Te quiero, pero no me mudo (Amores imperfectos 2) CAPÍTULO 1 UNA RELACIÓN QUE FUNCIONA
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Te quiero, pero no me mudo (Amores imperfectos 2)

Te quiero, pero no me mudo (Amores imperfectos 2)

Por Lia Rosewood

© inepub.com

CAPÍTULO 1 UNA RELACIÓN QUE FUNCIONA

A las nueve y veinte de la mañana, Renata Vidal ya había explicado tres veces por qué una cocina integrada no significaba necesariamente tirar todas las paredes de una casa.

La cuarta explicación empezó cuando Lucía Molina se paró en medio del comedor, abrió los brazos y señaló hacia la cocina como si estuviera presentando la solución a un concurso internacional de arquitectura.

—Yo quiero que desde acá se vea todo.

Renata miró la pared. Después miró a Tomás Ferreyra. Tomás miró la pared con la expresión de un hombre que empezaba a sospechar que aquella pared era la última línea de defensa entre él y una vida sin puertas.

—Todo es mucho —dijo Renata.

Lucía bajó los brazos.

—Bueno. La cocina.

—Eso podemos hacerlo.

—Y el comedor.

—Ya estamos en el comedor.

—Quiero decir que se sienta como un solo espacio.

Tomás señaló el pasillo.

—Mientras mi estudio tenga puerta.

Lucía giró hacia él.

—Nadie está hablando de tu estudio.

—Llevamos cuarenta minutos hablando de quitar paredes. Me pareció un buen momento para proteger las que me quedan.

Renata reprimió una sonrisa.

Había conocido parejas que se comunicaban mejor y parejas que cobraban menos por hora para discutir. Los Molina-Ferreyra, por lo menos, todavía se escuchaban incluso cuando estaban en desacuerdo. Eso facilitaba las cosas.

Volvió al plano extendido sobre la mesa provisional que los albañiles habían dejado junto a una ventana.

La casa tenía potencial. Techos altos, buena luz, pisos que valía la pena recuperar y una distribución construida en una época en la que nadie parecía haber contemplado que una persona pudiera querer cocinar y hablar con alguien al mismo tiempo.

El problema no era abrirla. Era hacerlo sin transformar cada ambiente en una única habitación gigantesca donde todos pudieran verse, oírse y molestarse desde cualquier punto.

Renata trazó con el dedo una línea sobre el plano.

—Podemos ampliar este paso y mantener parte del muro. La cocina se conecta visualmente con el comedor, pero no queda completamente expuesta. Ganamos luz y circulación sin hacer un aeropuerto.

Lucía se inclinó.

—¿Y desde el living?

—Vas a saber que existe la cocina. No necesitás supervisarla desde el sofá.

Tomás soltó una risa.

Lucía lo miró.

—No la animes.

—No estoy haciendo nada.

—Tu cara está haciendo cosas.

Renata decidió que los quería un poco.

Su teléfono vibró dentro del bolsillo de la chaqueta. No lo sacó.

Daniel Quiroga apareció desde la habitación contigua con dos muestras de madera en una mano.

—La clara gana —dijo.

Renata miró ambas.

—La oscura.

Daniel arqueó una ceja.

—La clienta acaba de decir clara.

—La clienta también acaba de decir que quiere una cocina completamente abierta y al mismo tiempo que no quiere ver los platos desde el comedor.

Lucía levantó una mano.

—En mi defensa, sigo queriendo las dos cosas.

—Por eso todavía estamos trabajando.

Daniel le pasó las muestras.

—Resolvelo.

—Ese era el plan.

Él sonrió y volvió hacia la obra.

Renata sintió nuevamente la vibración del teléfono.

Esta vez eran dos.

Esperó hasta terminar de discutir terminaciones, anotó las modificaciones y salió a la vereda veinte minutos después con una carpeta bajo el brazo y polvo de obra en los zapatos.

El teléfono mostraba dos mensajes de Gabriel.

¿Dormís acá?

Tres minutos después:

Tu silencio me parece hostil.

Renata escribió mientras caminaba hacia el auto.

Estaba trabajando. Algunas personas lo hacen.

La respuesta llegó antes de que pudiera guardar el teléfono.

Soy profesor. Trabajo sentado y con libros. Cuenta menos.

Renata sonrió.

No duermo ahí. Mañana entro temprano.

Los tres puntos aparecieron. Desaparecieron. Volvieron.

Comprendo. Nuestro amor no pudo vencer al tránsito.

Ni a mi reunión de las ocho.

Más doloroso todavía.

Guardó el teléfono.

A los treinta y siete años, Renata había llegado a apreciar las cosas que no necesitaban convertirse en problemas.

Dormir en su propia casa era una de ellas.

Gabriel nunca preguntaba qué había hecho mal cuando ella decía que quería volver a su departamento. No convertía una noche sola en un referéndum sobre la relación. No aparecía después con preguntas cuidadosas acerca de si necesitaba espacio emocional.

A veces Renata quería dormir sola porque al día siguiente tenía que levantarse temprano. A veces porque quería leer hasta quedarse dormida. A veces porque Gabriel roncaba ligeramente cuando estaba muy cansado y ella no tenía ninguna intención de convertir el amor en una obligación auditiva.

Y otras veces porque simplemente quería estar sola.

Gabriel había tardado algunos meses en entender que aquella última razón era tan válida como las otras. Después lo había entendido.

Por eso llevaban nueve meses juntos. Entre otras cosas.

• • •

A las seis y media, Renata estaba en su departamento descalza, con el cabello recogido y dos catálogos de materiales abiertos sobre la mesa cuando sonó el timbre.

Levantó la cabeza. El timbre volvió a sonar. Miró el teléfono. Había un mensaje de Gabriel enviado seis minutos antes.

Abajo. Con comida. Aviso legal suficiente.

Renata apretó el botón del portero.

—Subí.

Cuando abrió la puerta, Gabriel estaba allí con una bolsa de papel en una mano y una botella de vino en la otra.

—He respetado el protocolo —dijo.

—Por seis minutos.

—La ley no establece mínimos.

—Nuestra ley sí.

Gabriel entró y la besó antes de que ella pudiera continuar. Renata le permitió exactamente el tiempo necesario para que el argumento perdiera importancia.

—Traje cena.

—Eso veo.

—Y no son medialunas.

—Progreso.

—No pensé que me perdonaras tan rápido.

El domingo de las medialunas había ocurrido cinco meses atrás, pero Gabriel seguía tratándolo como un antecedente judicial.

Aquella mañana él había aparecido sin avisar, convencido de que sorprender a su novia con desayuno era una idea romántica. Renata había abierto la puerta con ropa de dormir, un libro en la mano y cero interés en ser sorprendida por nadie.

La discusión había durado más que las medialunas. Después habían establecido una regla muy sencilla: avisar. Gabriel la cumplía. Incluso cuando se burlaba de ella.

Renata cerró la puerta.

—¿Qué trajiste?

—Comida tailandesa.

—Te quiero.

Gabriel se llevó una mano al pecho.

—Por fin.

—No exageres. Todavía no vi qué pediste.

—Retiro la emoción.

Comieron en la mesa mientras Renata le contaba el conflicto de la cocina y el estudio de Tomás.

Gabriel manejaba los palillos con una confianza bastante superior a su capacidad real.

—Yo estoy con Tomás.

—No sabés nada sobre Tomás.

—Quiere una puerta.

—Sí.

—Hombre sensato.

—Lucía quiere vivir con su marido, no alquilarle una habitación.

—Una puerta no termina un matrimonio.

Renata lo observó. Gabriel sostuvo el palillo en el aire.

—No pretendía que eso sonara autobiográfico.

—Pero sonó.

—Un poco.

No era frecuente que hablaran de Laura de manera accidental. Tampoco era un territorio prohibido.

Renata conocía lo esencial: nueve años juntos, seis casados, una separación sin grandes traiciones y un divorcio que había dolido porque, aunque ya no funcionaran como pareja, alguna vez sí lo habían hecho. No necesitaba detalles. Gabriel tampoco los ocultaba.

Renata tomó un poco de vino.

—Tomás trabaja desde casa. Necesita aislamiento acústico.

—Más argumentos a mi favor.

—No hay bandos.

—Eso dicen siempre los que van perdiendo.

Ella lo señaló con un palillo.

—No te contratan para esto.

—Es una pérdida para tu profesión.

Después de cenar, Gabriel llevó los platos a la cocina sin preguntar dónde iba cada cosa porque ya lo sabía. Renata volvió a la mesa y abrió uno de los catálogos.

Él regresó.

—Vas a trabajar.

—Un rato.

—Entonces yo también.

Sacó de su mochila un montón de hojas sujetas con una banda elástica.

—¿Cuántos?

—Veintisiete.

—¿Y cuántos prometiste corregir hoy?

Gabriel evitó su mirada. Renata cerró lentamente el catálogo.

—Gabriel.

—No sé por qué ese tono.

—¿Cuántos?

—Catorce.

—Eso no fue lo que pregunté.

—Diecinueve.

Renata lo miró.

—Veintidós.

—Sos un adulto.

—Gracias.

—No era un elogio.

—Igual me lo quedo.

Trabajaron uno frente al otro casi una hora. Renata revisó muestras y correcciones. Gabriel escribió comentarios en los trabajos de sus alumnos con una letra que parecía empeorar a medida que aumentaba el cansancio.

No necesitaban hablar.

Aquello era una de las cosas que más le gustaban de él.

Gabriel podía llenar una cena completa de conversación, discutir durante veinte minutos por una película y contar una anécdota sobre un emperador como si hubiera conocido personalmente al hombre, pero también sabía quedarse quieto.

No había intentado llenar todos los espacios de Renata. Había aprendido a habitar algunos.

A las diez menos cuarto guardó los exámenes.

—Me voy.

Renata levantó la vista.

—Pensé que ibas a intentar convencerme de dormir en tu casa.

—Lo hice esta mañana. Fui rechazado con eficiencia administrativa.

—Bien.

Gabriel se puso la chaqueta.

—Además, sé reconocer cuándo una mujer quiere quedarse sola con diecisiete muestras de piedra.

—Doce.

—Perdón. Noche íntima.

Ella se levantó y lo acompañó hasta la puerta.

Gabriel la besó. Esta vez más despacio.

—Mañana te llamo.

—Después de las nueve.

—¿Por qué?

—Reunión a las ocho.

—Correcto. Me lo dijiste.

Renata lo miró.

Él sonrió.

—Presto atención.

—A veces.

—Qué difícil es ser amado por vos.

—Y sin embargo perseverás.

Gabriel abrió la puerta.

—Heroicamente.

Renata lo vio alejarse por el pasillo. Esperó a que el ascensor cerrara. Después cerró su puerta.

El departamento recuperó el silencio. No fue un vacío. Fue silencio.

Renata volvió a la mesa, recogió los catálogos, apagó una lámpara y pasó por el living. El sillón verde estaba donde siempre. La manta doblada sobre un brazo. Las plantas junto a la ventana. Un dibujo de su sobrina sujeto con un pequeño imán en la biblioteca.

Todo en su sitio.

Fue a dormir sola. Y feliz.

• • •

A la mañana siguiente, estaba en el estudio revisando un presupuesto cuando la llamó la administración del edificio.

—¿Señora Vidal?

—Sí.

—Necesitamos que venga.

Renata dejó de escribir.

—¿Qué pasó?

Hubo una pausa breve.

—Tuvimos una pérdida importante en el departamento de arriba.

Renata ya estaba levantándose.

—¿Entró agua al mío?

Otra pausa. Peor.

—Sí.

Veintisiete minutos después estaba abriendo la puerta de su departamento.

El olor a humedad llegó primero.

Después vio el agua.

Una línea oscura recorría parte del techo del pasillo. El piso de madera se había levantado junto al dormitorio y dos personas que no conocía movían uno de sus muebles lejos de la pared.

Renata se quedó inmóvil exactamente dos segundos.

Después dejó la cartera sobre una superficie seca.

Sacó el teléfono.

—¿Quién está a cargo?