CAPÍTULO 10 NUNCA
El lunes a las cinco menos diez, Gabriel terminó una clase con ocho minutos de retraso y treinta y dos personas convencidas de que esos ocho minutos les pertenecían de manera individual.
Guardó el marcador y señaló la puerta antes de que empezaran las preguntas. Había prometido no convertir cada salida de aula en una tutoría improvisada.
—La bibliografía está en el campus. Lo demás, en horario de consulta.
Mateo Ferrer se quedó junto a la primera fila con una carpeta bajo el brazo.
—Profesor, ¿vio el esquema nuevo?
Hasta hacía poco habría abierto el archivo ahí mismo, leído tres páginas de pie y llegado tarde a cualquier cosa que viniera después.
—Lo vi llegar. Lo vemos el miércoles.
Mateo vaciló.
—Tenés tutoría conmigo el miércoles —añadió Gabriel.
Mateo asintió y se fue.
Gabriel guardó la computadora.
Al guardar el teléfono encontró un mensaje de Renata:
¿La caja sigue en tu auto?
Sí. La subo cuando llegue.
Gracias.
Gabriel se colgó la mochila. La caja había pasado el día entero en el estacionamiento de la universidad, pero lo que le pesaba no era la olla ni la ensaladera. Era la frase del auto del domingo y la conversación que había prometido iniciar sin saber todavía cómo terminarla.
Apagó las luces y salió.
• • •
Renata lo esperaba en la entrada del edificio. No hablaron de la caja hasta que abrieron la puerta trasera y la levantaron entre los dos. El fondo del cartón cedió apenas por el peso de la olla; Gabriel cambió el agarre y Renata sostuvo el otro extremo.
Subieron en el ascensor concentrados únicamente en no perder el agarre.
El espacio reducido los obligó a quedar frente a frente con la caja entre ambos.
Gabriel tuvo la impresión absurda de que la conversación también viajaba así: demasiado grande para ignorarla y demasiado incómoda para apoyar en otro lado.
La dejaron en el suelo del cuarto de archivo. Renata leyó COCINA una vez más y empujó las solapas hacia adentro sin abrirlas.
—Ayer dijiste que querías hablar.
Gabriel se enderezó.
—Sí.
Salieron al pasillo. En la cocina, Gabriel dejó las llaves sobre la mesada y apoyó las manos en el borde. Había ensayado frases durante buena parte del día. Ninguna le pareció mejor ahora que Renata estaba delante.
—No quiero que te quedes porque tu departamento se arregle —dijo—. Quiero empezar por ahí.
Renata sostuvo su mirada.
—Lo sé.
—Y tampoco estoy diciendo que lo que teníamos antes estuviera mal.
—No lo estaba.
—No.
Gabriel pasó el pulgar por una pequeña marca de la mesada que llevaba años allí.
—Estas semanas me gustaron.
—A mí también.
La respuesta llegó sin esfuerzo. A Gabriel le dolió precisamente por eso.
—Me gusta despertarme con vos. Volver y encontrarte acá. Que un sábado pueda pasar sin que tengamos que decidir cada rato si nos vemos, si cenamos juntos o en qué casa termina el día. Me gusta que podamos trabajar sin hablar y que después uno levante la cabeza y el otro siga ahí.
Renata apoyó una mano sobre el respaldo de una silla.
—Eso también me gusta.
Gabriel asintió.
—Antes pensaba que nuestras dos casas funcionaban y no necesitaba preguntarme mucho más.
—¿Y ahora?
Gabriel miró un instante hacia el pasillo. Desde allí se veía la lámpara nueva en el dormitorio.
—Ahora sé que también quiero alguna parte de esto. No sé cuál. No sé cómo se supone que encaja con lo que ya teníamos. Pero no quiero fingir que no existe solo porque tu departamento va a estar listo.
Renata dejó la silla. No retrocedió, pero el cuerpo se le volvió más quieto.
—Nunca —dijo al fin.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Nunca qué?
Ella volvió a mirarlo.
—Nunca quise vivir con nadie.
El silencio cambió de peso. Gabriel había esperado una resistencia, un «todavía no», incluso una discusión sobre tiempos. No una palabra que eliminara el tiempo de la ecuación.
Sintió que algo se le tensaba debajo del esternón.
No era enojo. Tampoco podía llamarlo sorpresa del todo; Renata nunca había hablado como alguien que soñara con una casa compartida.
Pero él había convertido esa ausencia de entusiasmo en una cuestión de momento porque era la interpretación más cómoda.
—¿Nunca?
—Nunca.
—¿Antes de mí tampoco?
—Antes de vos tampoco.
Gabriel se sentó. Apoyó los antebrazos sobre las piernas y miró sus manos un momento antes de volver a ella.
—Pensé que era demasiado pronto.
—Nueve meses puede ser pronto para muchas cosas. Para esto no es la cuestión.
—Entonces no es que necesites más tiempo.
Renata negó.
—No.
Gabriel tragó. La respuesta no lo convertía en rechazado; sabía eso. Renata estaba allí, había vaciado una valija en su cajón, lo había acompañado durante semanas y acababa de decir que le gustaba. El problema era precisamente que todas esas cosas podían ser ciertas al mismo tiempo.
—¿Es un límite?
Renata tardó apenas un segundo.
—Sí.
Gabriel asintió. La palabra no le dio alivio ni una dirección; solo hizo más nítido el lugar en el que estaban.
Renata acercó la silla y se sentó frente a él.
—Puedo amar dormir con vos y querer dormir sola otras noches. Puedo disfrutar tener mis cosas acá y querer que mi casa siga siendo mía. Puedo pasar semanas viviendo con vos y no querer que eso se convierta en la estructura de todos mis años.
Gabriel sostuvo su mirada.
—Entiendo.
Renata esperó.
—Pero entender lo que vos querés no me dice todavía qué hago yo con lo que empecé a querer.
Ella bajó la vista un instante. Cuando volvió a levantarla, no parecía a la defensiva. Parecía preocupada.
—No.
—Y no quiero que esto se convierta en que vos defendés tu casa y yo espero en silencio a que cambies de opinión.
Renata levantó la cabeza.
—Yo tampoco quiero eso.
Gabriel dejó caer las manos entre las rodillas.
—Entonces necesito tiempo para entender si puedo querer otra cosa sin convertirla en una exigencia.
—Tomate el tiempo.
Gabriel no respondió. Por primera vez desde que había empezado a hablar, no sintió necesidad de llenar el silencio.
Se quedaron así un rato. La heladera arrancó detrás de ellos; un auto tocó bocina en la calle. Nada en el departamento acompañó la magnitud que la conversación había adquirido.
Comieron tarde. No pusieron música y no volvieron al tema. La caja siguió en el cuarto de archivo, cerrada. Gabriel la vio al pasar una vez y siguió de largo.
Más tarde, Renata se duchó primero. Cuando salió con el cabello húmedo, encontró a Gabriel sentado en la cama con un libro abierto en la misma página desde hacía demasiado tiempo.
—¿Estás bien?
Gabriel cerró el libro.
Podía mentir. Ella lo habría detectado.
—No del todo.
Renata asintió.
—Yo tampoco.
Ella se acostó sin buscar una solución. Gabriel agradeció que no intentara ofrecerle una.
Apagó la lámpara de su lado y, unos segundos después, Renata apagó la nueva.
En la oscuridad, Gabriel escuchó cómo su respiración se hacía más lenta. Pensó en el departamento de Renata, en la pared secándose y en el cálculo de dos semanas que ahora podía ser menos.
Desde que Renata había llegado con la valija, nunca había querido contar los días.
Esa noche quiso saber exactamente cuántos faltaban.