Te quiero, pero no me mudo (Amores imperfectos 2) CAPÍTULO 8 UNA VIDA PEQUEÑA
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CAPÍTULO 8 UNA VIDA PEQUEÑA

El sábado siguiente empezó con Renata robándole la almohada.

Gabriel despertó a las ocho y diecisiete con media cara contra el colchón y una porción estadísticamente insignificante de manta sobre una pierna.

Abrió los ojos.

Renata dormía de costado, abrazada a su almohada y a la de él, como si durante la noche hubiera adquirido derechos territoriales sobre ambas.

Gabriel tiró suavemente de una esquina. Nada. Volvió a tirar.

Renata frunció el ceño sin despertarse y apretó las almohadas contra el pecho.

—Esto es una ocupación ilegal —murmuró él.

Ella no respondió. Gabriel miró el techo. Podía levantarse, buscar otra almohada o intentar recuperar la propia y empezar el día con una negociación que seguramente perdería.

Se quedó donde estaba. Diez minutos después, Renata abrió los ojos, lo miró y después miró las almohadas.

—¿Qué?

—Nada.

—Estás despierto.

—Hace tiempo.

—¿Y por qué no te levantaste?

—Estaba observando un crimen en curso.

Renata miró la almohada de Gabriel debajo de su brazo.

—La abandonaste.

—Estaba debajo de mi cabeza.

—Detalles de custodia.

Gabriel soltó una risa.

—Necesito café.

—Yo también.

—Devolveme mi almohada.

Renata la empujó hacia él.

—No te pongas emocional.

• • •

Después del café, Renata dijo que necesitaba pasar por su departamento a buscar unos catálogos. Gabriel se ofreció a acompañarla sin que ella se lo pidiera. Renata no discutió, lo cual él tomó por un sí.

El pasillo del edificio olía a pintura fresca y a algo mineral.

Renata abrió la puerta y entró primero. Había plástico cubriendo el sillón verde, una lona doblada contra la pared del pasillo y herramientas apiladas junto al dormitorio.

Una franja de pintura más clara marcaba el trabajo del día anterior.

Renata caminó directo hacia el fondo y pasó una mano por la pared reparada.

—Todavía húmeda.

Gabriel se quedó en la puerta del dormitorio.

—¿Cómo lo sabés sin tocarla?

—La toqué.

—Antes de tocarla.

Renata miró la pared otra vez.

—Por el brillo. Cuando seca del todo, pierde ese tono.

Gabriel miró. No vio ningún brillo particular. Vio una pared.

Renata se agachó junto al piso nuevo y pasó dos dedos por la unión con el zócalo.

—¿Está mal? —preguntó él.

—No. Está bien hecho.

Lo dijo con la satisfacción breve con la que aprobaba un trabajo bien resuelto. Después recorrió con la vista el dormitorio, como si ya pudiera calcular cuánto faltaba para volver a usarlo. Gabriel se apoyó contra el marco.

El living seguía siendo reconocible bajo el plástico: la biblioteca, la mesa de madera, la pared de fotos parcialmente cubierta para protegerla del polvo.

No era un lugar prestado esperando a Renata.

Era su casa, detenida a mitad de una reparación.

Por primera vez, Gabriel no pensó en cuánto faltaba para que el departamento estuviera arreglado.

Pensó en qué pasaría en el suyo cuando lo estuviera.

—¿Cuánto falta? —preguntó.

Renata se puso de pie.

—Sellado, después el piso del pasillo. Dos semanas, si no se atrasan.

—¿Y si se atrasan?

—Entonces tres.

Ninguno dijo nada sobre lo que eso significaba.

Renata encontró los catálogos sobre el escritorio, debajo de una funda de plástico. Los guardó en el bolso y volvió hacia la puerta.

—¿Listo?

Gabriel miró una vez más el sillón verde cubierto.

—Sí.

En el auto, él preguntó si querían comprar algo para almorzar.

—No hace falta. Tenemos huevos y pan —dijo Renata mientras revisaba una notificación en el teléfono.

Gabriel arrancó. «Tenemos». Renata ya estaba hablando de otra cosa. Él no dijo nada, pero el plural lo acompañó todo el camino de vuelta.

Al mediodía discutieron sobre qué cocinar.

La discusión terminó cuando Renata lo besó en medio de la defensa de una receta que requería tres horas.

Gabriel olvidó la receta.

También olvidó el almuerzo durante bastante tiempo.

Cuando volvieron a la cocina eran casi las dos. Renata llevaba una de sus camisetas y nada que pudiera considerarse una planificación adecuada para cocinar.

Gabriel abrió la heladera.

—Hay huevos.

—Eso no es almuerzo.

—Podría serlo.

—No después de que defendiste cordero al horno durante veinte minutos.

—Mis expectativas cambiaron.

Renata apoyó la cadera contra la mesada.

—Tostadas.

—Con huevos.

—Aceptable.

Cocinaron sin apuro.

Gabriel hizo los huevos. Renata cortó tomate. Comieron de pie porque ninguno quiso poner la mesa.

Después Renata dejó el plato en la pileta.

—Voy a dormir veinte minutos.

—Eso no existe.

—En mi cuerpo sí.

—Tu cuerpo duerme una hora y media.

—Calumnias.

Renata desapareció hacia el dormitorio.

Gabriel lavó los dos platos.

Cuando entró diez minutos después, ella ya estaba dormida boca abajo, atravesada en diagonal y con la mitad de la cama ocupada de una manera que desafiaba cualquier relación entre tamaño corporal y superficie utilizada.

Gabriel se acostó a su lado con un libro, leyó cuatro páginas y después se quedó dormido también.

• • •

A las cuatro y media Renata estaba sentada en el sofá con la computadora abierta sobre las piernas.

Gabriel apareció desde el dormitorio todavía despeinado.

—Veinte minutos.

Ella miró el reloj.

—Tu culpa.

—Yo me dormí después.

—Influencia ambiental.

Gabriel fue a la cocina, tomó agua y volvió.

—¿Trabajás?

—Un rato.

—Sábado.

Renata levantó lentamente la vista.

Gabriel se detuvo.

—No hace falta que uses mis propios argumentos contra mí.

—No dije nada.

—Tu silencio tiene jurisprudencia.

Renata volvió a la pantalla. Gabriel se sentó en el otro extremo del sofá con su libro y trabajaron así casi una hora: no exactamente juntos, no exactamente separados.

Renata revisaba un detalle de iluminación para Molina-Ferreyra. Gabriel leía un artículo que había prometido comentar para un colega. Cada tanto uno hacía un ruido de desaprobación y el otro preguntaba qué ocurría. A veces la explicación era demasiado aburrida y quedaba suspendida a mitad de camino.

A las cinco y veinte el teléfono de Gabriel vibró con un correo y después con otro. Lo miró mientras Renata seguía trabajando.

Gabriel leyó el asunto del primero. Un estudiante pedía una devolución sobre un esquema que había enviado esa mañana.

Abrió el mensaje, lo volvió a cerrar y dejó el teléfono boca abajo. Renata levantó una ceja.

—¿Qué?

—Nada.

—Era un alumno.

—Sí.

—¿No vas a responder?

—El lunes.

Renata lo miró durante un segundo más.

—Bien.

Gabriel sonrió.

—Ese fue un bien normal.

Ella tardó medio segundo y después entendió la referencia.

—No arruines el momento.

Volvieron a trabajar.

• • •

A las siete salieron a caminar sin un destino concreto.

Entraron a buscar una lámpara pequeña para el dormitorio porque Renata había declarado que la de su lado era demasiado fuerte para leer.

Gabriel señaló que técnicamente no existía «su lado» de la lámpara.

Renata respondió que llevaba dos semanas usando ese lado y que el derecho consuetudinario estaba de su parte.

Entraron en una tienda.

Renata miró seis lámparas.

Descartó cuatro por tamaño, una por temperatura de luz y otra porque «parecía diseñada para una sala de espera privada».

—Eso fueron las seis —dijo Gabriel.

—Lo sé.

—¿Entonces?

—Vamos a otra tienda.

Gabriel la siguió hacia la puerta.

—Me gustaría dejar constancia de que mi lámpara actual funciona.

—Mal.

—Emite luz.

—Ese es un estándar bajo.

—Mi vida funcionaba antes de conocerte.

Renata abrió la puerta de la calle.

—Apenas.

La segunda tienda tenía una lámpara que Renata aprobó. Gabriel la pagó antes de que ella pudiera sacar la tarjeta y recibió una mirada inmediata.

—Era para mi lado.

—De nuestra cama.

La frase quedó entre los dos. Gabriel sintió que algo se tensaba apenas, no en ella exactamente sino en el aire. Renata tomó la bolsa.

—De tu cama.

—Correcto.

No insistió. Salieron y el tema murió allí, o pareció hacerlo.

• • •

Esa noche instalaron la lámpara.

Renata se sentó en la cama, la encendió y movió el brazo articulado.

—Mejor.

—Es emocionante recibir aprobación en mi propia casa.

—No hiciste nada.

—La pagué.

—Eso no es diseño.

Gabriel se dejó caer de espaldas.

—Nunca voy a ganar.

Renata apagó y encendió la lámpara otra vez.

—No es una competencia.

—Entonces explicame por qué siento que perdí.

—Porque discutiste contra una lámpara y la lámpara tenía razón.

Renata le tiró una almohada.

Gabriel la atrapó.

—Violencia contra una parte derrotada.

—Dormite.

—Son las nueve y media.

—Entonces sufrí en silencio.

Renata sonrió y abrió su libro.

Gabriel se quedó mirándola un segundo más de lo necesario.

La lámpara nueva iluminaba solo su lado de la cama. Había una camiseta de Renata sobre una silla, su crema de manos en la mesa de luz, dos libros suyos apilados junto a la ventana y un par de zapatos debajo del banco.

Nada de aquello era extraordinario.

Ese era el problema.

No había un gran momento al que pudiera señalar. Ninguna decisión. Ninguna conversación. Ninguna frase que cambiara oficialmente el estado de las cosas.

Había yogur en la heladera, una lámpara nueva y ropa mezclada en la lavadora. Había un sábado que no habían tenido que planificar para disfrutarlo.

Gabriel pensó en el departamento de Renata tal como lo había visto esa mañana: plástico, pintura nueva, una pared que empezaba a secarse. Todavía no estaba listo.

Pero ahora podía imaginar con una claridad incómoda el día en que sí lo estuviera y cómo se vería su propio departamento cuando las cosas de Renata desaparecieran otra vez.

Renata pasó una página.

—¿Qué?

Gabriel parpadeó.

—Nada.

—Estás mirando.

—Te estoy viendo leer.

—Actividad fascinante.

—Muy intensa.

Ella volvió al libro.

Gabriel miró el techo.

No estaba imaginando una conversación solemne ni una decisión que hubiera que nombrar esa noche.

Pensó en volver de la casa de Renata y cocinar con lo que ya tenían, en dormirse a su lado un sábado a la tarde, en responder correos el lunes y en una lámpara que él nunca habría comprado. Era una vida pequeña, ordinaria y repetible.

Le gustaba demasiado.