CAPÍTULO 24 TE QUIERO, PERO NO ME MUDO
Una semana después, Renata encontró un llavero de plástico transparente en el fondo de una caja de ferretería y decidió que aquello no podía considerarse una decisión romántica si costaba menos que un café.
Compró dos.
Renata llegó a casa de Gabriel a las once y veinte del domingo siguiente, uno de los que había reservado para ellos. Él estaba en la cocina intentando hacer panqueques y perdiendo una discusión con la primera tanda.
—Eso está crudo —dijo Renata desde la puerta.
Gabriel se dio vuelta con la espátula en la mano.
—Entraste sin tocar.
—Tengo llave.
—Estoy emocionado.
—No te acostumbres.
—Llegaste tarde para esa advertencia.
Renata dejó el bolso sobre una silla y miró la sartén.
—Dame eso.
—No. Esta es mi casa y tengo derecho a fracasar en ella.
—Ese argumento me resulta sospechosamente sólido.
Gabriel dio vuelta el panqueque. Se dobló sobre sí mismo y quedó con una forma que no podía atribuirse a ninguna tradición culinaria conocida.
—Perfecto —dijo él.
—Parece un órgano interno.
—Comé fruta.
Renata se sirvió café y se apoyó en la mesada.
Había pasado poco más de un mes desde la conversación de la llave y ninguna de las cosas que había temido había ocurrido.
Gabriel no aparecía sin avisar. No había convertido los domingos compartidos en una obligación ni preguntaba qué significaba cada vez que Renata elegía pasar uno sola.
La llave no había empezado a reproducir camisas en sus cajones. Su casa seguía siendo su casa.
Lo que había cambiado era menos visible y, por eso mismo, más difícil de negar.
Gabriel ya no preguntaba desde afuera de su vida.
A veces llegaba antes y entraba. A veces ella cambiaba un plan sin preparar una defensa.
Habían almorzado dos veces con Andrés, pasado un domingo entero sin salir del departamento de Renata y cancelado otro porque ambos preferían estar solos.
Ninguna de esas decisiones había adquirido categoría de precedente judicial.
Gabriel puso dos panqueques aceptables en un plato.
—¿Qué tenés en la mano?
Renata miró los llaveros transparentes que todavía llevaba cerrados en el puño.
—Una solución a un problema que no existe.
—Mi tipo favorito.
Se sentó a la mesa. Renata dejó los dos llaveros entre ellos. Dentro de uno había escrito GAbrIEL. Dentro del otro, RENATA.
Gabriel los miró.
—Esto es alarmantemente organizado.
—Estaba cansada de mirar dos llaves iguales en mi llavero.
—Claro. Cero simbolismo.
—Ninguno.
Gabriel tomó el que llevaba su nombre.
—¿Este cuál es?
—La llave de tu casa que tengo yo.
—Entonces vos llevás mi nombre.
—En un plástico de ferretería.
—El romance está vivo.
Renata empujó hacia él el otro.
—Y vos llevás el mío.
La sonrisa de Gabriel se apagó apenas. Renata supo que había entendido. Tomó el llavero RENATA y sacó de su bolsillo el manojo de llaves. La llave del departamento de ella estaba allí, entre la de su casa y la del despacho de la universidad. La colocó dentro del plástico y cerró la pequeña pestaña.
Renata hizo lo mismo con la llave de Gabriel.
—Listo —dijo.
—¿Eso era todo?
—¿Querés certificado?
—Inés tiene una plantilla.
Renata se rió.
Gabriel dejó las llaves sobre la mesa y se inclinó hacia ella.
—¿Puedo decir algo sin que abras un expediente?
—No prometo nada.
—No necesito que te mudes.
Renata sostuvo su mirada. Hacía meses, una frase así habría sonado como una concesión temporal o como la primera mitad de un «pero».
Ahora no hubo ningún «pero» después. Gabriel no pidió otra respuesta ni añadió condiciones.
Habían probado la alternativa suficiente tiempo como para que dejara de ser una teoría.
—Ya lo sé —dijo.
—Quería que lo supieras así.
Renata miró el llavero con su nombre en la mesa.
—Yo tampoco necesito que dejes de querer cosas de mí para sentir que respetás mis límites.
Gabriel cubrió la mano de ella con la suya.
—Eso costó más que dos plásticos de ferretería.
—Muchísimo más.
—¿Y los domingos?
—Siguen siendo negociables.
—¿Y las medialunas?
Renata entrecerró los ojos.
—No abuses.
—Pregunta legítima.
—Avisás antes.
—¿Aunque tenga llave?
—Especialmente porque tenés llave.
Gabriel asintió.
—Me parece justo.
Renata tomó un sorbo de café. Había una tranquilidad nueva en poder escuchar esa frase sin buscar la amenaza escondida. No porque Gabriel hubiera dejado de necesitarla, sino porque por fin podían hablar de necesidad sin traducirla automáticamente a convivencia.
—El domingo que viene quiero estar sola —dijo.
—Bien.
—Y el siguiente quiero que vengas conmigo a lo de mis padres.
Gabriel hizo una mueca.
—¿Carne para un equipo de rugby?
—Probablemente.
—Acepto el riesgo.
—Después, dentro de dos meses, podríamos irnos cuatro días. Vos elegís lugar, yo veto hoteles con paredes de vidrio en el baño.
Gabriel la miró con interés inmediato.
—Eso es discriminación arquitectónica.
—Es supervivencia.
—¿Cuatro días?
—Cuatro.
—¿Plan futuro?
Renata apoyó la taza.
—Sí, Gabriel. Un plan futuro.
Él sonrió, esta vez sin hacer ningún comentario.
Aquello también era parte del cambio. Renata no sintió la necesidad de aclarar qué significaban esos cuatro días. Si después algo cambiaba, lo hablarían.
Él cortó uno de los panqueques y lo probó.
—Este está bastante bien.
—Ese lo hiciste después de que llegué.
—Tu presencia me mejora.
—Eso suena peligrosamente parecido a una teoría de convivencia.
Gabriel bajó el tenedor.
—Retiro lo dicho.
Renata sonrió.
—Te quiero, pero no me mudo.
Él no mostró sorpresa ni tristeza. No intentó negociar.
—También te quiero —dijo—. Y ya entendí la segunda parte.
El resto del domingo fue ordinario. Comieron, fueron a comprar café, discutieron durante quince minutos sobre una película y terminaron en el sofá con las piernas de Renata sobre las de Gabriel. A las ocho y media, ella miró la hora y se levantó.
—Me voy.
Gabriel no preguntó por qué. Tampoco le pidió que se quedara por inercia.
—Te acompaño abajo.
—No hace falta.
—Ya sé.
La acompañó igual hasta el ascensor. Antes de que se abrieran las puertas, Gabriel sacó su llavero del bolsillo. El plástico transparente con RENATA quedó visible entre sus dedos.
—Martes —dijo.
—Martes.
—Tu casa o la mía.
Renata pensó un segundo.
—La tuya.
Las puertas se abrieron. Lo besó, entró al ascensor y lo vio quedarse en el pasillo de su propio departamento con una llave de la casa de ella en el bolsillo.
Veinte minutos después, Renata abrió la puerta del suyo. Dejó el bolso, se quitó los zapatos y puso las llaves sobre la mesa. El pequeño rectángulo transparente con GAbrIEL quedó hacia arriba.
El departamento estaba en silencio.
Seguía siendo suyo.
Su vida también. La diferencia era que ya no necesitaba dejarla intacta para sentirla propia.