CAPÍTULO 3 HAY SIETE TAZAS Y ESA
Renata despertó con la certeza de que algo estaba mal.
No abrió los ojos inmediatamente. Escuchó. Una ducha. Tránsito lejano. Un golpe suave de armario.
Después recordó. Gabriel. Su departamento. La tubería. Cinco semanas.
Abrió los ojos. El lado de Gabriel estaba vacío.
Había dormido allí muchas veces, pero nunca había despertado con la sensación de que no necesitaba decidir qué ropa ponerse para volver a su propia casa.
La valija estaba junto a la pared. Su teléfono cargaba sobre la mesa de luz. Dos pares de zapatos que no pertenecían a Gabriel descansaban cerca de la puerta.
Renata miró el techo.
—Temporal —dijo.
La puerta del baño se abrió. Gabriel apareció con una toalla alrededor de la cintura.
—¿Estás hablando con la casa?
—No.
—Bien. Porque me pondría celoso.
Renata se incorporó.
—¿Qué hora es?
—Siete y cuarto.
—¿Por qué estás despierto?
—Trabajo.
—Todavía me cuesta aceptar el concepto.
Gabriel se inclinó y la besó.
—Buen día.
—Necesito café antes de validar eso.
—Ya está hecho.
Renata lo miró con algo parecido a gratitud. Después lo vio salir del dormitorio.
Se levantó. Fue al baño.
Cuando llegó a la cocina diez minutos después, encontró a Gabriel apoyado en la mesada revisando mensajes. Y encontró su taza en la mano de Gabriel.
Renata se detuvo.
Él levantó la vista.
—¿Qué?
Ella miró la taza. Gabriel siguió la dirección de sus ojos.
—No.
—Sí.
—Renata.
—Hay siete tazas.
Gabriel miró el armario abierto.
—Ocho.
—Hay siete y esa.
—Pensé que después de nueve meses había adquirido algunos derechos.
—No sobre la cerámica.
Gabriel sostuvo la taza contra el pecho.
—Esto empieza a sentirse personal.
—Es personal.
—¿Querés que cambie el café?
Renata lo consideró. No porque necesitara realmente la taza. Porque aquella era su taza. La misma que llevaba meses usando en la casa de Gabriel porque tenía el tamaño correcto y un borde que no le molestaba.
—Sí.
Gabriel empezó a reírse.
—No entiendo qué es gracioso.
—Nada.
—Te estás riendo.
—Residencia temporal, ¿verdad?
Renata entrecerró los ojos.
—Muy temporal si seguís.
Él sirvió su café en otra taza y le entregó la correcta.
Renata la recibió.
—Gracias.
—De nada, Su Alteza.
Se apoyó junto a él.
El café estaba exactamente como le gustaba. Sin preguntarle. Gabriel conocía la cantidad de leche, sabía que por la mañana no quería conversación inmediata y había preparado la cafetera antes de ducharse.
Renata bebió.
—Esto está bien.
Gabriel la miró.
—¿El café?
—Sí.
—Qué momento para nosotros.
Ella ocultó una sonrisa detrás de la taza.
• • •
A las ocho y diez Gabriel salió para la universidad.
Renata se quedó porque su primera reunión podía hacerla por videollamada y no tenía sentido atravesar media ciudad para volver después a la obra.
A las ocho y doce descubrió el primer problema serio de vivir en casa de otra persona: no encontraba un cargador.
Había traído el suyo. Estaba segura.
Abrió la valija. Nada. Revisó la cartera. Nada. El cable que Gabriel utilizaba no servía para su computadora.
Miró alrededor.
En su casa sabía dónde estaba cada cargador. En su casa tenía tres. En su casa podía caminar medio dormida hasta un cajón y encontrar una cinta métrica, un destornillador pequeño, pilas o un recibo de hacía cuatro años sin encender una luz.
Allí tenía que buscar.
No era una tragedia. Era una fricción. Pequeña. Irracionalmente irritante.
Terminó conectando la computadora con un adaptador que encontró en el despacho.
El despacho. La primera habitación de Gabriel que había conocido.
Renata se quedó en la puerta.
Seguía funcionando bien. Bibliotecas desde el piso hasta casi el techo, escritorio amplio junto a la ventana, almacenamiento cerrado debajo y el sillón de lectura que Gabriel había jurado que no necesitaba y ahora utilizaba todos los días.
Había agregado cosas desde entonces. Una fotografía familiar. Un mapa antiguo. Dos objetos sobre la biblioteca que Renata jamás habría colocado juntos.
Era mejor así.
El lugar ya no parecía diseñado por ella. Parecía habitado por él.
Se sentó frente a la computadora.
A las ocho y media abrió la reunión.
Daniel apareció en pantalla.
—¿Cómo está tu casa?
—Mojada.
—Excelente informe técnico.
—El dormitorio no se puede usar. Piso levantado. Parte del cielorraso comprometida.
—¿Dónde estás?
Renata giró apenas la cámara. Daniel reconoció el despacho.
—Ah.
—No hagas esa cara.
—No estoy haciendo ninguna cara.
—Todo el mundo cree que no hace caras.
—¿Cinco semanas?
—Tal vez menos.
Daniel asintió.
—Bueno. Molina-Ferreyra.
Eso fue todo.
Renata agradeció internamente que su jefe tuviera una vida demasiado complicada para interesarse demasiado por la de ella.
Trabajaron cuarenta minutos. Al terminar, Daniel le envió las últimas modificaciones. También un mensaje:
No proyectes tus preferencias sobre el estudio de Tomás.
Renata frunció el ceño.
Escribió:
No lo hago.
La respuesta apareció:
Bien. Entonces no habrá problema.
Renata dejó el teléfono boca abajo.
A veces trabajar con alguien que la conocía demasiado era inconveniente.
• • •
Al mediodía sonó el timbre.
Renata miró hacia la puerta. No esperaba a nadie.
El timbre volvió a sonar.
Caminó hasta allí y miró por la mirilla.
Un joven sostenía una carpeta.
Abrió apenas.
—¿Sí?
—Hola. ¿Está el profesor Costa?
Renata abrió un poco más.
—No.
El joven pareció confundido.
—Me dijo que podía pasar a dejarle esto.
—Podés dejarlo.
Él le entregó la carpeta.
—Soy Mateo.
Renata la recibió.
—Renata.
Hubo un segundo en el que Mateo pareció estar intentando averiguar quién era Renata. Ella decidió no ayudarlo.
—Bueno —dijo él finalmente—. Gracias.
—De nada.
Cerró la puerta.
Miró la carpeta.
SEMINARIO — MATEO FERRER.
La dejó sobre una mesa.
Cinco minutos después llegó un mensaje de Gabriel.
Mateo pasó?
Sí.
Gracias.
Renata escribió:
¿La gente viene a tu casa con frecuencia?
Hubo una pausa.
No “la gente”.
Luego:
A veces alumnos. Andrés. Mi madre. Inés.
Renata miró la pantalla.
Eso es gente.
Gabriel:
Técnicamente.
Renata no respondió.
No era importante.
Aquella era la casa de Gabriel. La gente podía ir a la casa de Gabriel. Naturalmente.
Volvió a trabajar.
Media hora después alguien volvió a tocar el timbre.
Renata levantó lentamente la cabeza.
Esta vez era Andrés. Lo conocía.
Abrió.
—Hola.
Andrés levantó una bolsa.
—Le traje esto a Gabriel.
—No está.
—Ya sé.
Renata esperó. Andrés esperó.
—¿Querés dejarlo?
—Sí.
Se la entregó.
—Mi madre hizo demasiado.
—Eso es genético.
Andrés sonrió.
—¿Cómo va la convivencia?
—Llevamos menos de veinticuatro horas.
—Entonces todavía no hubo víctimas.
—Todavía.
Él se despidió.
Renata cerró.
Miró la carpeta de Mateo. Después la bolsa de Teresa. Después la puerta.
Su teléfono vibró.
Gabriel:
Andrés también fue?
Renata escribió:
¿Tenés una estación de servicio clandestina en tu casa?
No entiendo.
Entra demasiada gente.
Esta vez Gabriel tardó.
Vivimos en la misma ciudad que nuestra familia y mis alumnos no conocen límites.
Renata apoyó los dedos sobre el teclado.
Quiso escribir: Necesitamos una regla.
Lo borró.
No.
No necesitaban una regla. Era su casa. Renata estaba allí temporalmente.
Dejó el teléfono.
• • •
Gabriel regresó poco después de las seis.
Encontró la carpeta de Mateo sobre la mesa. La bolsa de su madre en la cocina. Y a Renata sentada en el sillón, trabajando con auriculares.
Se los quitó cuando él entró.
—Hola.
—Hola.
Gabriel besó su frente.
—¿Sobreviviste?
—Apenas.
—Mateo me dijo que lo miraste como si fuera un vendedor.
—No sabía quién era.
—Te dijo su nombre.
—Después.
Gabriel dejó la mochila.
—Mi hermano también pasó.
—Sí.
—Y mi madre aparentemente decidió alimentar a un edificio entero.
—También.
Él empezó a guardar la comida.
Renata lo observó.
—¿Siempre es así?
—¿Así cómo?
—Gente entrando.
Gabriel se volvió.
—No entraron.
—Vinieron.
—Sí.
—Dos personas en tres horas.
Gabriel sonrió.
—¿Estás llevando estadísticas?
—Todavía no.
El «todavía» hizo que él dejara de sonreír un poco. Renata lo notó.
—No estoy diciendo que no puedan venir.
—Bien.
—Solo pregunto.
Gabriel cerró la heladera.
—Es mi familia. Y Mateo tenía que entregar eso.
—Lo sé.
—Renata.
Ella dejó la computadora a un lado.
—No estoy tratando de organizarte la casa.
—No dije eso.
—Tu cara hizo una presentación.
Gabriel soltó una risa breve.
—Eso es mío.
—Ahora es nuestro.
La frase salió casual. Los dos la escucharon.
Renata corrigió inmediatamente:
—El chiste —aclaró Renata.
—Sí.
Gabriel abrió un armario, sacó un vaso y sirvió agua. No hizo nada con la otra frase. Renata agradeció que no lo hiciera.
• • •
Después de cenar, Renata abrió la valija por tercera vez en el día buscando una camisa.
Gabriel estaba sentado en la cama leyendo. La observó.
—¿Qué?
—Nada.
Renata siguió buscando.
—Estás mirando.
—Te veo viviendo dentro de una valija.
—Es una valija grande.
—Es ridículo.
—Cinco semanas pasan rápido.
Gabriel dejó el libro.
—Vení.
—¿Qué?
Él se levantó y abrió el placard. Sacó una pila de camisetas de uno de los cajones inferiores. Las dejó sobre la cama.
—Usá este.
Renata miró el cajón vacío.
—No hace falta.
—Ya lo vacié.
—¿Dónde vas a poner eso?
Gabriel señaló una repisa.
—Ahí.
—Vas a desordenar todo.
—Renata, mi nivel normal de organización sobrevive a cosas mucho peores.
Ella siguió mirando el cajón.
Era absurdo. Un rectángulo de madera vacío. Nada más.
Gabriel apoyó una mano en su hombro.
—Es un cajón. No tiene capacidad legal para retenerte.
Renata lo miró.
—Eso dijiste antes.
—Porque seguís sospechando de los muebles.
—Trabajo con ellos. Sé de lo que son capaces.
Gabriel sonrió. Volvió a la cama.
Renata tardó unos segundos. Después sacó las camisetas de la valija. Las puso en el cajón. Luego ropa interior. Un pantalón. Un suéter. Cerró.
Gabriel continuaba leyendo como si no hubiera ocurrido nada. Eso ayudó.
Renata guardó la valija junto a la pared.
La habitación se veía un poco menos como un lugar donde estaba pasando la noche.
No decidió qué significaba. No necesitaba significar nada.
Cinco semanas. Tal vez menos.
Fue al baño, se lavó la cara y regresó. Gabriel ya había apagado la lámpara de su lado.
Renata se metió en la cama.
—Mañana tengo que ir temprano a la obra.
—Ajá.
—Voy a salir antes que vos.
—Ajá.
—¿Me estás escuchando?
—Sí.
—¿Qué dije?
Gabriel abrió un ojo.
—Que mañana vas a irte para siempre y me vas a abandonar con un cajón vacío.
Renata le dio un golpe con la almohada. Él se rió.
Después la atrapó por la cintura y la acercó.
Renata apoyó la cabeza contra su pecho.
Durante unos minutos ninguno habló.
No estaba mal. En absoluto.
Ese era precisamente el problema con algunas cosas. Podían no estar mal y aun así no ser algo que uno quisiera para siempre.
Renata cerró los ojos.
Todavía no había ninguna razón para pensar en para siempre.