Te quiero, pero no me mudo (Amores imperfectos 2) CAPÍTULO 9 UNA CAJA
38%

CAPÍTULO 9 UNA CAJA

El domingo a las dos y veinte de la tarde, Renata descubrió que Teresa Costa seguía sirviendo el almuerzo como si cuatro personas fueran una cifra orientativa.

Había carne al horno, papas, ensalada, pan y una fuente cubierta con un repasador. Andrés, que ya había perdido la discusión sobre las porciones, levantó el vaso cuando Renata miró la mesa.

—No luches. Yo llevo cuarenta y tres años perdiendo.

—Cuarenta y tres años comiendo bien —corrigió Teresa.

Gabriel apareció desde la cocina, se sentó junto a Renata y estiró la mano hacia las papas.

La facilidad de la escena la sorprendió más que la cantidad de comida.

Aquella tarde dejó el bolso en la misma silla de siempre, se sirvió agua sin preguntar dónde estaban los vasos y corrigió a Andrés cuando confundió el nombre de un proveedor.

Nadie pareció registrar nada extraordinario.

Eso era lo extraordinario.

Teresa le preguntó por el departamento. Renata explicó que ya habían reemplazado parte del piso y que todavía faltaban sellado, control de humedad y pintura. Gabriel escuchó sin intervenir hasta que el teléfono de Renata vibró junto al plato.

Inspección de humedad aprobada. Si el sellado termina bien, adelantamos la colocación final.

Renata leyó dos veces.

—Pueden terminar antes.

Le mostró la pantalla. Gabriel la leyó antes de devolvérsela.

—Eso es bueno.

—Si terminan —dijo Renata.

Guardó el teléfono, pero durante un rato siguió sintiendo la noticia en el cuerpo: su cama, su ducha, su escritorio, todo acercándose de golpe unos días.

La conversación se desvió hacia una tía a la que Gabriel llevaba dos días sin llamar.

Andrés defendió que dos días no constituían abandono familiar; Teresa sostuvo lo contrario.

Renata pudo comer durante varios minutos sin ser el centro de nada, y esa pertenencia lateral —estar incluida sin que nadie la examinara— le resultó peligrosamente cómoda.

• • •

Una hora después, Renata estaba juntando platos cuando Teresa le pidió que la acompañara al cuarto del fondo. Gabriel levantó la cabeza desde la pileta.

—Mamá.

—¿Qué?

—Ese tono.

Teresa lo ignoró. Andrés empezó a seguirlas y recibió una mirada que no lo detuvo en absoluto.

El cuarto funcionaba como depósito, biblioteca y archivo de cualquier objeto al que Teresa todavía pudiera imaginarle una segunda vida. Había cajas rotuladas por décadas, bolsas prolijamente dobladas, dos valijas antiguas y un ventilador que parecía haber sobrevivido a varias reformas familiares.

En el suelo había una caja mediana con una palabra escrita en marcador negro:

COCINA.

—Llévensela —dijo Teresa.

Gabriel llegó detrás de Renata.

—No.

—Ni sabés qué hay.

—Precisamente.

Teresa abrió las solapas. Adentro había una fuente de horno esmaltada, seis platos hondos, dos repasadores todavía con la etiqueta, una ensaladera de vidrio y una olla pequeña de hierro.

—Tengo platos —dijo Gabriel.

—Tenés cuatro que combinan y tres que fingís que combinan.

—Funcionan.

Teresa volvió a acomodar la ensaladera.

—Yo no uso esto hace años.

Renata miró la caja. El inventario no tenía nada de especial. Precisamente por eso le incomodó antes de entender por qué.

—¿Se la das a Gabriel?

Teresa frunció el ceño, como si la pregunta estuviera mal formulada.

—A ustedes.

Andrés dejó de sonreír. Gabriel se pasó una mano por la nuca.

—Mamá, Renata tiene su casa.

—Ya sé.

—Y va a volver.

—También sé.

Teresa cerró una de las solapas con la palma.

—No estoy firmando una escritura. Les estoy dando cosas que pueden usar.

Renata no vio malicia ni estrategia en su cara. La naturalidad con que Teresa había dicho «a ustedes» lo volvía más difícil: la expresión había salido como si nombrara algo obvio, un «ustedes» capaz de recibir una olla.

Eso lo volvía más difícil.

—¿Por qué «a ustedes»?

Teresa tardó un momento.

—Porque ahora las usan los dos.

—Ahora.

—Sí.

—Temporalmente.

Teresa asintió.

—Sí, querida.

La palabra sonó correcta y, al mismo tiempo, insuficiente. Renata bajó la vista hacia los platos, la fuente, la olla. No era un ajuar ni una indirecta de boda. Era peor por su normalidad: cosas para una casa compartida que nadie había dicho que existiera.

Gabriel tomó aire.

—Nos la llevamos. Después decidimos qué hacemos con ella.

Renata sostuvo su mirada. Podía negarse y convertir una caja en una declaración. Podía aceptarla y seguir pensando que era solo una caja. Ninguna opción le gustó demasiado.

Asintió.

Andrés ayudó a Gabriel a levantarla. Teresa volvió al comedor como si acabara de resolver un problema de espacio y nada más.

• • •

La caja quedó en el asiento trasero del auto. Gabriel cruzó el cinturón por delante del cartón para que la ensaladera no se moviera y cerró la puerta sin comentario. Renata subió del otro lado.

Gabriel arrancó. Durante las primeras cuadras hablaron únicamente de la ruta para volver y de una calle cortada. La ausencia de bromas alrededor de la caja la hacía ocupar más espacio que el cartón.

Renata miró por el espejo retrovisor. COCINA se leía al revés.

—¿Todos creen que me voy a quedar?

Gabriel tardó en responder.

—No.

—Tu mamá sí.

—Mi mamá cree que nos está ayudando.

—¿Andrés?

—No sé qué cree Andrés.

Renata giró hacia él.

—¿Y vos?

El semáforo cambió a rojo. Gabriel frenó y apoyó las dos manos sobre el volante. Cuando la miró, no sonreía.

—No creo que vayas a quedarte. Se va a arreglar tu departamento y me dijiste desde el primer día que vas a volver.

Renata esperó. Esa parte era exactamente la respuesta que quería escuchar y, sin embargo, no sintió que la conversación hubiera terminado.

Gabriel respiró una vez.

—Pero sí quiero hablar de qué pasa después.

El semáforo cambió. Gabriel arrancó.