Te quiero, pero no me mudo (Amores imperfectos 2) CAPÍTULO 5 COMIDA TAILANDESA
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CAPÍTULO 5 COMIDA TAILANDESA

Cuando Gabriel salió al pasillo, Renata ya había llegado al ascensor.

—Renata.

Ella no se volvió.

Apretó el botón otra vez.

—No.

Gabriel se acercó por el pasillo.

—Ni siquiera dije nada.

—Te conozco.

—No te vayas.

Renata finalmente lo miró.

—Necesito salir.

—Salir, sí. Irte a un hotel, no.

—No decidís eso.

—Ya sé que no lo decido.

El ascensor seguía en otro piso.

Gabriel bajó la voz.

—Pero no quiero que te vayas de mi casa sintiendo que no tenés lugar ahí.

Renata cruzó los brazos.

—Hoy entraron tres personas.

—Lo sé.

—Tu madre reorganizó la heladera.

—Eso no puedo defenderlo.

—Tu hermano aparece cuando quiere.

Gabriel hizo una mueca.

—Desde que tiene doce años.

—No mejora tu argumento.

—No estaba intentando mejorarlo.

Renata miró el indicador del ascensor.

Gabriel siguió:

—No puedo decirle a mi mamá que no venga.

Ella giró hacia él.

—¿Y tu hermano?

—Tampoco.

—¿Y tus alumnos?

Gabriel hizo una pausa.

—Bueno. Eso podemos negociarlo.

Renata lo miró.

—Qué generoso.

—Estoy haciendo un esfuerzo diplomático enorme.

—No se nota.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Renata dio un paso hacia ellas.

Gabriel no la agarró ni bloqueó el paso.

Solo dijo:

—No te vayas así.

Ella se quedó quieta.

—Los alumnos pueden entregar todo en la universidad. Y si sé que mi mamá o Andrés vienen, te aviso.

—¿Y si no sabés?

—Entonces no puedo avisarte.

—Exactamente.

—Renata, mi familia forma parte de mi vida.

—Ya lo sé.

—Y vos también.

Aquello la hizo mirarlo de verdad.

Gabriel ya no estaba sonriendo.

—No te invité a quedarte cinco semanas para que vivas como si estuvieras ocupando una habitación prestada.

Las puertas del ascensor empezaron a cerrarse. Renata extendió una mano y las detuvo.

—Sigue siendo tu casa.

—Sí.

—Y eso significa que no puedo pretender que funcione como la mía.

—Sí.

—Odio cuando respondés así.

—Estoy teniendo un momento de crecimiento.

Renata resopló.

Gabriel se acercó un poco.

—Volvé.

—Sigo enojada.

—Podés estar enojada adentro. Hay calefacción.

Renata casi sonrió.

Casi.

Gabriel le rodeó la cintura con una mano, despacio, dándole tiempo de apartarse.

Ella no lo hizo.

El beso fue breve al principio. Renata seguía tensa, pero no se apartó; un segundo después, su mano terminó en la nuca de Gabriel.

Cuando se separaron, ella lo señaló con un dedo.

—Sigo enojada.

—Ya sé.

—Y eso no arregló nada.

—Tampoco era el plan.

Hubo una pausa.

—¿Comida tailandesa?

Renata lo miró durante dos segundos.

—Con camarones.

Gabriel asintió solemnemente.

—Sabía que todavía había esperanza.

—No dramatices.

—Acabás de amenazar con un hotel.

—No era una amenaza. Era una reserva potencial.

—Eso es peor.

Las puertas del ascensor volvieron a abrirse.

Renata no entró.

Volvieron juntos al departamento.

La valija seguía cerrada sobre la cama.

Gabriel no la tocó.

Renata dejó el bolso y la chaqueta sobre una silla y se quedó de pie junto al dormitorio.

—Hagamos la tregua antes de que llegue la comida.

—Me gusta la palabra tregua. Suena menos permanente que acuerdo.

—Gabriel.

—Tregua.

Los alumnos no volverían a entregar trabajos en la casa. Si Teresa o Andrés planeaban ir y Gabriel lo sabía, Renata también lo sabría.

Renata puso sobre la mesa la otra mitad de la tregua: la casa de Gabriel no iba a convertirse en un espacio de acceso controlado solo porque ella estuviera viviendo allí.

—No quiero que cambies tu vida porque estoy acá —dijo.

—No estoy cambiando mi vida. Estoy dejando de usar mi departamento como buzón universitario.

—Eso sería un avance incluso sin mí.

—Lo sé.

Una sonrisa breve apareció en la boca de Renata y desapareció enseguida.

Gabriel señaló la cama.

—¿Puedo por lo menos sacar la valija de ahí?

—Podés moverla. No desarmarla.

—Está cerrada.

—Sabés lo que quise decir.

La levantó y la dejó en el suelo, junto al placard.

No preguntó si podía abrirla.

La comida llegó treinta y cinco minutos después.

Comieron en el sofá.

Renata robó un camarón de su plato después de haber pedido los suyos.

Gabriel la miró.

—Eso es mío.

—Ahora es nuestro.

Los dos se quedaron quietos.

Renata entrecerró los ojos.

—La comida.

—Claro.

—No empieces.

Gabriel se rió.

—No dije nada.

—Tu cara hizo una presentación.

—Eso también es mío.

—Ese chiste sí es nuestro.

—Me alegra que hayamos definido propiedad intelectual.

Renata le dio un golpe con el pie.

La tensión empezó a bajar.

No desapareció.

Eso también le gustó.

Había tenido relaciones donde cualquier conflicto parecía exigir una ceremonia: hablar hasta agotarlo, encontrar una conclusión, abrazarse, certificar que todo estaba bien. Con Renata, algunas cosas podían permanecer ligeramente incómodas mientras seguían cenando.

No era indiferencia.

Era confianza en que una discusión no significaba peligro inmediato.

Gabriel dejó el recipiente vacío sobre la mesa.

—Te quiero decir algo sin que lo conviertas en una cláusula.

Renata lo miró.

—Eso depende de lo que digas.

—No necesito que te guste vivir acá.

Ella no respondió.

—Ni que lo consideres una prueba de nada —continuó—. Pero mientras estés acá, no quiero que sientas que tenés que pedir permiso para existir.

La expresión de Renata cambió.

Muy poco.

Gabriel la conocía lo suficiente para verlo.

—Esta sigue siendo tu casa —dijo ella.

—Sí.

—Y no quiero que deje de serlo porque vine con una valija.

—No va a dejar de serlo.

—Entonces estamos de acuerdo.

—En parte.

Renata esperó.

Gabriel apoyó los codos sobre las rodillas.

—También quiero que durante estas semanas sea un lugar donde puedas estar de verdad. No escondida dentro de una valija para no molestar.

Ella miró hacia el dormitorio.

—Me gusta estar acá.

Gabriel levantó la cabeza.

Renata parecía molesta consigo misma por haberlo dicho.

—Ese no era el problema —agregó.

Algo dentro de él se aflojó.

—Bien.

—No pongas esa cara.

—¿Cuál?

—Esa.

—No sé de qué hablás.

—Sabés perfectamente.

Gabriel se acercó.

Esta vez no hubo una camisa que quitarle de las manos ni una discusión en marcha.

Solo Renata sentada frente a él, con el cabello algo desordenado y una pequeña línea de salsa junto al pulgar.

Le tomó la mano y limpió la mancha con una servilleta.

Ella lo miró.

—Romántico.

—Estoy construyendo clima.

—Con salsa de maní.

—Trabajo con lo que tengo.

Renata sonrió.

Gabriel la besó de nuevo.

Más despacio.

Ella apoyó una mano en su pecho y la otra en su nuca.

El beso dejó de tener cualquier intención cómica.

Gabriel sintió la respiración de Renata cambiar antes de que ella se acercara más, y durante unos segundos no hubo casas, visitas, alumnos ni valijas.

Solo una familiaridad que seguía teniendo deseo adentro.

Habían aprendido el cuerpo del otro durante nueve meses, pero no lo habían agotado.

Eso seguía sorprendiéndolo.

Renata se puso de pie sin separarse del todo.

—¿Dormitorio?

—Pensé que seguías enojada.

—Puedo hacer dos cosas a la vez.

Gabriel soltó una risa contra su boca.

—Eso sí es una virtud en este momento.

Ella lo empujó suavemente hacia el pasillo.

La valija cerrada seguía junto al placard.

Renata la miró al entrar.

Después lo miró a él.

Gabriel no tocó la valija.

No le pidió que la cerrara.

No necesitaba convertir lo que estaba pasando en una decisión.

Renata tiró de su camisa.

Él la besó otra vez.

La ropa fue quedando donde cayó, sin ningún respeto por los sistemas de organización de Renata. Una de sus medias terminó cerca de la puerta.

—Eso no se queda ahí —murmuró.

Gabriel besó su cuello.

—Podemos negociar después.

—No abuses del acuerdo.

—Jamás.

Renata se rió y el resto de la frase desapareció cuando volvió a besarlo.

• • •

Más tarde, Gabriel estaba acostado boca arriba mientras Renata descansaba con la cabeza sobre su hombro.

La luz del pasillo seguía encendida.

La valija continuaba cerrada junto al placard.

Él pasó los dedos lentamente por el brazo de Renata.

—¿Seguís enojada?

—Menos.

—¿Por el acuerdo?

—Por el pad thai.

—Devastador.

Ella le dio un pequeño golpe en el pecho.

Después guardó silencio.

Gabriel no lo llenó.

Al cabo de un rato, Renata preguntó:

—¿De verdad no te molesta cambiar lo de los alumnos?

—Me molesta haber permitido que crean que mi casa es una secretaría.

—Eso suena más digno.

—Gracias.

—Y tu madre...

—Va a seguir viniendo.

—Lo sé.

—Y probablemente va a mover cosas de la heladera.

Renata suspiró.

—Voy a necesitar entrenamiento.

Gabriel sonrió.

—Podemos empezar con respiración.

—Puedo empezar escondiendo los recipientes.

—Eso sería escalar el conflicto.

—Tu madre empezó.

Él se rió.

Renata cerró los ojos.

Gabriel miró hacia la valija.

No dijo nada.

Unos minutos después, ella se incorporó.

Se puso una camiseta y bajó de la cama.

Gabriel apoyó la cabeza en una mano.

—¿A dónde vas?

—A terminar algo.

—Son casi las doce.

Renata se agachó frente a la valija.

Abrió la valija y sacó la primera camisa.

La llevó al cajón.

Después otra.

Gabriel la observó sin comentar.

Renata metió el último pantalón, cerró el cajón y dejó la valija vacía junto al placard.

Cuando volvió a la cama, lo encontró sonriendo.

—Ni una palabra.

Gabriel apagó la luz.

—Buenas noches.

Ella se acomodó contra él.

—Buenas noches.

Gabriel siguió sonriendo en la oscuridad.

Solo un poco.