Te quiero, pero no me mudo (Amores imperfectos 2) CAPÍTULO 11 TERMINARON
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CAPÍTULO 11 TERMINARON

Diez días después, Renata estaba agachada junto a una entrega de piedra en la obra de Molina-Ferreyra cuando vibró el teléfono en el bolsillo trasero del pantalón.

Tenía una rodilla apoyada sobre cartón, un lápiz entre los dientes y a Daniel discutiendo con el proveedor a cuatro metros. La piedra había llegado con una variación de tono suficiente para que Daniel estuviera usando una voz demasiado educada, lo cual siempre era mala señal.

Renata sacó el teléfono. Administración.

—Vidal.

—Señora Vidal, buenos días. La llamo por su departamento.

Renata se puso de pie.

—¿Qué pasó?

—Terminaron.

Durante un segundo pensó que había escuchado mal.

—¿Qué terminaron?

Daniel dejó de hablar con el proveedor y la miró.

—Los trabajos. El sellado dio bien, el piso ya está colocado, cerraron cielorraso y pintura. Hicimos la revisión final esta mañana.

Renata sacó el lápiz de la boca.

—Me habían dicho la semana que viene.

—Se adelantaron.

—¿Está habilitado el dormitorio?

—Sí.

—¿Humedad residual?

—Dentro de parámetros. Le enviamos el informe.

—¿Puedo entrar hoy?

—Cuando quiera.

Renata miró la piedra, al proveedor, a Daniel. Su cabeza intentó continuar la discusión sobre vetas y lotes mientras el resto de ella ya estaba buscando las llaves del auto.

—Voy en una hora.

Cortó.

Daniel levantó las cejas.

—¿Problema?

—Terminaron mi departamento.

La cara de Daniel cambió apenas.

—Andá.

—La entrega...

—Puedo mirar una piedra sin supervisión.

Renata recogió la carpeta.

—Eso está por demostrarse.

—Andá a tu casa, Renata.

Esta vez no discutió.

• • •

Treinta y ocho minutos después abrió la puerta de su departamento. El olor fue lo primero: pintura nueva, madera sellada y polvo limpio. Nada de humedad.

Entró despacio. El pasillo ya no tenía la línea oscura en el techo. La pared estaba cerrada. El piso del dormitorio recuperaba continuidad donde antes había tablas levantadas. Las plantas seguían en el living, apartadas de la zona reparada, y el sillón verde estaba descubierto otra vez.

Renata dejó el bolso y fue al dormitorio. Abrió el placard: seco. Pasó una mano por la pared: seca. Se agachó junto al piso y revisó la unión de las tablas. Correcta. Después abrió la ventana, volvió al pasillo y comprobó el tramo de cielorraso reparado desde dos ángulos distintos.

No era desconfianza. Era su casa.

Abrió otra ventana. El aire entró por el living y movió apenas una hoja de una de las plantas.

Su casa.

La alegría llegó limpia, casi física. Renata sonrió. No pensó en si esa felicidad podía herir a Gabriel hasta después; primero estuvo simplemente feliz.

Caminó por el dormitorio una vez más, imaginó sus sábanas de vuelta, el despertador en su mesa de luz y una noche completa sin tener que explicar que necesitaba silencio. Después sacó el teléfono.

Gabriel atendió al tercer tono. Había voces detrás; seguía en la universidad.

—Terminaron —dijo Renata.

Hubo un silencio breve.

—¿Hoy?

—Hoy. Está todo bien.

—Me alegro.

Lo decía en serio. Renata también oyó el esfuerzo que le costaba mantener la frase en ese único significado.

—Me vuelvo hoy.

Gabriel respiró.

—Está bien.

—No hace falta que vengas.

—Lo sé. Salgo a las seis. Paso por casa y te ayudo.

«Casa» no necesitó aclaración. Renata miró el living recién recuperado y pensó en la caja transparente de herramientas debajo del escritorio de Gabriel, en la ropa que seguía en el cajón y en los libros que había dejado junto a su ventana.

—Nos vemos después.

—Sí.

Cortaron.

Renata guardó el teléfono y abrió todos los ventanales que podía abrir. Durante la siguiente hora recibió el informe de la administración, fotografió las reparaciones y contestó dos mensajes de Daniel. A las seis menos cuarto ya había hecho una lista mental de lo que tenía que traer de vuelta.

No escribió «mudanza». Ni siquiera en su cabeza.

• • •

A las seis y cuarenta y cinco, Renata estaba arrodillada frente al cajón que Gabriel le había vaciado al comienzo de la convivencia. Sobre la cama había ropa, libros y el neceser del baño. Gabriel llegó con dos bolsas reutilizables y empezó a guardar sin preguntar qué iba en cada una.

Empacaron sin ceremonia. Renata vació el estante del baño, recogió los dos pares de zapatos que se habían instalado debajo del banco y apiló los libros que llevaba semanas dejando junto a la ventana. El cajón quedó vacío mucho más rápido de lo que había tardado en llenarse.

Gabriel doblaba mal las camisetas. Renata lo vio hacerlo y, por primera vez en varias semanas, no corrigió nada. No porque hubiera dejado de importarle el orden, sino porque el gesto de él guardando sus cosas para que ella pudiera llevárselas era demasiado preciso para interrumpirlo por una manga.

En el despacho, la caja transparente de herramientas seguía debajo del escritorio. Renata la levantó.

—Esto vuelve conmigo.

Gabriel la tomó de sus manos.

—Yo la llevo.

Renata no discutió.

Al volver al dormitorio, Gabriel señaló la lámpara nueva.

—¿Y esa?

Renata miró el brazo articulado, la luz que había elegido para un lado de una cama que nunca había llamado propia.

Podía llevársela. La había elegido para leer. También podía dejar una cosa atrás sin convertirla en una cesión territorial.

—Dejala.

Gabriel la miró un instante y después asintió.

—Dormís acá a veces.

Renata apartó la mano de la lámpara.

—Sí.

La palabra quedó ahí sin discusión.

Cuando salieron al pasillo recordó la caja de Teresa.

—La caja de tu mamá.

Gabriel se detuvo.

—Se queda.

—Era «para nosotros».

—Y vos te estás llevando tus cosas. Esa no es una de ellas.

Renata miró hacia el cuarto de archivo. La puerta estaba abierta; desde allí alcanzaba a ver una esquina de cartón con la palabra COCINA.

—¿Qué vas a hacer con ella?

Gabriel tardó un segundo.

—Todavía no sé.

Renata asintió. Por primera vez, la caja podía quedarse cerrada sin que ninguno tuviera que decidir qué significaba.

Hicieron dos viajes. En el primero llevaron ropa, libros, herramientas y el neceser. En el segundo volvieron por una campera, los zapatos que faltaban, una carpeta de trabajo y la valija vacía.

El trayecto entre los dos departamentos duraba menos de veinte minutos, pero aquella tarde cada viaje hacía visible la dirección del movimiento. El departamento de Gabriel recuperaba espacio. El de Renata recuperaba objetos.

Gabriel cargó la última bolsa hasta el dormitorio de Renata.

Ella abrió el placard y empezó a devolver cada cosa a un lugar que no necesitaba pensar.

La ropa volvió a sus estantes. Los zapatos al banco de la entrada.

La caja transparente al cajón de herramientas.

Los libros quedaron en una pila temporal que Renata sabía exactamente cuándo iba a ordenar.

Gabriel subió la valija vacía al estante superior del placard y después bajó los brazos.

No había más que mover.

Renata miró alrededor. Su cama. Su placard. Su silencio disponible detrás de una puerta que podía cerrar cuando quisiera. La felicidad no necesitaba defensa y no pensaba reducirla para proteger a Gabriel.

Gabriel recogió las bolsas vacías.

Renata lo vio mirar hacia la cocina, como si comprobara que ya no quedaba nada por hacer.

—Quiero quedarme sola hoy.

Gabriel se quedó inmóvil apenas un segundo.

—Está bien.

Volvió a ajustar las asas de las bolsas.

—No estoy del todo bien —añadió antes de que ella preguntara.

A Renata la conmovió que no fingiera.

—Yo sí estoy contenta. Mucho.

—Ya sé.

Verlo prepararse para irse le resultó difícil, aunque seguía queriendo exactamente lo que acababa de pedir: esa noche, su casa para ella sola.

Cruzó la distancia y lo besó. Fue breve, sin urgencia. Gabriel le sostuvo la cintura un instante antes de separarse.

—No necesito que me expliques lo que tu felicidad no significa —dijo él.

Renata lo miró.

—Entonces, ¿qué necesitás?

Gabriel miró hacia la puerta antes de responder.

—Entender qué significa para mí que esto no vaya a cambiar.

Renata no tuvo una respuesta para eso. Tampoco intentó fabricar una.

Él caminó hacia la puerta.

—Mañana te llamo.

—Después de las nueve.

Gabriel la miró y, por primera vez desde que habían empezado a mover cajas, sonrió de verdad.

—Correcto. Me lo dijiste.

Renata abrió la puerta. El ascensor llegó mientras Gabriel esperaba con las bolsas en una mano.

Entró. Las puertas se cerraron.