Te quiero, pero no me mudo (Amores imperfectos 2) CAPÍTULO 12 MUCHO
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CAPÍTULO 12 MUCHO

La primera noche de vuelta en su departamento, Renata hizo exactamente lo que había querido hacer durante casi cuatro semanas: nada que necesitara coordinar con otra persona.

Cerró la puerta después de que el ascensor se llevara a Gabriel, apoyó la espalda contra la madera durante un segundo y escuchó.

Nada.

No la heladera de Gabriel arrancando desde la cocina. No un libro cerrándose en el living. No pasos en el pasillo ni una voz preguntándole si quería té mientras ella todavía estaba decidiendo si quería seguir despierta.

Su propio silencio tenía otra textura: era espacio, no ausencia.

Renata dejó las llaves en el cuenco de la entrada y caminó descalza hasta el dormitorio.

La valija vacía estaba otra vez arriba del placard.

La ropa había vuelto a sus estantes. El neceser ocupaba el lado exacto del baño que había ocupado durante años.

La caja transparente de herramientas estaba donde debía estar.

No necesitaba comprobar nada más. Lo comprobó igual: abrió la canilla de la ducha para revisar que saliera caliente, encendió y apagó la lámpara del dormitorio y corrió una hoja de la ventana del living antes de volver a cerrarla.

Después se quedó en medio del departamento con las manos en la cintura.

—Patético —se dijo.

Una de las plantas necesitaba agua. Eso sí era una tarea real.

La llevó al balcón, regó demasiado porque había perdido la práctica de calcular el peso de la maceta y tuvo que inclinarla para que drenara.

Mientras esperaba, miró las luces de los edificios de enfrente.

Buenos Aires seguía haciendo ruido abajo, pero desde el sexto piso llegaba amortiguado: motores, una bocina, alguien arrastrando una silla en un balcón lejano.

Renata sonrió. Había extrañado eso: no una idea del silencio, sino ese silencio concreto.

Volvió a entrar y abrió la heladera. Tenía agua, mostaza, una botella de soda y nada que pudiera considerarse cena sin una interpretación generosa.

Su teléfono vibró sobre la mesa.

Gabriel.

Llegué.

Renata miró la hora. Veintiuna cuarenta y tres.

Bien.

Tres puntos aparecieron.

Prometo no mandar audios.

Ella apoyó una mano en la puerta de la heladera.

Excelente decisión.

Los puntos volvieron.

Estoy creciendo.

Renata soltó una risa corta y guardó el teléfono.

Pidió empanadas. No porque fuera su cena favorita, sino porque nadie podía acusarla de haber recuperado su cocina para usarla la primera noche.

Mientras esperaba, se duchó durante demasiado tiempo, salió con el cabello mojado y se puso un pantalón viejo que nunca llevaba a casa de Gabriel porque él sostenía que tenía «la textura visual de una cortina de consultorio».

Se miró en el espejo. Seguía siendo horrible. También era perfecto.

Cuando llegó el pedido, comió dos empanadas en el sillón verde con los pies sobre la mesa baja. No puso música. No encendió la televisión. Leyó treinta páginas de una novela que llevaba semanas avanzando de a cinco porque siempre terminaba hablando con Gabriel antes de dormir.

A la mitad de la tercera empanada, levantó la vista. El departamento estaba quieto. Renata esperó la culpa y no llegó; esperó esa sensación absurda de estar eligiendo el silencio contra alguien y tampoco apareció. Estaba bien. Más que bien.

Terminó de comer, llevó el plato a la cocina y lo lavó inmediatamente porque nadie iba a dejarlo ahí por ella ni a protestar si lo dejaba hasta la mañana. Lo secó. Lo guardó. Después se quedó con la mano en el tirador del armario.

Gabriel habría dicho que eso confirmaba una patología organizativa. Renata se descubrió formulando la respuesta antes de recordar que no estaba allí para escucharla.

—Y vos dejás libros en las sillas —dijo de todos modos.

El departamento no defendió a Gabriel, y eso la hizo reír otra vez.

A las once y veinte se metió en la cama. Ocupó el centro por puro principio. Estiró una pierna hacia el lado vacío y después la otra. Nadie le robó manta. Nadie respiraba demasiado cerca. Nadie se acomodó contra su espalda cinco minutos después de jurar que tenía calor.

Renata abrió su libro, leyó dos páginas y volvió a la anterior porque no había entendido nada. El teléfono estaba sobre la mesa de luz. No lo tocó. Leyó otras tres páginas. Lo tocó.

Había un mensaje de Sofía preguntando por una audiencia del lunes y uno de su madre con una fotografía de su sobrino sosteniendo una maqueta torcida de un volcán. Ninguno de Gabriel.

Perfecto. A Renata le pareció exactamente lo que habían acordado sin decirlo: él no estaba convirtiendo la primera noche sola en una prueba, y ella no iba a tranquilizarlo como si hubiera hecho algo que necesitara compensación.

Dejó el teléfono otra vez. Cinco minutos después lo tomó. No necesitaba escribirle; le escribió.

¿Seguís despierto?

La respuesta llegó casi inmediatamente.

Estoy corrigiendo. Técnicamente eso cuenta como castigo, no como vigilia.

Renata sonrió contra la almohada.

Deberías haber terminado antes.

Estoy explorando las consecuencias de mis decisiones.

Eso sonó sospechosamente maduro.

No te acostumbres.

Renata dejó pasar unos segundos.

Podía terminar ahí. Habían hablado. Él estaba bien. Ella estaba bien. No había nada urgente que ordenar.

Gabriel escribió primero.

¿Disfrutando el silencio?

Renata miró el dormitorio. La puerta estaba cerrada. Su libro ocupaba la otra almohada porque podía. Afuera, el tránsito era apenas un rumor.

Muchísimo.

Esta vez los tres puntos tardaron más.

Yo te extraño.

Renata leyó la frase una vez y después otra. No sintió que una verdad deshiciera la otra.

Yo también.

Dejó el teléfono sobre la mesa de luz y apagó la lámpara.