CAPÍTULO 2 VENÍ A CASA
Gabriel supo que la situación era seria cuando Renata le contestó el teléfono con:
—No puedo hablar.
No «después te llamo». No «estoy ocupada». No una explicación. Cuatro palabras.
—¿Estás bien?
—Sí.
Ruido detrás. Una voz masculina. Algo arrastrándose.
—¿Qué pasó?
—Se rompió un caño arriba. Entró agua.
Gabriel se puso de pie. La profesora que ocupaba el despacho de enfrente lo miró desde su escritorio.
—¿Cuánto?
—Bastante.
—Voy.
—No hace falta.
—No pregunté.
Silencio. Gabriel esperó que eso le costara una discusión. En cambio Renata dijo:
—Traé café.
—Eso sí puedo hacerlo.
Cortó.
Inés levantó una ceja.
—¿Todo bien?
—Se inundó el departamento de Renata.
—Andá.
Gabriel miró la pila de exámenes.
—Tengo—
—Costa.
—Sí.
—Andá.
Metió las hojas en el cajón.
—Si alguien pregunta—
—Voy a decir que elegiste el amor por encima de la educación pública.
—Trabajo en una universidad privada.
—Entonces será menos heroico.
Gabriel agarró la mochila.
—Gracias.
—Café —le recordó Inés.
—Ya me lo ordenaron.
• • •
Cuando llegó al edificio de Renata había una camioneta de mantenimiento en la puerta y un hombre bajando herramientas del baúl.
Gabriel subió por la escalera porque el ascensor estaba ocupado.
La puerta del departamento estaba abierta.
Encontró a Renata en el dormitorio, arrodillada junto a una caja de libros que estaba trasladando lejos de una pared húmeda.
—Traje café.
Ella levantó la vista. Tenía polvo en el pantalón y una mancha de humedad en una manga.
—Dejalo en la cocina.
Gabriel obedeció. No preguntó si podía ayudar. Miró alrededor y agarró la otra caja. Renata no protestó. Mala señal.
Durante la siguiente hora hizo exactamente lo que ella le indicó.
Movieron libros. Apartaron una pequeña cómoda.
Sacaron ropa del placard de la pared afectada.
Gabriel acompañó a un técnico mientras revisaba parte del cielorraso.
Renata fotografió cada daño antes de que nadie tocara nada.
Después llamó al seguro. Después a Daniel. Después otra vez a la administración.
Gabriel no había visto nunca a nadie gestionar una pequeña catástrofe con tanta eficiencia y tan pocas palabras.
Cuando finalmente quedaron solos en la cocina, Renata se apoyó contra la mesada y tomó el café ya tibio.
—Gracias.
—Está horrible.
—No importa.
—Eso demuestra la gravedad de la situación.
Ella bebió igual.
Gabriel miró hacia el pasillo.
—¿Qué dijeron?
—Hay que secar. Levantar parte del piso. Revisar el cielorraso. Probablemente reemplazar un tramo.
—¿Dormitorio?
—No.
—¿Qué significa «no»?
—Que no puedo usarlo.
—¿Esta noche?
Renata lo miró.
—Gabriel, acaban de abrir una parte del cielorraso.
—Pregunto porque tenés una relación complicada con lo obvio.
Ella exhaló. El cansancio empezaba a aparecer ahora que ya no tenía a quién llamar.
—No sé dónde voy a dormir.
—Yo sí.
Renata cerró los ojos durante un instante.
—No.
—Ni siquiera dije nada.
—Lo ibas a decir.
—Podría haberte recomendado un banco de plaza.
—Tenés cara de «vení a casa».
—Tengo una cara muy específica.
—Gabriel.
Él se acercó. No la tocó inmediatamente.
—Vení a casa.
Renata miró hacia el living. El departamento seguía siendo suyo. El sillón verde estaba cubierto con una sábana protectora. Dos plantas habían terminado sobre la mesa. El pasillo olía a yeso mojado.
—¿Cuánto tiempo dijeron? —preguntó Gabriel.
—Todavía no lo sé.
—Bueno.
—No quiero instalarme en tu casa durante un mes.
Gabriel apoyó una mano en la mesada.
—No sabés si va a ser un mes.
Como si hubiera estado esperando su momento, el teléfono de Renata sonó. Ella atendió.
—Sí.
Gabriel vio cambiar su expresión. No demasiado. Solo lo suficiente.
—¿Cinco semanas?
Él decidió no reaccionar.
—Sí, entiendo.
Pausa.
—¿Seis como máximo?
Otra pausa.
—Mandame todo por correo.
Cortó. Gabriel esperó.
Renata lo miró.
—No digas nada.
—No dije nada.
—Tu cara.
—Nuevamente acusada.
Ella pasó una mano por el cabello.
—Entre cinco y seis semanas.
—Vení a casa.
—¿A vivir?
—Temporalmente.
—Eso también es vivir.
Gabriel tuvo que morderse una sonrisa porque sabía que no era el momento.
—Podés pagar un alquiler temporal si querés.
—Puedo.
—Podés ir con tu hermana.
—También.
—Podés ir a un hotel.
—Sí.
—O podés aceptar que tenés un novio con un departamento, una cama y una tolerancia razonable a tu personalidad.
Renata lo observó.
—La última parte está por demostrarse.
—Nueve meses de evidencia.
Ella miró otra vez hacia el pasillo.
Gabriel entendió algo que no había entendido cuando llegó. No estaba discutiendo solo dónde iba a dormir. Renata estaba mirando su casa herida. Un lugar que le importaba de una manera que nunca había intentado explicar por completo.
Así que dejó de bromear.
—No tenés que decidir nada sobre después —dijo—. Solo dónde dormís hoy.
Ella lo miró. Esta vez tardó un poco más.
—Hoy.
—Hoy.
—Y mañana vemos.
—Mañana vemos.
Renata bebió el resto del café.
—Necesito una valija.
• • •
Dos horas después, Gabriel miró la valija junto a la puerta de su departamento. Después miró a Renata. Después volvió a mirar la valija.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—Cinco semanas.
—Dijimos que podía ser menos.
—Incluso para tres semanas esto parece equipaje de secuestro.
Renata entró.
—Tengo ropa.
—¿Dónde?
—En la valija.
—Eso es físicamente imposible.
—¿Querés que te explique cómo doblar?
—No. Quiero documentar el fenómeno.
Ella pasó a su lado.
—Voy a vivir con vos, no a colonizarte.
—Me tranquiliza. Ya estaba preocupado por la soberanía del baño.
Renata se detuvo frente al living. Gabriel había ordenado. No de una manera espectacular. Simplemente había recogido los libros de la mesa, guardado una pila de ropa limpia que llevaba dos días sobre una silla y retirado del pasillo una caja que no recordaba por qué estaba allí.
Ella lo notó. Por supuesto.
—Limpiaste.
—Vivo así.
Renata lo miró.
—Nos conocemos hace nueve meses.
—Podría haber cambiado esta mañana.
—Milagrosamente.
Gabriel tomó la valija.
—Habitación principal.
—Ya conozco tu departamento.
—Ahora es visita guiada para residentes temporales.
Renata le dio un golpe ligero en el brazo.
La llevó al dormitorio.
—Podés usar este lado del placard.
Ella abrió. Había aproximadamente veinte centímetros libres.
—Generoso.
—Puedo mover cosas.
—No hace falta.
—Renata.
—Traje poco.
—Cinco semanas.
—Dejá de decirlo como si fuera una condena.
—Yo estoy encantado.
La frase salió antes de que Gabriel pudiera medirla. Renata se quedó quieta.
Él corrigió:
—No por tu departamento.
—Entendí.
—Bien.
—Y tampoco te emociones.
—Nunca.
Ella empezó a sacar ropa.
Gabriel se fue a la cocina antes de que su presencia convirtiera el acto de colocar camisetas en un cajón ajeno en algo más importante de lo que debía ser.
Cinco semanas. Tal vez menos. No era una prueba. No era un paso. No era una decisión sobre el futuro. Era agua. Yeso. Piso levantado. Una valija. Nada más.
• • •
La primera noche fue extrañamente fácil.
Pidieron comida porque ninguno quería cocinar. Renata habló con el seguro durante media cena. Gabriel corrigió tres trabajos mientras ella contestaba correos. Después vieron media película.
Renata se quedó dormida antes del final, con una pierna apoyada sobre la suya.
Gabriel miró la pantalla y luego a ella.
No había nada extraordinario en tenerla allí. Había dormido en su cama muchas veces. La diferencia era pequeña y absurda. Esta vez Renata no tenía que decidir dónde dormiría al día siguiente. Tampoco él.
Gabriel apagó el televisor.
—Renata.
Ella abrió un ojo.
—¿Qué?
—La cama.
—Estoy evaluando el sofá.
—Mentira.
—No quiero moverme.
La ayudó a levantarse. Renata caminó hacia el dormitorio y se detuvo frente al baño.
—Necesito lavarme los dientes.
—Tenemos tecnología.
—Mi cepillo está en la valija.
Gabriel abrió el pequeño armario y sacó un paquete. Renata lo miró.
—¿Tenías uno nuevo?
—Compro de a cuatro.
—Eso es sospechosamente adulto.
—No sé cómo sentirme con tantos elogios en un día.
Ella tomó el cepillo.
—No te acostumbres.
Gabriel sonrió.
—Cinco semanas.
Renata lo señaló con el cepillo.
—Una más y me voy a un hotel.
—Buenas noches.
• • •
A las tres de la mañana Gabriel despertó porque tenía un codo clavado en las costillas.
Abrió los ojos. Renata dormía profundamente, atravesada en diagonal.
Se desplazó diez centímetros hacia el borde. Ella lo siguió sin despertarse.
Gabriel volvió a moverse. Renata volvió a invadir.
La miró en la oscuridad.
—Excelente —murmuró.
Ella no respondió.
Él cerró los ojos.
Cinco semanas. Podía sobrevivir. Probablemente.