CAPÍTULO 6 RUTINAS
Al noveno día de vivir en casa de Gabriel, Renata dejó de saber exactamente qué cosas había llevado desde su departamento y cuáles habían aparecido allí por simple acumulación.
No era una pérdida de control. Se negó a llamarlo así.
Era logística.
La prueba estaba sobre la mesada de la cocina: una bolsa del supermercado, dos tomates, un paquete de café que Gabriel no compraba y una caja de té que Renata no recordaba haber elegido pero que, por algún motivo, había pagado ella.
Gabriel entró con otra bolsa y la dejó junto a la primera.
—Compraste mi café.
Renata siguió sacando cosas.
—Compré café.
—Mi café.
—Es una marca de café, Gabriel. No una extensión de tu identidad.
Él levantó el paquete como si estuviera examinando una pieza arqueológica.
—Nunca comprás este.
—Ahora sí.
—Qué momento para nosotros.
Renata le quitó el paquete de la mano.
—Guardá las cosas frías.
Gabriel obedeció.
Habían descubierto, sin discutirlo, que hacer las compras juntos era más eficiente si Renata llevaba una lista y Gabriel podía desviarse dos productos. La primera vez había vuelto con aceitunas, una salsa innecesaria y un queso en oferta.
El queso había durado dos días, lo cual no demostraba nada. Aquella tarde parecía que no había desvíos. Casi. Renata sacó un paquete de galletitas de una bolsa y lo levantó.
—Esto no estaba en la lista.
Gabriel cerró la heladera.
—Necesitamos flexibilidad institucional.
—Dos productos.
—Ese es uno.
—¿Cuál es el otro?
Él miró hacia la bolsa todavía cerrada sobre la mesa. Renata la abrió y encontró helado.
—Previsible.
—Consistente.
Guardó las galletitas en un armario y el helado en el freezer.
Después siguieron con el resto sin hablar demasiado. Renata acomodó verduras. Gabriel puso las botellas donde ella jamás las habría puesto y Renata las dejó ahí.
Eso también era nuevo. No que Gabriel pusiera mal las botellas —eso parecía estructural—, sino que a ella empezara a importarle menos.
• • •
La lavadora terminó a las siete y once.
Renata estaba en el dormitorio revisando un presupuesto cuando escuchó el pitido desde el pasillo. Esperó unos segundos.
Nada.
Levantó la vista de la pantalla.
Gabriel estaba en el despacho, hablando por teléfono con alguien de la universidad. Había cerrado la puerta a medias, lo suficiente para amortiguar su voz.
Renata volvió al presupuesto.
El pitido se repitió.
—Ya te escuché —murmuró.
Se levantó.
Había una carga mezclada. Dos camisas de Gabriel. Ropa de Renata. Toallas. Una media que no reconoció como propia y que, después de nueve meses de relación, probablemente debía dejar de fingir que podía pertenecer a un tercero.
Sacó todo.
Separó lo que iba al secarropas de lo que no.
Encontró una de sus blusas entre dos camisetas de Gabriel y la sostuvo un instante.
No había pensado en si lavarían ropa juntos.
Simplemente había sucedido.
Puso la blusa sobre el respaldo de una silla para que secara al aire. Después agregó las camisas de Gabriel.
—Esa no —dijo él detrás de ella.
Renata giró.
Gabriel había terminado la llamada y señalaba una camisa azul.
—¿Qué?
—Esa se encoge.
Renata miró la etiqueta.
—No se encoge.
—Se encogió una vez.
—Eso significa que la pusiste a una temperatura incorrecta.
—Significa que tiene una historia clínica compleja.
Renata dejó la camisa fuera.
—Lavá tu propia ropa.
—Estaba dispuesto hasta que asumiste el mando.
—La máquina terminó y vos estabas hablando.
Gabriel miró la pila, tomó la camisa azul y la colgó junto a la blusa de Renata.
Dos prendas distintas, una al lado de la otra.
Renata cerró la puerta del secarropas.
—¿Con quién hablabas?
—Con el coordinador.
—Es sábado.
—Él también se dio cuenta.
—¿Y?
—Necesitaba confirmar una fecha.
—¿No podía hacerlo el lunes?
Gabriel apoyó una mano en el marco de la puerta.
—Probablemente.
Renata pulsó el botón de inicio.
—Entonces podía hacerlo el lunes.
Gabriel sonrió, pero no respondió inmediatamente. Renata volvió al dormitorio y se obligó a dejar el asunto donde estaba. No estaba intentando organizarle el trabajo ni convertir una observación en una regla; solo había señalado algo que, para ella, era obvio.
A las nueve cenaron pasta en la cocina porque Gabriel había ocupado la mesa con una pila de libros y Renata se negó a comer alrededor de bibliografía medieval.
—Podrías haberlos movido —dijo él.
—Podrías no haber convertido la mesa en una excavación.
—Es un sistema.
—Es violencia contra los lomos.
Gabriel miró hacia el comedor.
—No sabía que estabas tan comprometida con la integridad física de mis libros.
—Vivo con ellos.
La frase salió sin preparación. Renata enrolló pasta en el tenedor mientras Gabriel guardaba silencio. Ella tampoco corrigió nada. Un segundo después, él preguntó:
—¿Querés más queso?
—Sí.
Le pasó el rallador y la conversación siguió por otro lado. Eso ayudó.
Habían construido acuerdos que ninguno había redactado.
Si Renata tenía videollamada temprano, Gabriel preparaba café y no encendía música.
Si Gabriel corregía por la noche, ella usaba auriculares.
Las toallas húmedas no podían quedarse sobre la cama y los libros podían ocupar casi cualquier superficie, salvo las muestras de Renata.
El lado derecho del baño seguía siendo de Gabriel, aunque cada día resultaba más difícil defender la definición.
Nada de eso había requerido una conversación seria. Habían repetido días hasta que los días empezaron a parecerse. Después de cenar, Gabriel lavó los platos mientras Renata secaba.
—Mañana voy a pasar por mi departamento —dijo.
—¿Necesitás algo?
Renata pensó.
—Una campera.
—¿La negra?
—La gris.
—La negra es mejor.
—No te pregunté.
—Estoy aportando valor.
—Y unos planos viejos.
—Eso suena menos emocionante.
—Para vos.
Gabriel dejó un plato en el escurridor.
—¿Cómo va?
No necesitó preguntar qué.
—Bien. Ya terminaron de secar. Están reemplazando parte del piso esta semana.
—¿Seguimos en cinco?
Renata tardó un segundo en entender.
—Semanas.
—Sí.
—No sé. Tal vez menos.
Gabriel asintió sin hacer ningún comentario. Renata guardó un vaso.
Se dio cuenta de que hacía varios días que ninguno repetía «cinco semanas» como una advertencia.
No supo exactamente cuándo habían dejado de hacerlo.
• • •
El lunes Renata llegó al estudio antes de las ocho y encontró a Daniel con un café en una mano y una expresión que significaba que ya había leído algo que no le gustaba.
—Buenos días —dijo ella.
—Eso depende.
—¿Qué rompieron?
—Nada.
—Entonces es un buen día.
Daniel le entregó una impresión.
—Molina-Ferreyra.
Renata la miró.
—¿Qué pasa?
—Después.
—Eso es irritante.
—Estoy intentando que trabajes primero.
Renata dejó el bolso.
El teléfono vibró.
Gabriel:
¿Compraste yogur o lo soñé?
Renata respondió:
Segundo estante. Atrás.
Guardó el teléfono y se sentó frente a la computadora.
A media mañana necesitó una cinta métrica que no estaba en su bolso.
Abrió el cajón inferior de su escritorio y después otro. Nada. Entonces recordó dónde estaba.
En el departamento de Gabriel, dentro de la caja transparente que había armado dos noches antes con herramientas pequeñas, cargadores y cosas que necesitaba con frecuencia.
Se quedó mirando el cajón vacío.
Daniel pasó detrás de ella.
—¿Perdiste algo?
—No.
—Parecía que sí.
Renata cerró.
—Sé dónde está.
Renata abrió otro cajón y encontró una cinta de repuesto.
Volvió a trabajar.
Esa noche, cuando estacionó frente al edificio de Gabriel, no pensó que estaba regresando a un lugar temporal.
Pensó que necesitaba subir, ducharse y terminar un plano antes de dormir.
Solo al cerrar el auto se dio cuenta de que tampoco había contado cuántos días faltaban.