitió—. Pero vos tampoco tenés que actuar como si no hubiera cambiado nada adentro tuyo.
Gabriel lo vio cruzar el café y salir a la vereda.
Cinco minutos después estaba de vuelta en su despacho. Había tres correos sin responder y una solicitud de un colega para reemplazarlo en una mesa evaluadora la semana siguiente.
Abrió el mensaje, leyó la fecha y sintió el impulso conocido de mirar el calendario para buscar dónde podía meterlo.
Se quedó quieto y cerró el correo sin responder. Todavía no había dicho que no; por lo menos, tampoco había salido otro sí automático.
Gabriel dejó el teléfono boca abajo y abrió el material de su clase siguiente.
A las tres, cuando empezó a hablar frente a cuarenta alumnos, la frase de Andrés seguía allí sin ofrecerle ninguna solución útil.
Eso, por algún motivo, le pareció más honesto.