Te quiero, pero no me mudo (Amores imperfectos 2) CAPÍTULO 4 ESTA SIGUE SIENDO MI CASA
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CAPÍTULO 4 ESTA SIGUE SIENDO MI CASA

A las nueve y doce de la mañana siguiente, Renata había logrado algo que hasta entonces no había conseguido desde que se mudó temporalmente con Gabriel: olvidarse de que estaba en su casa.

Tenía la computadora abierta sobre la mesa del comedor, dos muestras de revestimiento junto al mouse y una videollamada con Lucía Molina en la pantalla.

Gabriel se había ido temprano a la universidad y le había dejado café hecho, una nota pegada en la heladera que decía «NO ROBAR MI TAZA» y el departamento en un silencio casi perfecto.

Renata había contestado debajo:

«ES MI TAZA.»

Después había trabajado durante una hora y media sin interrupciones.

—Si dejamos el muro completo —decía Lucía desde la pantalla—, siento que la cocina vuelve a quedar aislada.

—No propuse dejarlo completo. Propuse conservar el tramo estructural y abrir ambos lados. Vas a ganar circulación sin perder superficie útil.

Tomás apareció detrás de su mujer con una taza en la mano.

—¿Y mi puerta?

Renata respiró por la nariz.

—Tu puerta sigue existiendo, Tomás.

—Solo quería confirmar.

—La voy a dibujar en rojo para que puedas verla desde lejos.

Lucía se rió.

Sonó el timbre.

Renata miró hacia la puerta.

No se movió.

Tomás preguntó algo sobre aislamiento acústico.

El timbre volvió a sonar.

—Un segundo —dijo Renata.

Silenció el micrófono, caminó hasta la puerta y miró por la mirilla.

Era un chico que no conocía, con una carpeta azul.

—Profesor Costa.

—No está.

—Me dijo que podía dejarle esto.

Renata extendió la mano.

—Dámelo.

—¿Sos su asistente?

Renata lo miró.

El chico palideció lo suficiente para demostrar que comprendió que había cometido un error sin saber exactamente cuál.

—No.

—Ah.

—Buen día.

Cerró la puerta.

Cuando volvió a la mesa, Lucía tenía la boca apretada.

—Ni una palabra —dijo Renata.

Lucía levantó ambas manos.

Tomás se alejó de la cámara riéndose.

Renata terminó la reunión doce minutos más tarde de lo previsto.

Dejó la carpeta azul junto a la de Mateo y le escribió a Gabriel.

«Otro alumno.»

Gabriel respondió casi enseguida.

«¿Cuál?»

Renata miró la carpeta.

«Santiago Ledesma.»

«Ah. Sí.»

Ella esperó.

Nada más.

Escribió:

«Eso fue toda tu respuesta.»

«¿Querías una biografía?»

Renata dejó el teléfono boca abajo.

No había nada que discutir.

Era la casa de Gabriel. Si Gabriel permitía que sus alumnos dejaran trabajos allí, podían hacerlo. Ella no tenía derecho a mudarse tres días y convertir el departamento en una extensión de su propio sistema.

Se repitió aquello dos veces.

A las once y cuarenta, sonó el timbre otra vez.

Renata se quedó sentada.

El timbre insistió.

Se levantó.

Teresa Costa estaba del otro lado con una fuente cubierta por papel aluminio.

—Hola, querida.

—Hola, Teresa.

—Gabriel me dijo que estabas trabajando acá. Te traje comida.

Renata abrió más la puerta porque no había una manera socialmente aceptable de dejar a la madre de su novio en el pasillo sosteniendo una lasaña.

Teresa entró, dejó la fuente en la cocina y abrió la heladera.

Renata observó.

—¿Buscás algo?

—Lugar.

Teresa empezó a mover recipientes.

—Acá está bien.

—Puedo hacerlo.

—No seas tonta.

Renata vio cómo una botella cambiaba de estante, dos yogures pasaban al cajón inferior y el recipiente de la cena de la noche anterior desaparecía detrás de una jarra.

La mujer no estaba haciendo nada malo.

Ese era el problema.

—¿Cómo va la convivencia? —preguntó Teresa.

—Llevamos tres días.

—Ya sé.

—Entonces todavía no tengo estadísticas confiables.

Teresa se rió.

—Gabriel parece contento.

Renata apoyó una mano sobre la mesada.

—Gabriel suele parecer contento.

—No así.

Renata no preguntó qué significaba «así».

Teresa cerró la heladera.

—Bueno, no te molesto más. Decile que me llame.

—Le digo.

—Y comé.

—Sí.

Teresa la besó en la mejilla y se fue.

Renata cerró la puerta.

Esperó.

Nada.

Volvió a la mesa.

Abrió el archivo.

Miró las medidas.

El teléfono sonó.

No el timbre. El teléfono.

Respiró.

Era Daniel.

—Decime.

—¿Podés pasar por la obra a las dos?

—Sí.

—Cambió la entrega de piedra.

—Perfecto.

—¿Todo bien?

Renata miró hacia la cocina, donde la lasaña de Teresa ocupaba el lugar exacto en que ella habría puesto cualquier cosa menos una lasaña.

—Excelente.

—Sonaste como cuando querés matar a alguien.

—Estoy trabajando.

—Eso no respondió.

—A las dos estoy ahí.

Cortó.

A las doce y veinte alguien golpeó la puerta.

No tocó el timbre.

Golpeó.

Renata levantó la cabeza lentamente.

—No.

El golpe volvió.

Caminó hasta la puerta.

Andrés.

Él la saludó con una mano.

—Prometo que no traigo comida.

Renata abrió.

—Eso te distingue.

—Vine por una caja que Gabriel dejó para mí.

—¿Cuál?

Andrés señaló hacia el pasillo.

—Negra. Más o menos así.

Renata lo miró.

—Eso no es información.

—Él sabe.

—Él no está.

Andrés sacó el teléfono.

—Lo llamo.

—No.

Renata caminó hacia el cuarto que Gabriel llamaba archivo nacional.

Encontró tres cajas negras.

—Andrés.

Él apareció en la puerta.

—La de arriba.

—Las tres están arriba de algo.

—La que dice «Andrés».

Renata miró.

Una tenía escrito ANDRÉS con marcador.

Cerró los ojos un segundo.

—Por supuesto.

Él la levantó.

—Gracias.

—De nada.

Andrés la estudió.

—¿Todo bien?

—Perfectamente.

—Tenés la misma cara que Gabriel cuando dice que no está cansado.

—Andrés.

—Me voy.

—Gran decisión.

Él sonrió y salió.

Renata cerró.

Se quedó con la mano sobre el picaporte.

Su casa tenía una puerta.

La puerta tenía una función.

En teoría.

• • •

A las seis y cuarto de la tarde, Renata oyó abrirse la puerta del departamento. Gabriel apareció en el dormitorio unos segundos después y se detuvo frente a la valija abierta sobre la cama.

Abierta.

Renata estaba metiendo ropa dentro.

Él dejó las llaves sobre la cómoda.

—¿Qué hacés?

Renata dobló una camisa.

—Buscando un hotel.

Gabriel se quedó quieto.

—¿Qué?

—Un hotel. Tiene habitaciones. Generalmente puertas. A veces incluso carteles que dicen «no molestar».

—Renata.

—Hoy vinieron tres personas.

—Tres.

Ella lo miró.

—No hagas inventario a tu favor.

Gabriel dejó la mochila.

—¿Quiénes?

—Un alumno. Tu madre. Andrés.

Renata metió otra camisa en la valija.

—Tu mamá reorganizó tu heladera.

Gabriel parpadeó.

—Hace eso.

—Lo sé. Estuve presente.

Él se pasó una mano por la cara.

—¿Por eso te vas a un hotel?

Renata cerró un neceser.

—Porque necesito trabajar. Porque no sé quién va a tocar la puerta. Porque cada vez que vuelvo a concentrarme alguien aparece. Y porque antes de que lo digas, sé perfectamente que esta no es mi casa.

Gabriel la miró.

Renata odiaba que su voz hubiera salido más tensa en esa última frase.

—No dije que no fuera tu casa mientras estás acá.

—No es lo mismo.

—No.

—Exacto.

Gabriel guardó silencio.

Renata siguió doblando.

—Esta sigue siendo mi casa —dijo él finalmente.

Ella levantó la vista.

No había dureza en su tono.

Eso lo empeoró.

—Lo sé.

—Mi familia viene.

—Lo sé.

—Mi hermano aparece sin avisar desde que tiene doce años.

—Lo sé.

—Mi mamá...

—También lo sé.

Gabriel apretó la mandíbula.

—Entonces no entiendo qué querés que haga.

Renata tomó un pantalón.

—Nada.

—Estás haciendo una valija.

—Porque puedo hacer algo yo.

—Irte.

—A un hotel. No al otro continente.

—Cinco semanas en un hotel porque mi madre te trajo lasaña.

—No es la lasaña.

—Ya sé que no es la lasaña.

—No parece.

Gabriel soltó aire.

Renata miró la valija cerrada sobre la cama.

Durante tres días había intentado recordar que estaba ocupando un espacio ajeno.

Había vivido dentro de una valija para no invadir.

Había pedido permiso incluso para dejar una muestra de madera sobre una mesa.

Y aun así había personas que entraban, salían, dejaban cosas y abrían la heladera como si la idea de una puerta cerrada fuera meramente decorativa.

No quería prohibir nada.

Precisamente por eso quería irse.

—Necesito un lugar donde pueda cerrar una puerta y saber que nadie va a tocarla durante una reunión —dijo.

Gabriel la observó.

—Puedo entender eso.

—Bien.

—No significa que quiera que te vayas.

—No tenés que quererlo.

—Tampoco tenés que convertir cada problema en una salida de emergencia.

Renata se quedó quieta.

—¿Perdón?

Gabriel hizo una pausa.

Pero no retrocedió.

—Podemos hablarlo.

—Estoy hablando.

—Estás empacando mientras hablás.

—Puedo hacer dos cosas a la vez.

—Eso no es una virtud en este momento.

Renata apoyó ambas manos sobre la valija.

El cierre estaba terminado. La decisión, no.

Gabriel miró la valija.

Después a ella.

—No te vayas hoy.

—Necesito pensar.

—Podés pensar acá.

Renata soltó una risa sin humor.

—Ese es exactamente el problema.

Tomó el bolso y la chaqueta.

—Voy a salir un rato. Después decido.

—¿A dónde?

—No sé.

—Renata.

—No necesito un itinerario para estar enojada.

Pasó a su lado.

Gabriel se apartó.

Renata abrió la puerta.

Por primera vez desde que había llegado con la valija, salir de aquel departamento no se sintió como volver a su vida.

Se sintió como irse de una pelea.

Y eso le molestó mucho más que cualquier timbre.