CAPÍTULO 7 NO TODO ESPACIO CERRADO ES UNA PUERTA EN LA CARA
Al día siguiente, Daniel la dejó trabajar hasta las diez y cuarto. Faltaban cuarenta minutos para la reunión con Molina-Ferreyra cuando por fin señaló qué no le gustaba del proyecto.
Renata consideró aquello una crueldad innecesaria.
—La puerta del estudio —dijo él.
—Existe.
—Lo sé. La dibujaste como si estuvieras defendiendo una frontera internacional.
Renata giró la pantalla hacia él.
—Tomás trabaja y atiende reuniones desde ese cuarto. Si el estudio no aísla bien, no le sirve.
—Sí.
—Entonces necesita una puerta.
—También sí.
—¿Cuál es el problema?
Daniel apoyó dos dedos sobre el plano.
—Que cada vez que Lucía pide más conexión entre comedor, cocina y living, vos negociás. Cada vez que Tomás pide privacidad, vos la protegés como si fuera estructural.
Renata lo miró.
—Porque es estructural.
—La pared es estructural. Tu reacción, no sé.
—Daniel.
—Te conozco hace doce años. Puedo decirte cuando estás diseñando y cuando estás argumentando.
Renata se recostó en la silla.
—No estoy proyectando nada.
Daniel tomó el café.
—Bien.
—No uses ese «bien».
—Es un bien normal.
—No tenés bienes normales.
Él sonrió apenas.
—Tenemos reunión en cuarenta minutos. Preguntales.
—Ya les pregunté.
—Preguntales otra vez.
Renata volvió a mirar el plano.
La puerta estaba donde Tomás la había pedido. El estudio conservaba aislamiento. La cocina se abría hacia el comedor con dos pasos amplios y un tramo de muro que permitía ocultar parte de la mesada desde el living.
Funcionaba.
Le molestó que Daniel hubiera conseguido que dejara de verlo durante unos segundos.
• • •
Lucía llegó primero a la obra con el cabello recogido y una carpeta llena de fotografías que nadie le había pedido imprimir.
Tomás apareció cinco minutos después hablando por teléfono. Saludó con una mano, terminó la llamada junto a la ventana y guardó el celular.
—Perdón.
—¿Problema? —preguntó Renata.
—Un cliente que cree que «urgente» es una unidad de tiempo.
Daniel miró a Renata. Ella decidió ignorarlo mientras se reunían alrededor de la mesa provisional.
Renata explicó los cambios. Lucía aprobó la apertura hacia la cocina. Tomás preguntó por el aislamiento del estudio. Renata le mostró la especificación.
—Perfecto.
Daniel esperó. Renata reconoció esa paciencia insoportable: no iba a rescatarla de la pregunta. Lo odió un poco.
—Quiero volver a una cosa —dijo finalmente—. La puerta del estudio.
Tomás miró hacia el pasillo.
—¿La vamos a perder?
—No.
—Entonces apoyo esta reunión.
Lucía le dio un golpe con la carpeta.
—Dejala hablar.
Renata señaló el plano.
—Podemos mantener una puerta maciza, como está previsto, o usar una con paño superior vidriado. Mantiene bastante aislamiento, pero deja pasar luz y no corta visualmente tanto el pasillo.
Tomás hizo una mueca.
—¿Se va a ver adentro?
—No necesariamente. El vidrio puede ser traslúcido.
Lucía se inclinó sobre el plano.
—¿Y se escucha?
—Menos que con una puerta hueca. Más que con la solución actual.
Tomás negó.
—Entonces maciza.
Renata asintió.
Lucía no.
—Esperá.
Tomás la miró.
—¿Qué?
—A mí me gusta que cierre bien.
Renata levantó la vista.
Tomás también.
—¿Sí? —preguntó él.
—Sí. Cuando estás en una reunión, quiero poder cocinar sin escuchar cuarenta minutos de una conversación que no es mía.
—No duran cuarenta minutos.
—La del martes pasado duró cincuenta y dos.
—¿La estabas cronometrando?
—No necesitaba.
Daniel bajó la cabeza. No lo bastante rápido para ocultar la sonrisa.
Lucía siguió:
—No quiero una casa sin puertas. Quiero una casa donde las puertas no sean lo primero que ves.
Renata miró el plano.
—¿Cuál es la diferencia para vos?
Lucía pareció sorprendida por la pregunta y se tomó unos segundos antes de responder.
—Que una puerta cerrada puede ser «estoy trabajando». No quiero que toda la casa diga «cada uno en su lado» incluso cuando está abierta.
Tomás la observó.
—Eso fue inesperadamente específico.
—Llevamos meses discutiendo paredes. Algo aprendí.
—Yo aprendí que querés vigilar la cocina desde el sofá.
—Y yo aprendí que te casarías con una puerta si tuviera aislamiento acústico.
Renata apoyó un dedo sobre el corredor.
—Entonces dejamos la puerta maciza y trabajamos la llegada al estudio. Si abrimos un poco más este tramo, la puerta no queda enfrentada al living. Se lee como parte del pasillo, no como un límite del espacio común.
Lucía inclinó la cabeza.
—Eso me gusta.
Tomás señaló.
—Y sigue cerrando.
—Sí, Tomás. Sigue cerrando.
—Excelente.
Daniel no dijo nada.
No necesitaba hacerlo.
• • •
En el auto, Renata apoyó las manos sobre el volante sin arrancar.
Daniel se acomodó en el asiento del acompañante.
—No empieces.
—Ni abrí la boca.
—Lo estás pensando con volumen.
—Eso no existe.
—En vos sí.
Daniel se puso el cinturón.
—El proyecto quedó mejor.
—Ya estaba bien.
—Ahora está mejor.
Renata encendió el motor.
—No estaba proyectando.
—Nunca dije que estuvieras diseñando tu propia casa.
—Dijiste exactamente eso con palabras distintas.
—Dije que defendías una necesidad más rápido que la otra.
Renata salió del estacionamiento.
Daniel miró por la ventanilla.
—Todos hacemos eso.
Ella no respondió.
—¿Terminaste?
—Ahora sí.
—Bien.
—Ese sí fue un bien normal.
Renata tomó la avenida. No estaba molesta porque Daniel tuviera razón; estaba molesta porque no sabía exactamente cuánto.
• • •
Esa tarde trabajó desde el departamento de Gabriel.
Él todavía no había vuelto de la universidad.
Renata instaló la computadora en el despacho porque necesitaba revisar planos en una pantalla grande. Cerró la puerta antes de empezar una videollamada con un proveedor.
Durante cuarenta minutos habló de medidas, plazos y una entrega que había cambiado tres veces de fecha.
Cuando terminó, se quitó los auriculares. La puerta seguía cerrada y, del otro lado, no había nada que interpretar: solo un departamento vacío y el ruido lejano del tránsito. La abrió y volvió a la cocina.
Gabriel llegó media hora después con una bolsa de pan en una mano y el teléfono en la otra.
—Hola.
—Hola.
Él dejó el pan sobre la mesada.
—¿Día terrible o cara de concentración residual?
—Día normal.
—Qué decepción.
Renata abrió la bolsa.
—¿Compraste pan bueno?
—Me ofende la pregunta.
—La semana pasada trajiste uno con semillas dulces.
—Fue una experiencia.
—Fue una agresión.
Gabriel guardó el teléfono.
—¿Trabajaste acá?
—Sí.
—¿Despacho?
—Sí.
—Perfecto.
Nada más.
Renata lo miró sacar dos platos.
—Cerré la puerta.
Gabriel levantó la vista.
—¿Y?
—Nada.
Él esperó un segundo.
—¿Necesitabas que la dejara abierta?
—No.
—Entonces sigo perdido.
Renata tomó un cuchillo.
—Olvidalo.
Gabriel la observó con atención suficiente para resultar molesto, pero no insistió.
Cortaron el pan.
Después Renata preparó una ensalada mientras él calentaba una tarta que había quedado del día anterior.
La puerta del despacho permaneció abierta al fondo del pasillo. Renata la vio dos veces sin proponérselo; la tercera decidió que estaba siendo ridícula.
• • •
Esa noche Gabriel se acostó antes que ella.
Renata terminó un correo en la cama con la computadora apoyada sobre las piernas.
—Eso contradice tus propias normas de higiene del sueño —dijo él con los ojos cerrados.
—No tengo normas de higiene del sueño.
—Tenés normas para todo.
—No para dormir.
—Eso sí no me lo esperaba.
Renata envió el correo y cerró la computadora.
Gabriel abrió un ojo.
—¿Terminaste?
—Sí.
Ella dejó el equipo sobre la mesa de luz. Gabriel estiró una mano y apagó la lámpara. Renata se acomodó y, después de unos segundos, él preguntó:
—¿Por qué me dijiste lo de la puerta?
Renata miró la oscuridad.
—Porque Daniel es insoportable.
—Comprendo perfectamente.
—Y porque hoy Lucía dijo algo.
—¿Qué cosa?
Renata tardó.
—Que cuando Tomás está trabajando, cerrar la puerta no significa dejar a Lucía afuera.
Gabriel guardó silencio.
—Eso parece bastante razonable.
—No necesitaba evaluación.
—Perdón.
Renata apoyó la cabeza en la almohada.
—Hoy entendí a Tomás antes de terminar de escuchar a Lucía.
Gabriel giró hacia ella.
—Eso sí te molestó.
Renata le dio un golpe leve en el brazo.
—Dormite.
Él sonrió en la oscuridad.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
No hablaron más. La puerta del dormitorio estaba cerrada, y Renata no volvió a pensar en ella.